A la memoria del padre de Miguel Pardeza, prologuista de esta novela de Manu Gálvez.
Manu Gálvez ha escrito con pulsión encendida la novela de un tiempo –el tiempo de ayer, hoy y quién sabe si mañana-. El tiempo es un cliente corto que se alarga hasta los espacios congelados.
No voy a destripar aquí el hilo de la historia ni siquiera voy a comentar los quehaceres y las fisicidades de su protagonista y personajes, únicamente quiero ranurar la forma, el estilo, la mano de Manu cual camarero que sella con su lenguaje esta vecindad real y onírica a la que caldea a fuego veloz su tremulosa narratividad.
Y el olor, los olores, pútridos o bellos, lentos o vinosos, pulcros o famélicos, que ejercen esta santidad lírica y atroz a lo largo de esta su primera novela publicada –La Luz Apagada, Pábilo Editorial, 2022-.
Huelen los adjetivos de este baturrico enmadrileñado –escritor de periódicos y oidor de un ambiente musical soñante- a Madrid sobre todo, pero también a beso frío de diciembre, por citar –cómo no- esa olisca a podredumbre y domesticidad –lo doméstico es el alimento de lo manual: Manu manueleando como amanuense la prosa reventona y jefa de los espacios actuales-.
Huelen los sustantivos a barrio bajo o a cabra bailando rock de Los Planetas, a un año nuevo que es viejo y –como digo- de ayer, hoy y un incierto porvenir. La palabra decembrina que se pone enferma por tanta tristeza que la envuelve, la dora y –por qué no- la adora.
Huelen los verbos a vino de Somontano y a placenta amarilla. Verbalidad que fornica en presente de indicativo, tal vez por indicar que lo presente jamás puede corregirse a no ser que un taxista imaginario vaya atropellando azules mierdas mientras va sonando en el hall de Madrid una canción de Enrique Bunbury.
Huele a tiempo –insisto-, siempre el tiempo vago del vagamundo, mapamundi de este micromundo al que asistimos todos en el día a día: la Habitación Roja de los desheredados, los resucitados, los dignos borrachos y los que, viviendo, muertos ya están. Somos presentes sucesiones de difuntos, escribió tiempo ha el otro espadachín, cojo y borrachín barroco.
Y la olisquera a sexo –conserje asfixiante que excita y empalma-. Olores a familia o desfamilia, a putañero trabajo que va imponiendo esta sociedad que los de siempre continúan construyendo con tal de litigar consigo mismos castigando por consecuencia y por ende a los demás, que solemos ser los más. Se trata de la pedorreta del poderoso. La Pasión del Poder, escribió en su ensayo el profesor y filósofo José Antonio Marina.
Pasiones, pues, de Manu Gálvez que hieden a frío y a desamparo, más el amparo de la escritura. Escribir es uno mismo. Que se sepa y masque. Escribir en Madrid es llorar, sentenció Larra. MG tempranea ese mismo llanto con nobleza y un cierto dandismo. Hay viejos que juegan a la petanca. Hay hambre que curra entre los sujetadores reales o imaginados. Hay dolores que siempre vuelven. Porque vivir es regresar a los mismos lugares en donde uno nunca debió nacer ni ser nacido. Parodiando a Manrique, podríamos decir que Cualquiera tiempo pasado fue ‘peor’.
En efeto, que el feto de lo narrado se ha recolectado, cual vendimia en festival rapero, gracias o por culpa de la Gran Recesión de 2008, quizá antes, el Crack del 29, tal vez anteriormente, digamos que, desde que alguien o algunos –todos sabemos quién o quiénes-, diseñaron de modo ágrafo y convencional aquella Revolución Industrial de finales del siglo XVIII, germen de la modernidad capitalista de nuestra reciente historia común y anticomunitaria. Y es que la Historia no es que se repita, sino que se aprovecha. Y de aquellos barros estas morcillas.
Huele -digo- la fraseología de Gálvez a muerte no inventada, a una exposición fotográfica de las japonesas Ryuko Azuma y Ai Ehara –la niña del pomo-, a pomo que es picha o teta, a tripas de plastilina, en definitiva, a esa estruendosa herida de una juventud de hoy, de la pasada tarde o de las Navidades que ya nos van aturdiendo en este 2023. La vida sigue igual, cantó el tontochorras de Julio Iglesias. Todo es circular, anguloso, angustioso, amado y odioso.
La mano de Manu es un estómago ebrio que afina sobremanera esta larga carretera que es el vivir. Pues da lo mismo existir en Madrid que en Paraguay, Singapur, Nueva Orleans o en Antequera, y que rezume la tristeza por donde quiera.
Huele a metáfora. Perfume de la novela, Una castañera puede brindarnos el mejor poema. Una biblioteca da luz a los libros robados, que siempre son mejores que los comprados en El Corte Inglés. Un coño no es un coño, sino el moño que alumbra esa cabeza maña y madriles por Manu Gálvez esculpida. Y así todo seguido, que es que me canso ya de escribir yo este artículo que me está saliendo como esa forma abstracta que tienen los futbolines de antaño, hostias, pardiez, la Virgen de los Dolores y Eva Perón.
Y pasa una ambulancia por que M. Gálvez tenga los timbales al son para poder escribir a la otra manera la segunda parte de esta bella novela, novela que le ha salido a Manuel como el primer vestido de novia de una fea, misantrópica y vertiginosa camarera.
¡Adelante, caballero, y no pierda usted más el tiempo ni por cariño ni por dinero!