Ha decidido vencerse. Se ha liado la manta a la cabeza y echado al camino. La voz que tantos elogios nos ha regalado, y nuestros oídos con qué atenciones los han recibido, no puede más. Ha reconocido su flaqueza. Pero ya da la certeza a continuación: la mueca del poema nos descubre el pavor auténtico y subyacente. El viejo veneno que nos silencia al inocularse.
Así es la decisión que Miguel Floriano expone en sus Mapas del vagabundo. Breve pero contundente libro de poemas. Dividido en El reino y El eco, los dominios en los que las palabras pueden encontrar las cotas más altas de resonancia y bombo pero resulta irónica e inversamente proporcional su atención recibida, cuanto menos, ignoradas. ‘Nada es posible en esta voz’, dice en Escribo cuando todo… ‘La suya es la belleza de los mapas falsos’, en Letrilla, cuando son abandonadas todas las esperanzas que en otro tiempo se depositaron en ellas febril y fervientemente. No hay problema. Está bien desengañarse pasadas ciertas épocas más felices y en las que nos hemos encontrado estupendos. Merecemos esos días sombríos. No aprenderíamos nada de no ser por las huellas que secundan quienes fuimos, cuánta profundidad dejamos y ellas en nuestra vida. ¿El ‘juramento/ de ser buenos y mejores’? Siempre llega la hora de admitirse que son suficientes los pasos e intenciones dados en falso, contra uno, por no merecida la pena.
Las tonalidades otoñales recubren este libro con el permiso de la melancolía. Sin ella también hubieran lucido, sobra decirlo, pero Floriano parece despreocupado, sereno, mostrando sus poemas como se hace con la colección privada de arrugas interiores, confiando ―ahora sí― en lo que se ignora por venir. Y seguro, con la cordialidad de los que han entendido que las fogatas deslumbran por lo que dejan pero también que ninguna ardería sin el material echado, sea sobrante y condenado o nuevo con el destino truncado. Esa diferencia. ‘Fuimos la excepción en alianza de palabras,/ reavivando jardines arruinados./ Ahora ya somos esa ruina.’
Esas Gnoseologías aspiran a mucho, pero el mundo está a la gresca si decides poner un mínimo de tu parte para comprenderlo. Se termina implorando a la vida que se nos quite la debilidad de adorar las palabras. Una suciedad el hablar, como dijo Deleuze. Pero no son necesarias las filosofías porque, a qué engañarse, algo nos quedará de esa obstinación. Es el caso del poeta que nos concierne, pues en sus libros ha recorrido incansablemente el rumor y la fuerza del habla y los silencios, el manejo que hacemos de ellos, el efecto causado. Como un favorito suyo, Cernuda, Miguel Floriano sabe captar el ruido tan triste que hacen dos cuando hablan, cuando se aman, cuando se ausentan. Entonces vuelve el sentido de escribir, pero ‘ni doscientos años de literatura/ valdrían el racimo de uvas tiernas/ que trae un gesto tuyo’, como dice en Harlem River Blues.
El corazón enterrado en hojarasca, finalmente, ha de latir de nuevo. La tristeza nos conduce y vamos desconociendo más y más según se aproxima el menos al que somos reducidos. Pero nada interrumpe el disfrute y las alegrías, aunque fútiles, aun sabiéndolas pasajeras. El juego perenne debajo de las ramas y hojas secas del bombeo de sangre, pero también el placer de lo que trajo remansos y despertó pasiones librescas, como en His last bow, uno de mis preferidos.
Cambiaría a pregunta el final de este poema. No es sólo el placer de uno la melancolía. También un libro como este.