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TRIBUNA

Las construcciones destruidas por el terremoto: un paradigma de los nuevos tiempos

lunes 20 de febrero de 2023, 20:08h

El desolador espectáculo que produce contemplar el estrepitoso derrumbamiento de los edificios que ha hundido la colosal grieta productora del seísmo, unido a la pésima administración de ese hombre fuerte de la política de Turquía que es Erdogan, nos recuerda que la tierra reclama venganza a la civilización impuesta por los hombres; un escenario similar al desquite exigido por los bárbaros yihadistas que derribaron las Torres Gemelas en el año 2001. Son imágenes para el recuerdo de un siglo XXI del que constituyen un paradigma: la evocación de un mundo que ya no se reconoce en los límites de la seguridad y de la permanencia del antiguo, en el que los bloques ofrecían la garantía de un determinado modelo de vida -mejor o peor- que se diría asegurado por los tiempos de los tiempos; y nuestras conductas, por lo tanto, sólo debían acomodarse al esquema de reglas que cada uno de los espacios situados a un lado y otro del telón de acero definían.

Porque el siglo XX, una vez que concluían las dos guerras mundiales -civiles, para los europeos-, definía un espacio de estabilidad que permeaba todos los ámbitos de nuestra vida, desde el familiar y profesional al ciudadano, pasando incluso a la solidez de las instituciones, de sus representaciones políticas e incluso de los edificios que los albergaban; esas mismas construcciones que perecen junto con sus habitantes en las ciudades de Turquía o de Siria.

Van cayendo, como si fueran un castillo de naipes, de la misma forma en que se deshizo el muro de Berlín en 1989, y con él todo lo que se vino abajo en adelante en nuestra vida cotidiana: la referencia paterna en el mundo familiar, que se ha visto sustituida por el poco educativo compadreo de los padres con los hijos; la dilución de responsabilidades profesionales en el ámbito del trabajo, de manera que la eficacia o inutilidad en la gestión se ve muchas veces sustituida por la mera ocupación de un espacio -por no referirse a la utilización ventajista y abusiva del teletrabajo en beneficio de otras actividades que en nada guardan relación con las tareas laborales-; la intolerancia ante el disentimiento en lo que se refiere a lo políticamente correcto en el ámbito social, peligroso preludio de una posible delincuencia y antesala de la persecución del pensamiento; la invasión, por ende, de nuestra dimensión privada por el Estado; la educación de los hijos, que ya no forma parte de la decisión de los padres, sino de la administración pública; las mujeres -apenas niñas- a las que se les concede el derecho a abortar sin necesidad de consentimiento paterno; y los jóvenes, que tomarán la decisión de auto-determinar su género sin que siquiera un psicólogo o un médico deba analizar el fundamento de esa decisión y de las consecuencias que ésta tendrá para su futuro.

De la misma forma que ocurre con las construcciones que se desmoronan, de todo lo que un día conocimos y respetamos no quedará seguramente nada, ni siquiera los cimientos, que quizás nunca fueron profundos ni seguros. Sólo el recuerdo de aquellos tiempos que nos conduce sin solución de continuidad a la nostalgia y a la melancolía. Y habrá entre las gentes perplejas ante los cambios quienes pretendan que el remedio consiste en producir una marcha atrás en el reloj de la historia, abonando las tesis de los populismos situados en los extremos del sistema: ya que se ha desvanecido la estabilidad, recreémosla, parecen prometernos. Pero se trata de una alternativa imposible, porque esa operación será tan vana como intentar atrapar el agua de un cuenco entre las manos. Los tiempos del postureo, de la confusión en las redes sociales, el ascendiente de los “influencers” entre los jóvenes y los menos jóvenes, los mensajes que pierden consistencia a los pocos minutos de haberse proclamado a los cuatro vientos… están aquí para quedarse. Y si -como decía McLuhan- “el medio es el mensaje”, la adaptación a esas nuevas realidades es la única manera de subsistir en estos tiempos de deconstrucción. Como los practicantes del surf, es preciso subirse a la ola antes que introducir la cabeza por debajo de ella.

Por supuesto que nos cabe siempre la posibilidad de la distancia, de la abstención, del refugio personal en nuestro propio mundo personal, familiar y profesional. Retirar la mirada de esa realidad que se cae con las casas de Antioquía o de Aleppo y reforzar los cimientos de las propias, concentrando nuestras vidas en los ámbitos en los que aún nuestra actuación produce resultados tangibles. Si el mundo se ha vuelto loco -podríamos decir- ése no es mi problema, optaré por la vida anacoreta, evitaré los telediarios y las noticias políticas de los periódicos y los programas televisivos de opinión: “pane et circenses”, que decían los antiguos romanos. Y, cuando lleguen las elecciones, votaré a la contra, al mal menor, porque no hay nadie en la cartelera política que concite mi ilusión. Una actitud que reniega de nuestra condición de ciudadanos, de gentes que saben que la democracia no consiste en la dejación y el alejamiento de los hechos que nos afectan, aunque seamos conscientes de que el esfuerzo de uno solo no impide el desmoronamiento del edificio. El de uno solo quizás sirva de poco, pero unido al de otros puede hasta salvar la vida de alguien. Y si no, que se lo pregunten a los voluntarios que han rescatado de los escombros a cientos de personas en los barrios desolados por el terremoto.

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