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TRIBUNA

Lo viejo y lo antiguo

Javier Mateo Hidalgo
martes 07 de marzo de 2023, 19:18h

España es un país de contrastes y paradojas. Una de las más visibles es cómo su rico y variado clima y paisaje es constantemente maltratado por el paisanaje, es decir, por quienes no saben valorarlo y ponen por delante otra clase de intereses —su posición les permite alterar este privilegio natural que al fin y al cabo no deja de ser de todos por cuanto de él depende nuestra subsistencia como especie—. El alto número de incendios —en gran parte provocados— sumado a la especulación urbanística —y el escaso sentido ético y estético de quienes encargan o diseñan estas construcciones y deciden sus enclaves— son los principales causantes de este ataque al sentido común. En segundo lugar, destacar la tradición cultural que está nación atesora y que tan poco defiende o cuida.

Tal vez sea el clima y el paisaje lo que haga germinar o inspirar lo cultural —aunque, como sabemos, buena parte del esplendor artístico español surgió en los momentos más oscuros de nuestra historia —por ejemplo, los llamados “Siglo de Oro” o “Generación del 98”—. No hablamos ya del patrimonio histórico y cultural inmaterial —la tradición, el folklore en suma— sino del tangible. Desde las “pequeñas grandes” piezas como sus libros, sus pinturas, sus esculturas, hasta el alto número de construcciones catalogadas incluso como Patrimonio Mundial por parte de la UNESCO. No obstante, el constante desprecio por estas muestras de gran valor supervivientes del pasado —y que no son sino la historia que nos explica— ha provocado que buena parte de éstas hayan ido desapareciendo a lo largo de las distintas épocas. No hablamos ya de las guerras como la principal causa —que las ha habido y en gran cantidad, pues somos un pueblo guerrero e incluso cainita—, sino de personajes concretos a los que se les presuponía cierta sensibilidad: figuras como la del magnate William Randolph Hearst —que inspiró el Charles Foster Kane del film de Welles— pasaron por aquí y se llevaron muestras de nuestro patrimonio con total impunidad. Era verdad que eran otros tiempos y no había esa concienciación que ahora puede haber. No obstante, también ahora —a pesar de la supuesta protección institucional— se producen auténticas tropelías contra lo que es de todos a manos de quienes se supone “nos representan” —y a los que dicho patrimonio que denostan, por tanto, no les pertenece—.

La piqueta no descansa. No obstante, no nos engañemos, la ciudadanía tampoco sabe en muchos casos respetar lo que es un bien común y lo ataca como lo haría un animal que orina sobre algo para marcarlo de forma territorial. Cuántas veces nos hemos encontrado con monumentos vandalizados por personas anónimas, destrozando algunas de sus partes o pintando y arañando otras. Esto por no hablar de la suciedad que campa en las calles y para la que los encargados de los servicios de limpieza no dan a basto. Como Doctor en Bellas Artes, siempre recuerdo la honda impresión que me causó encontrar, el primer día de clase de escultura, buena parte de las copias en escayola de obras clásicas vandalizadas. Si esto es lo que hacen aquellas personas que se supone que estudian arte y deben valorarlo o respetarlo, ¡qué no harán otras!

Creo que en esta confusión social hay una evidente ausencia de formación o de desarrollo de la sensibilidad y, por encima de todo ello, de educación y de civismo. Y dentro de este analfabetismo esencial, existe un problema palmario a la hora de diferenciar lo “viejo” de lo “antiguo”. Siempre se ha hablado de la forma despectiva de tratar, por parte de las nuevas generaciones, el mundo heredado de sus predecesores. En ello hay un secreto y lógico acto de rebeldía —pues la juventud así debe ser, inconformista y crítica, y más en determinadas y conflictivas edades como la adolescencia y juventud—, pero también una falta de atención por parte de quienes deberían educarles y no lo hacen, delegando en muchos casos esta responsabilidad a los profesores. Porque los institutos nunca podrán ser hogares familiares, del mismo modo que habrá mucha gente que podrá dar descendencia pero ello no querrá decir que puedan o sepan ser padres y madres.

Volviendo al concepto de “viejo” y “antiguo”, cabe destacar en primer lugar que no todo lo viejo es antiguo ni todo lo antiguo es viejo. Por “viejo”, más allá de la idea de un ser humano viejo o denominado “viejo” de forma despectiva —la chavalería” sigue llamando “viejos” a sus padres, tengan la edad que tengan—, entendemos por tal un objeto que con el uso y el tiempo se ha hecho inservible o resulta poco útil en la actualidad. Con esta excusa, se han destruido ingentes elementos de gran valor. ¿Por qué un objeto susceptible de convertirse en patrimonio debe ser útil? Ahora sigue sucediendo igual y muchos edificios antiguos desaparecen ante nuestros ojos de la noche a la mañana porque resultan “inútiles”. Los consideran “viejos” o “los convierten en viejos” dejándolos descomponerse. También por su pequeño tamaño los derriban, sobre todo si se enclavan en el centro histórico de una ciudad que está limpiando su apariencia o busca atraer inversores que compren parte de su suelo para “revitalizarlo”.

Por suerte, la ciudadanía también reivindica el respeto por lo antiguo como patrimonio, evitando que acabe recibiendo la etiqueta de “viejo”. Porque ese carácter antiguo —e incluso viejo, claro que sí— dota de idiosincrasia propia a un barrio, una ciudad, una capital o un país. En mi caso, llevo viviendo muchos años en el barrio madrileño de Tetuán y he asistido a la destrucción de parte de las casas que dotaban de personalidad a sus diferentes zonas. Casas con historia que ahora han dado paso a edificios impersonales —esa es otra historia, la impersonalidad arquitectónica de los edificios de la clase media, baja e incluso alta actual— e incluso a solares ahora manchados de grafitis —que quede claro que no me encuentro en contra del grafiti, siempre que se haga con una intención estética y carente de egocentrismo disfrazado de riesgo y adrenalina—. Por fortuna, el movimiento vecinal ha conseguido detener este expolio, reivindicando el valor patrimonial de estos inmuebles. En concreto, el reflejo del estilo neomudéjar de sus fachadas, a pesar de tratarse de casas construidas por y para gente de clase obrera. Casas de un solo piso en algunos casos, decoradas con ladrillo como único material, que no resultan muy rentables a nivel económico y sufren peligro de desaparición. Auténticos ejemplos a conservar que han acabado pasando a formar parte de una lista a tener en cuenta por parte de las instituciones y que seguro dará muy buenos resultados.

Esperemos que estas pequeñas iniciativas acaben aumentando con el paso del tiempo, evidenciando un cierto despertar de ese respeto y sensibilidad hacia lo antiguo como patrimonio histórico, artístico o cultural, pero en ningún caso “viejo” en su sentido más despectivo.

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