La izquierda en España siempre ha tenido una irrefrenable inclinación fratricida fulminando a quien piensa diferente, ya sea de su cuerda o la contraria. Confirmado durante la guerra civil en sucesos como el asesinato de Andrés Nin y la disolución del POUM o el golpe de Estado de los casadistas contra el Gobierno de Juan Negrín, cruentos enfrentamientos dentro del bando rojo. Aquél Frente Popular no era monolítico. Los Frentes Populares nunca lo fueron porque constituyeron la táctica favorita del partido comunista para ganar aliados avanzando hacia el poder flanqueado por unos amigos que, a la hora de la victoria, resultaban implacablemente eliminados. Hay un momento en que los comunistas se quitan las máscaras y los cándidos caen en la cuenta. Pero ya es tarde.
En el Gobierno de coalición social-comunista ya está acotado el campo de batalla con la visceral animosidad en gestos y palabras entre ambos contendientes. El despropósito de la ley solo sí es sí, muestra de la incapacidad de la izquierda como garante del feminismo, ha sido la gota rebosante, pero en Moncloa ya se respiraba una turbia atmósfera con intrigas de tono menor tirando a turbulencias. Pablo Iglesias, nunca se fue, ha desatado la guerra contra Pedro Sánchez. Ayer leales camaradas, hoy agrios contrincantes. Hasta las generales una ofensiva permanente de “fuego amigo” entre desfiladeros de polémicas y emboscadas de controversias espera al socialista, quien se desangrará día a día. Deambulando como púgil noqueado, y con continuos ajustes de cuentas, perderá hasta la tilde de su apellido. Tiene lo que se merece. Sánchez fue avisado por Sánchez: “Yo no dormiría tranquilo con Podemos en mi Gobierno”. Pero a pesar de tanta intranquilidad, no se desembarazará de los comunistas. Perder el poder le intranquiliza aún más. Su ambición por aferrarse al cargo le impide reparar en los medios que emplea y en los aliados que busca. Esperará a que escampe.
Sin embargo, Sánchez ya ha fracasado. Fracasó el día en que formó un Gobierno de España dando entrada en él a la incompetencia, a la agitación, al rencor y a la depravación sexual y dependiendo de quienes únicamente persiguen la desintegración de España. Un Gobierno falto de sentido político y ayuno de sentido moral. Sánchez sí ha triunfado como campeón de la superchería. La mayoría de progreso se ha revelado como auténtico cuento chino. Una alarmante tendencia en hacer las cosas mal lleva a España a retroceder en todos los indicadores económicos y de bienestar. Desde las propias instituciones, que debieran ser ejemplares en estabilidad y moderación, se atiza la discordia entre ciudadanos y clases sociales. Los españoles tienen la sensación de que están más amarrados que libres. Prima la desconfianza hacia unas políticas progresistas que realmente son de demagogia, llanto y ruina. Con esa insoportable superficialidad del optimista de verbena, Sánchez creía haber atornillado fuertemente su Gobierno, pero el tira y afloja de las tensiones con sus engorrosos compinches ha hecho saltar las costuras metálicas. Frankenstein lleva tiempo perdiendo tornillos. Pero aún puede cometer estropicios y fechorías.