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TRIBUNA

Políticos unidos jamás serán vencidos

viernes 17 de marzo de 2023, 20:05h

No es novedad que los políticos viven incrustados en sus propias caparazones (léanse, alegorías de consignas electorales y conspirativas que intentan imponer sobre la cruda realidad de un degradado país a punto del hartazgo); es decir, que habitan en un mundo paralelo y terminan creyendo sus propias alucinaciones. Antes, en su campaña política de 2015, en un celebérrimo almuerzo televisivo, el menos ingenuo que temerario ex presidente Mauricio Macri, enfatizó que la inflación era “un mero detalle fácilmente controlable que en nada lo inquietaba”; ahora, para el precipitado y risueño candidato Rodríguez Larreta, “es asunto que se arregla con un par de drásticas medidas” (¡ojalá y para bien de todos los argentinos, Dios lo oyera!).

También, hace un año, el actual ocupante de La Casa Rosada, el voluble presidente Alberto Fernández, declaró libre de cuerpo y alma, con toda su candidez a cuestas, en un enfático discurso, que “declaraba la guerra al odioso flagelo llamado inflación” (hasta ahora hora no pasó nada; las cifras oficiales son aterradoras y señalan que perdió su batalla olímpicamente; el 102 por ciento anual es rotundo). Esto se da, sobre todo en un país desquiciado por donde se lo mire y en medio de complicidades, prebendas y bastardos intereses que vienen jugando muy en contra de un pueblo saqueado (y asqueado) hasta lo descomunal.

La inflación galopante es terrible e incontrolable y genera cambios existenciales que modifican la naturaleza de vínculos entre pequeñas o grandes empresas e indefensos consumidores con cada vez menos poder adquisitivo por la constante suba de precios. Las consecuencias son brutales y dejan marcas indelebles en una sociedad que cada vez debe reducirse más. La pandemia, el ataque de Rusia a Ucrania y ahora la crisis bancaria norteamericana golpean al mundo y es imposible disimular con cortinas retóricas la desviación patológica que corroe a la Argentina.

Pero la locura va más allá de todo lo imaginable. Como si fuera poco, en estos días se exhibe –y con cierto orgullo- la denominada “Caja negra”, que pone en descubierto lo que cada legislador de la provincia de Buenos Aires le cuesta al país. Nada menos que la suma (en pesos moneda nacional) de algo más de 450 millones anuales (que al cambio oficial equivale a algo así como 2 millones doscientos veinticinco mil novecientos setenta mil dólares), cifra que distribuida con la correspondiente equidad serviría para paliar las carencias en alimentación infantil y educación.

Este es el reciente aumento que se aprobaron los legisladores de la provincia de Buenos Aires (enfermedad contagiosa que inmediatamente se propaga a las Legislaturas de todo el país); es decir que se aumentaron un 123 por ciento superior al de 2022. Cosa que no ha sucedido y acaso nunca sucederá con los salarios comunes, siempre por debajo de la inflación.

Están tan puestas patas para arriba las cosas en la Argentina que, sin el menos elemental pudor, los propios diputados y senadores provinciales el año pasado sesionaron apenas una vez promedio por mes. El enjundioso gobernador Axel Kicillof, muy suelto de cuerpo firmó el descomunal aumento. En especial y al parecer porque también está incluido su propio aumento, que duplica cómodamente esa cifra.

La Legislatura bonaerense posee una especial “Caja negra” de la política provincial, que hace que sus 138 legisladores, sin distinción de banderías partidarias, se nutran de un presupuesto especial multimillonario que ellos mismos se encargan de aumentar cada fin de año sin debate, por supuesto, y donde todos aprueban la propuesta sin chistar; pues claro, las cosas aumentan día a día con la perniciosa inflación.

Veamos las excusas de estos electos y privilegiados funcionarios con sus correspondientes despilfarros. Por empezar, cada diputado cuenta con un mínimo de una docena de asesores, nombrados, o mejor dicho disimulados en bibliotecas populares, sociedades de fomento o clubes de fútbol. Ni la inflación ni el reclamo ciudadano por mayor austeridad parece persuadirlos a que ajusten sus gastos; al contrario, este año, cada legislador le costará al fisco bonaerense un promedio oneroso y grotesco desde todo punto de vista. Vale decir, y hablando en plata, como ya señalamos, un 123 por ciento más que el pasado año.

En efecto, según se desprende del presupuesto legislativo aprobado, la Cámara de Diputados provincial cuenta con una partida de casi 36 mil quinientos millones de pesos, a razón de 398 millones anuales por cada uno de sus 92 miembros. Al Senado, en tanto, se le asignaron 26 mil millones, por lo que el costo anual por cada legislador (son 46 en total) es de casi 600 millones de pesos. Agreguemos que sendos abultados presupuestos contemplan los gastos de funcionamiento legislativo, que incluye al personal, tanto de planta permanente como temporaria, automóviles y traslados. Según las leyes aprobadas, la Cámara de Diputados prevé, en la misma dirección, un crecimiento con una planta de 1510 empleados (por parte baja, 70 más que el año pasado), mientras que el Senado prevé 1500 empleados, 45 más que en 2022. Entre tanto en los colegios no hay, no digamos un equipo de aire acondicionado, sino un mero ventilador para paliar las altas temperaturas en este tórrido y bochornoso verano que estamos soportando y hace que se suspendan las clases.

Buen negocio ser político. A ellos les va espléndidamente mientras el pueblo padece. Sobre todo teniendo en cuenta la tarea parlamentaria que realizan estos privilegiados señores, que apenas sesionaron (también vale la penas acentuarlo), una vez por mes durante todo el año 2022. Esas dietas, con los respectivos agregados, son de las más altas del país y pueden alcanzar los 700 mil pesos mensuales de bolsillo per cápita. Incluso cobran más que los diputados y senadores nacionales, cuyo ingreso mensual rondó, en diciembre pasado la módica suma de 673 mil pesos mensuales, un poquito más que el básico de un maestro de grado cuyo sueldo promedio apenas supera los 70 mil pesos mensuales.

Agrego, a todo esto, que los legisladores nacionales -¡pobrecitos ellos!- se agarran la cabeza y anatematizan a los Santos del Cielo, cuando se comparan con sus pares bonaerenses; esto hace que también reclamen a voz en cuello la equiparación de salarios. En el Congreso nacional, donde los niveles de exposición son muy altos y es más estricto el contralor de la sociedad civil, los diputados y senadores están permanentemente en la picota por los gastos de dieta, de pasajes y la cantidad de asesores contratados (un pequeño detalle, la Biblioteca del Congreso de la ciudad de Buenos Aires, tiene tres veces más empleados que la Nacional de Madrid o la de Washington); es decir que los puestos de empleo por asesoramiento, se registran allí de manera impune. ¡Trampitas de la muchachada política! La Legislatura bonaerense, como se ve, es un organismo donde la transparencia del gasto público escasea y prima la opacidad, los legisladores pueden subir sus gastos sin que los reflectores los apunten; menos aún que hagan fuego.

Pues bien, he aquí el privilegio de la famosa “Caja negra” de la política, cuyos gastos de la Legislatura Bonaerense van por fuera del presupuesto provincial y suelen votarse en un trámite a mano alzada, sin debate y a libro cerrado. Increíble, por cierto.

Otro detalle, si hacemos un poco de historia, veremos que durante la aquellas votaciones se realizaron sobre el final del debate -por las dudas-, sin que ningún diputado ni senador hiciera uso de la palabra para opinar sobre los recursos asignados a los ínclitos miembros; tampoco faltó ninguno. Ni la izquierda, que en sus discursos declama que ningún legislador debería cobrar más que un docente, ni los libertarios, que se vanaglorian de sus proclamas “anticasta”, se dignaron opinar ante el poder arrollador de la escandalosa “Cajita negra” de la política provincial.

En fin, otro poroto más que, como una burla, se anota el arco político de esta arrasada Argentina, al borde del colapso y en evidente estado de descomposición social, con altos índices de pobreza y arrastrando una deuda impagable, como si fuera poco. Obviamente con estos paradigmas queda demostrado que no es para menos que nos vaya tan peor. En todos los órdenes obviamente. La ética no es tenida en cuenta y parece no existir en la decadente República del irrespeto.

La política es un juego sucio entre matones”, anatematizó don José Martínez Ruiz, el escritor español conocido bajo el seudónimo de Azorín, perteneciente a la generación del 98, que cultivó diversos géneros literarios, tales como la novela, el ensayo, la crónica periodística, la crítica literaria y que además fue político con una actuación ejemplar y transparente “y sin un duro en el bolsillo”, pues donaba su sueldo a asociaciones benéficas, siendo en cinco ocasiones diputado por su Patria.

¡Qué expresión tan aplicable a nuestra Argentina de hoy en día donde el enfrentamiento entre oficialistas y opositores, más allá de los intereses de la ciudadanía, es despiadado y parece inconciliable, salvo, claro, cuando se trata de cobrar impunemente unos dinerillos más; en este caso puntual con los generosos recursos de la famosa “Caja negra”, que al parecer tienta y convence al más pintado.

En fin, las dos facciones políticas de la Argentina, a la hora de rapiñar para el bolsillo propio, también coinciden en aquella definición del poeta Nicanor Parra: “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”. En este caso “Frente de todos y Juntos por el cambio unidos jamás serán vencidos; especialmente si se trata de apropiarse de lo ajeno. Cosa que llevó al revoltoso y flamante legislador antisistema Javier Milei, a rebautizar a ambas corporaciones como “Juntos por el choreo” y “unidos por el cargo”.

¡Qué destino espera a los resignados argentinos con políticos de tal especie!

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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