Las arañas son artrópodos muy conocidos que habitan en los rincones y desde la sombra conviven con nosotros. Es difícil pensar que exista una persona que no haya visto alguna vez uno de estos bichos inquietantes. Despiertan curiosidad e interés en el hombre y a veces horror, siempre dispuesto a ponerle encima su pie. Persistentes depredadoras, se alimentan de presas singulares que capturan activamente produciendo una red (telaraña) en la cual caen por accidente, enredándose y pegándose en ella. En cuanto a las llamadas “viudas negras”, son una de las especies más temidas y peligrosas, por lo general portadoras de ponzoña, que muchos relacionan con la vida humana. La Biblia las menciona y hay una leyenda de la Edad Media que estigmatiza el alma en pena de una mujer (o de una bruja), que llaman la “viuda negra” quien al quedar sola y abandonada al morir el hombre de su vida, enloquece de pena y rabia, y decide vengarse de todos hombres.
Por extensión y como metáfora perversa, se califica como “viuda negra” a las mujeres sensuales que devoran un hombre tras consumar su relación, pero después buscan una nueva pareja y dejan tranquilo el recuerdo del finado. No es caso personal de María Kodama, por supuesto, que fue un personaje más bien asexuado y ocupó en estos tiempos con astucia un sitio importante entre los merodeadores de la literatura. Lo cual no nos priva de decir que acaso podemos catalogar a esta mujer como una “viuda negra”. Obviamente, el personaje no alcanza la dimensión de esas alimañas que cumplen con el mandato de su especie y solo devoran el cuerpo de sus víctimas dejando intacta el alma. El acrónimo RIP que ilustra demasiados lapidarios, está distante de lo grimoso, pero no tan lejos de ser observado con ojo aproximativo, o comparativo.
Por su genio literario Jorge Luis Borges despertó celos y a pesar de que él lo negara, tuvo muchos enemigos, la mayoría encubiertos, en un país donde la envidia suele prevalecer sobre la calidad creativa y la rectitud moral. Al no poder atacarlo por su soberbia literatura, lo quisieron condenar con infamias, en especial puntualizadas en su firme actitud política. Pero a la larga ganó y hasta la izquierda más ideologizada terminó por aceptarlo. En lo personal tenía plena conciencia de su posición, pero se negaba a que la utilizaran en beneficio de causas ajenas a sus principios éticos, que pretendían manipular unos cuantos intrigantes escondidos en lo sombrío de lo más humillante, como suelen ser las apostasías.
Borges era un esteta comprometido con el arte de la palabra y logró que cada etapa de su historia personal quedara ligada a una obra monumental en cada uno de sus géneros. Digamos que en su tierra fue profeta entre los buenos lectores y la gente en general terminó aceptándolo como un mito, aunque la intelectualidad oficial, sobre todo por su agudo sentido del humor, algunas veces lo repudió; también por la sinceridad con que expresaba su pensamiento, cercano al anarquismo spenceriano, que pretende un máximo de individuo y un mínimo de Estado.
Borges se pertrechó bajo su modo personal, puramente literario, sin las chaturas de canones establecidos por mezquinos mandarines, ninguno de los cuales logró plasmar una obra tan impecable como maravillosa, consolidada en tanta belleza y profundidad, como lo hizo en cualquiera de los estilos que abordó. En resumen, la figura de Borges está más allá de todo lo bastardo y hasta de cualquier premio, en especial referencia al Nobel, que le fuera injustamente negado una y otra vez, en parte por su posición política, y que en nada prestigia a esa distinción internacional, sino todo lo contrario.
Hacia el final de sus días fue llevado lejos de su patria, para morir en soledad. Quien esto escribe es testigo que viajó a Europa involuntariamente. De todos modos y sin ánimo de polemizar, su partida de este mundo dejó un gran vacío imposible de llenar; un genio de tales dimensiones nace cada cien o doscientos años.
Por desgracia, nunca tuvo una mujer, una verdadera compañera a su lado; amó a muchas, pero no llegó a consumar un destino común. Era un hombre complejo sin dejar de ser gregario, un literato que habitaba su propio mundo. En el caso de la señorita Kodama, tuvo en ella una interesada acompañante que sacó muy buen provecho al secundarlo en sus viajes al exterior. Así, a pesar de tanto recelo a su alrededor, mucha gente creyó que tenía una aliada a su lado. Con ella rompió tabúes y convencionalismos, y era de esperar que ella correspondiera con la deferencia más elemental, que es preservar la memoria del maestro. No fue así, la puso a la venta del mejor postor, y la saldó como quien salda un mueble inútil que ocupa demasiado espacio en la casa.
Se ocupó más de juicios y negociados, que de la propia obra de Borges. En la Argentina no hay todavía un museo que atesore sus objetos ni sus primeras ediciones. Hacia fines del año pasado, se exhibieron en la ciudad de Rosario, manuscritos de la colección Roemmers-Vaccaro, que deslumbraron y alcanzaron el elogio de Mario Vargas Llosa, que la presentó. Al respecto, la señorita Kodama fue en muchos aspectos una máquina de impedir. En una primera instancia se enfrentó con la familia Borges, negando y arremetiendo cuantas veces pudo; en especial contra su hermana Norah, su indefensa hermana y sus sobrinos, gente de honor y de máxima discreción, que prefirió no inmiscuirse en esos enojosos asuntos judiciales y de dinero.
En un verso famoso demasiado famoso, Gustavo Adolfo Bécquer se conduele al escribir: “Qué solos se quedan los muertos”… Pero, sin duda, no es la soledad del cementerio la peor, sino la soledad frente a este tipo de autopsias nauseabundas, perpetradas por ciertos violadores de tumbas, que se llevan el botín junto al tesoro de su intimidad. Un matrimonio no debidamente comprobado vía Paraguay, que luego quedó desechado y una falsa epopeya que pretendió arrasar con la imagen de gente buena que con amor coleccionó la obra de Borges, y a los que sucedieron juicios por doquier; absurdos en la mayoría de los casos (como uno de los últimos en los que acusa a un joven escritor por usar, como intertextualidad, unos párrafos del poeta). Esto sin poder evitar los agravios infringidos por esta heredera a Silvina Ocampo y Bioy Casares, los más cercanos y honestos amigos de Borges.
¡Ah, con las viudas negras y su ponzoña! A pesar de todo el daño causado a demasiada gente y a la memoria de Borges, descansa en paz María Kodama.