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LA BÁMBOLA

En la muerte de Fernando Sánchez Dragó

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 10 de abril de 2023, 20:01h

Me cuesta un mundo levantar la pluma para estas pobres letras, me cuesta la vida, el ayuno y todos los insomnios. Empecemos por lo personal, donde muerde la carnaza lectora, aquí va mi muñón entero. Fernando me llamó por la crítica aparecida en EL IMPARCIAL sobre Galgo corredor, otra muesca de sus memorias. A partir de ahí, llamadas, correos electrónicos y conspiraciones. A partir de ahí, complicidades, confesiones y complots. Quedó pendiente el vinazo, en Jesús del Valle, desde la calle del Pez hasta Espíritu Santo, frente a su portal, con tortilla, brillos fules y joyas.

Queda el dibujo del personaje estrambótico de Vox pero Dragó no fue ese. La literatura de Fernando Sánchez Dragó es mayúscula y entera, siempre patriótica: la España mágica de “Gargoris y Habidis”, la España corrupta de “La canción de Roldán”, la España maledicente de “Y si habla mal de España es español”, la España jipi de “El camino del corazón”, etc. Fernando quería meterme en comidas con Kike Monasterio para que escribiera en La Gaceta, quería llamar a Cacho para mi posible sintonía en sus galeras, un mero saludado, porque no conocía a Cacho de nada, según me dijo. La literatura de Fernando es un crujiente de hojaldre: culta, larga, esas dos palabras que jamás estuvieron juntas, esa risa en los ojos, ese infinito olor a porro, ese meterla tan rápido en las ninfas ocasionales. Jesús del Valle, taberna La Copla, frente a su portal, aquí estoy.

Adoraba a Luis María Anson y por eso leía a diario EL IMPARCIAL, compartió varios artículos míos por su Twitter de todas las hostias consagradas, y ese padre que tenemos todos, Anson de los brazos abiertos y la voz empastada en otra voz, según dijo Umbral, angelical y maniático, igual nos vela, vete a saber, yo ya no tengo ambiente, que diría él. Dragó, al grano, fue un meritoriaje levantando a pulso, cien años de programas librescos, literarios, donde solo el libro tenía protagonismo. “Negro sobre blanco”, “El mundo por montera”, los doce mil pavos por programa en Canal 9 y aquellos informativos de Aguirrre para Telemadrid con pasta a barullo. Seguimos en La Copla, Jesús del Valle, a ver si caen un par de tintos. Los quinientos pavos por artículo o así en El Mundo (lo mismo que a Carmen Rigalt) se debieron ir cuando Pedrojota, pero tampoco siguieron en El Español. En fin, lo que siguen son los mil pavos diarios de Raulazo, sí.

Nano (apodo materno) dijo que su comadrona literaria fue Torrente Ballester, y por ahí sale su literatura como venero de letras puras, de clásico, de eterna escritura literaria, si cabe hoy eso. Nos unía otra movida o milonga, su gran amigo en La del alba sería, natural de Sama de Langreo, Asturias, obedece a mi pueblo materno, el jipismo, las borracheras, las vulvas calientes, los pechos libres, sabiduría toda del bolo hasta el cielo. Me hubiese gustado mucho ir a su buharda en Jesús del Valle con olor a porro, pachulí, gatos, vino negro y caro. Me invitó varias veces. Y sigo en el mismo periódico donde él me conoció, la vida es así de sencilla, de simple, de barata. Para morir a los 86 años solo tuvo un secreto, confeso varias veces en nuestros emails: “No ser un hijo de puta”. No tener conciencia ni consciencia de haber hecho daño deliberado a nadie. Por ahí empieza el cielo.

Fue jipi, fue comunista, fue ultraderecha. Fue monigote de ese esperpento de Vox con el tintazo de Tamames en completo ridículo, fue follador a la hora en que las farolas se apagan y los panaderos se levantan, el mástil arriba como otro despertador. Fernando no me conocía de nada y me quiso colocar en todas partes, sí, para que tuviera buharda paralela a la suya. Ahora me queda el lento peregrinaje a Jesús del Valle, desde Pez hacia arriba y no al revés, vino negro en La Copla, tortilla de patata, nadie como él sacó del charco a toda la heterodoxia. Ser escritor es ser maldito (la manada no lee), ser escritor es ser niño raro (la manada no fuma), ser escritor es convivir a diario con la incertidumbre (la manada quiere seguridad). Todos los heterodoxos de sus libros son él mismo, hasta cuando pone a Prisciliano en bolas y fumado por los maizales, cuando en su tiempo no había maizales, tajado y cantando muñeiras.

Con Fernando se va todo mi futuro, moriré hoy, su literatura huele y sabe a pan tostado con aceite, lo que comió muchas veces. Su literatura sabe a padre ausente, mucha borrachera de coño ocasional, petas y ombligo oriental. Creía en las uñas largas como mejillones de los vagabundos, con toda la línea de la vida borrada por la roña. Fue un bohemio con mucha pasta, digo. Me quiso, nos quisimos y no hubo miradas mojadas al natural. Sánchez Dragó fue un intelectual honesto, un sabio de muchas universidades y un lector furibundo, impenitente, fresco, nuevo, sabroso, nervioso, maravilloso. Quiso una literatura de la vida, Stevenson, Conrad, Salgari, el decálogo de Hemingway, mézclate estrechamente con la vida, vive y folla, lee y vive, bebe y sueña. Le dije aquello de porqué iba a hacer tanto por mi sin conocerme, y me contestó lo clásico, lo mismo que hicieron por él. Me siento agradecido, y basta. Mi artículo viejo en EL IMPARCIAL lo partió en dos. Nos quisimos sin conocernos, vía electrónica. Muchas otras confesiones por ahí. Se hacía pajas con Joaquín Belga, Zamacois, aquellos viejos pornos de la biblioteca nacional con mujerío, del ateneo con mucho vino de garrafón cerca, sillas de tijera con Ferlosio para ver toros. Nano, amor, ven a por mí.

Diego Medrano

Escritor

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