La muerte no debería atreverse con lo que consideramos importante. A pesar de lo imposible en ganarle alguna escapatoria, suele pasar de puntillas por aquello que resulta apreciado. ¿Qué le sugiere que pueda tener una fuerza superior como para respetarlo y dejarlo para el que venga después? Los afectos, las gentes con quienes se comparten. Las películas, los libros. Una casa, las faldas de una montaña. Un pasillo arbolado cerca de una playa. Quizá sean demasiados tributos que cobrarle a la vida y una piedad sustituya momentáneamente su inflexibilidad. Siempre queda algún legado, pese al tiempo y la subida de sus aguas negras.
No se debe únicamente a su experiencia privada el hecho de que el último libro de José Mateos mire directamente a los ojos que te hunden, que te llegan a hacer jurar que nunca más cometerás esos caprichos del que va solo ―porque no se sabe de qué puede servir la canción que entone―, pero sí ha contado el estado que deja la superación de una enfermedad.
La hora del lobo, el libro que nos concierne, habla de ese enfrentamiento y del impacto en su propia vida y en la de todos los demás que decidimos acercarnos a sus páginas. Su brevedad es síntoma de su carácter esencial. El triste ruido de dentro se disipa con lo manso del pasar de una nube fuera. Impide que el dolor invada más espacio, que no exija más de aquel que ya se sabe esclavizado. La alternativa se convierte en asidero: 'Hoy salgo a un mar sin viento ni confines,/ rumbo a ninguna orilla, porque ahora/ ya no hay orillas. Todo, todo es agua.' La poesía de Mateos se presta a observar todo lo que se pone delante de nosotros para cerciorarnos que no debemos entregar tanta importancia a la codicia. Es una poesía que limpia la verborrea que acaba por oscurecer lo que pretende ser luminoso.
Su obra es una constante floración. Abarata el precio de morirse que una y otra vez tenga en cuenta el mencionarnos la mirada que se pierde en algún silencio, los almendros florecidos junto a un huerto, el cacho de pan blanco entre los vasos de vino y lo plomizo del sol sobre los cortijos y las viñas. Sus poemas guardan la contundencia de quien se sabe entregado a lo seguro que afianza un ánimo por las cosas distintas; sin desdeños, pero asumiendo la tarea y su perdurabilidad.
Así, bajo la larga herida del cielo hacia el poniente, saldrá de nuevo a los caminos y mirará y creerá dejando a un lado la preocupación de ser rentable, admirando la locura de los lirios del campo, de los pájaros y de todo lo que es aire, 'y basta un soplo para hacerme de aire/ y ponerme a bailar al son del aire', como reza el poema Mayo. De seguirle en su bienandanza, disfrutaremos del rastro de algo eterno.