La singularidad del partido de Santiago Abascal estriba en su preferencia por el neoliberalismo económico, alineándose con la política económica característica de las derechas anglosajonas, en curiosa divergencia con opciones equivalentes, igualmente católicas, desde Polonia hasta Filipinas.
Además, tratándose de España, un Estado con siglos de antigüedad, con una excepcional presencia institucional y cultural de la Iglesia, la identificación con la Justicia social, ha sido históricamente preferida a las virtudes de la Libertad; en España, el clero influyó en la construcción del Estado más que la nobleza, y por eso en la sociedad hispánica (que comprendió a los hispanoamericanos) no fue posible un barón de Montesquieu, siendo arquetípica la masa popular pidiendo justicia en Fuenteovejuna, según el drama de Lope de Vega.
Pero ese hecho diferencial del Vox de Santiago Abascal, parece deberse a un dato histórico relevante.
Anteriormente he señalado que mientras la ultraderecha norteamericana quiere adueñarse del partido republicano, la estrategia de los derechistas radicales europeos consiste en sustituir con sus nuevos partidos a los antiguos partidos de centroderecha, lo que ha sucedido, por ejemplo, en Francia e Italia.
Pero en España tuvo lugar una anticipación histórica: Alianza Popular (AP) ocupó el espacio de la Unión de Centro Democrático (UCD), de Adolfo Suárez y de Leopoldo Calvo Sotelo, en 1983, y Alianza Popular cambió sus siglas después con José María Aznar, denominándose Partido Popular (PP).
Si puede, Vox sustituirá al PP, al que Abascal ha calificado como “derechita cobarde”, pero en cualquier caso Vox hereda del PP un neoliberalismo económico de inspiración anglosajona, algo que no fue característico de la UCD, un partido en el que influyeron en su política socioeconómica democristianos y socialdemócratas, de impronta europeísta.
Pero Vox irá más lejos que el PP, rechazando cualquier acuerdo con los partidos del sistema liberal-democrático, que sirva para mantenerlo, y menos aún, para modernizarlo.
El “rechazo a los acuerdos” para mantener o reformar el orden mundial de la posguerra, que en España se concretan en el Acta Final de Helsinki de 1975, y en la Constitución Española de 1978, es inherente a la extrema derecha estadounidense.
Vox comparte esa actitud, con extremistas como Steve Bannon, pero dado el prestigio que todavía ostentan la Constitución y la Union Europea, como productos derivados del sistema de Naciones Unidas, ese partido se limita a censurar la descentralización autonómica, y es ambiguo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de1948 (que consta en el Acta Final y en el artículo 10 de la Constitución Española, con parecida redacción).
Sobre la segunda característica, el que Vox no comparte con partidos ultraderechistas una política económica social-populista, su neoliberalismo económico, de patrón norteamericano, y herencia de los partidos de Manuel Fraga, y sobre todo, de José María Aznar, puede que sea cambiado por propuestas similares a las que mantienen partidos ultras de Polonia, Hungría, Francia, etcétera.
Esta rectificación estratégica, podría afectar al liderazgo de Santiago Abascal, y este asunto, se enlaza con el primer punto que he abordado, el referido al “rechazo de los grandes acuerdos”.
Se trata del fracaso de la moción de censura encargada por Abascal a Ramón Tamames. No estaba mal pensado que Tamames presentara el programa de gobierno, pues el antiguo comunista, haciendo de vientre de alquiler de Vox, podría parecer la encarnación de la protesta de la ultraderecha. Para explicarlo, Tamames defendió un neoliberalismo económico, y propuso reducir los derechos del Estado de Bienestar. Resultado: no interesó a nadie; fue un fiasco, incluso para los seguidores fieles de Vox.
Conclusión general acerca de la ultraderecha, y específica respecto a la española: el “rechazo a los acuerdos” es el principio básico de esas formaciones, si su populismo no lo hiciera incompatible con cualquier principio; no está de más recordar que la democracia se fundamento en la negociación y el acuerdo.
En el caso de España, ese rechazo facilita dos tareas de los ultras: primera, mantener la polarización, haciendo imposible realizar reformas legales y constitucionales, necesarias desde hace tiempo, porque es imprescindible el consenso entre los grandes partidos gubernamentales; y segunda, sin acuerdos, será mucho más difícil resolver el problema catalán, y como describen muchos analistas, la ultraderecha ha prosperado políticamente por la sensación de “alarma patriótica”.