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TRIBUNA

Las rosas

lunes 15 de mayo de 2023, 19:19h

Es el mes de mayo, y debemos hablar de las rosas. Eça de Queirós abrió su librito homónimo de esa manera, publicado originalmente como un largo artículo en la Gazeta de Notícias de Río de Janeiro a finales del siglo diecinueve. Pero de las rosas podemos hablar siempre. Son inagotables. A pesar de la advertencia de JRJ de no tocarlas más, caemos en la tentación de mil amores.

‘Con lira fácil y corazón alegre’, como empieza el libro, y siendo uno del gremio que en la antigua Grecia conmemoraba su llegada, me siento en la obligación de dedicarles unas líneas. Han sido tantos los poetas y escritores que han cedido unos minutos para glosar ese conjunto de pétalos y tallos espinados, que la vuelta a sus hojas, las de papel y las verdosas, no se siente nunca ni como nueva ni como ya sabida. Es la ventaja de lo clásico. Parece que traen una jovialidad que acude en borbotones, en nuestra mirada que va posándose en las corolas que sobresalen plantadas. Imposible el resistirse a ellas, mantenerse ciegos o distantes.

Del libro de Queirós me quedó grabado uno de los capítulos. Una dama romana, Claudia Severa, deseó como última voluntad que su tumba fuera siempre la más hermosa de la región de Campania. Doce millones de rosas fueron destinadas a su vanidad, es cierto, pero las flores eran ofrecidas también a quienes no contaban con posibles, y en su sepulcro hacían grabar en la piedra esta leyenda: Sparge, precor, rosas, supra mea busta, viator!, para que su paso a la otra orilla no quedara exento de celebración y recuerdo. Esa súplica, para que fueran dejadas unas pocas a modo de puñado de tierra, por la mano desconocida, fugitivamente amiga, que por allí cruzase. Tal era la devoción, ya se ve, que se les profesaba, que ni la muerte podría mudarles el color.

Retomo la poesía, donde posiblemente con más acierto se han cantado y pensado. Ahora que los climas van gradual o directamente caldeándose y preparándonos para las cotas estivales, es cuando más vistosas lucen en parques y jardines, en los recatos que permiten encuentros involuntarios con su olor. Su olor en verano, como dice el verso de Trapiello, ‘que parece siempre póstumo,/ melancólico hijo de muy ancianos padres.’ La mención que he hecho del borbotón y la distancia y la ceguera, la debo a María Victoria Atencia, que tiene otro poema evocando una de Jericó marchitándose en un joyero Tiffany’s. Rilke, no sabemos si recluido bajo el amparo amoroso o descorazonado, descubriendo que en su centro se esconden las ternuras ‘que suben hasta la extrema boca.’

Siempre están. Señalan los vientos o nuestras penurias o aciertos. Pero debemos seguir alabando su perfección, aun perdidos sus pétalos; callándose, y nosotros con ellas, para que otros sigan recogiendo en ramilletes su importancia, cuando de su aroma quede la reminiscencia que dijera más que en vida, y pase de puntillas el ardor y ciña en nuestra frente su guirnalda.

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