El muy famoso apotegma bíblico "la caridad bien entendida empieza por casa" significa que los valores de la compasión y el entendimiento forman parte de una conducta que debe impulsarnos a velar también por el bienestar de nuestro prójimo; expresa, asimismo, que valores como la empatía, que ayudan a entender las situaciones de los demás, son esenciales para una saludable convivencia humana. Enojoso asunto que lamentablemente no se da en el comportamiento político de la Argentina, ya que en su mayoría, quienes ejercen esos cargos democráticos, están comprometidos con el sector que representan, con la práctica del nepotismo y con el egoísmo de ellos mismos. A los demás, que los parta un rayo.
Varios ejemplos muestran la caladura y el desenlace desafortunado de estos ciclos perversos que llevan a los pueblo hacia un callejón sin salida, ya que las crisis económicas y políticas engendran, además, un desafortunado resentimiento social. Es esto lo que afecta a la Argentina, país atravesado por un caos que envuelve a oficialistas y opositores enfrentados y divididos por una grieta aparentemente insoslayable, que perjudica a las mayorías y suma desorientación en las restantes corporaciones. La resultante de tamaña situación es un caos interno creciente; fenómeno poco novedoso y perjudicial en una nación que ya hace historia por su decadencia de más de cuatro décadas.
Un reciente golpe cambiario, con un ascenso inusitado del dólar, hizo que se ponga al descubierto de qué manera el descontrolado panorama puede llevar a la conclusión de que todo está a punto de derrumbarse. Ahora bien, ¿cómo se pudo llegar a esta situación extrema en un país que lo tiene todo: cuatro climas bien definidos, ríos navegables, un territorio generoso y productivo, energía renovable y un mestizaje propicio, entre tantas otras virtudes; un país, en definitiva, tocado como se dice desde la fe por la mano de Dios?
Sin bien es cierto que las culpas están divididas, la mayoría no deja de señalar a la clase dirigente; sobre todo si aceptamos que la moral versa sobre valores relativos y entendemos por qué algunas ideologías sostienen que lo que para la convivencia democrática es nefasto, puede en último caso ser deseable y propicio para los que alimentan el desencuentro como sendero de salvación; obviamente de ellos mismos como corporación. "¡Qué le vamos a hacer, amigo, la política es así!", se justificó ante mí un dirigente; muy suelto de cuerpo, por supuesto. Conclusión entonces que nos lleva a aquello de que una democracia sin ética puede defraudar las ansias de felicidad de un pueblo, precipitándolo al sufrimiento, hasta convertir a muchos de sus miembros en indiferentes anarquistas detractores del sistema.
En lo puramente social y económico, más allá de los tiempos que marca cualquier calendario electoral de la Argentina, los meses que quedan por delante, además de ser arduos, son inciertos para cerrar alianzas políticas y confirmar candidatos afines a los bandos en pugna. Lo que da lugar a otra pregunta: ¿Cómo se llegará a las elecciones en un escenario donde las corporaciones de uno y otro bando no se ponen de acuerdo ni cuentan con un programa de gobierno que muestre eficiencia para salir de la agobiante situación?
En el enlace internacional lo que se ve como única salida es recurrir a un mayor endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional o seguir pasando la gorra ante prestamistas árabes y el gobierno chino.
Si bien es cierto que se bajaron de sus listas partidarias los dos popes en pugna, sin duda sabedores de que no miden lo suficiente en las encuestas y temen el papelón; la mayoría de los observadores considera que eso fue importante, aunque no alcanza para resolver nada. Ambos, los ex presidentes, el ingeniero Macri y la doctora Kirchner conforman una buena yunta de fracasados. La política, dentro de este marco competitivo y menos esperanzado que frívolo, está operando sin tregua, pues en cualquier momento se puede venir una explosión que hasta el menos ilustrado en tales avatares visualiza. De tal enojoso asunto hasta los más miope tienen percepción. El hartazgo siempre es peligroso.
Sin embargo, los desaciertos continúan y perjudican a la gran mayoría diseminando más pobreza y desconsuelo, sobre todo en las clases más desposeídas (los índices de pobreza superan con comodidad el 40 por ciento); también sucede que la imparable inflación (que este mes supero cómodamente el 8 y es probable que supere 120 por ciento interanual), junto al progresivo aumento del dólar se acelere más de lo previsto tensando todas las cuerdas habidas y por haber. Lo que hace que la baja en el consumo persista y un alarmante crecimiento de la pobreza extrema (llámese indigencia) amenace con poner a toda la clase política contra un paredón de mayor desprestigio.
La situación, lo repetimos, es inquietante en un país que se retuerce en el imparable descontrol a punto de entrar en un desorden suicida que, sin duda, no beneficiará a nadie, pues ya ni la inflación ni el aumento de las tasas de interés ni la subida del dólar asustan lo suficiente a los políticos para que se sienten a dialogar y establezcan al menos algunos pilares básicos de consenso. Grieta por todas partes es lo que se ve y un todos contra todos es la consigna impuesta por militancias cómplices y a su vez divididas que siguen arañando en la cuerda floja.
Ocurre entonces que un malestar impreciso, difuso, aunque de muy perceptible avance siga aumentando y corroyendo a una sociedad, cuya versión de sí misma se difunde a través de los medios y la moderna tecnología, quizá menos que en la voz de sus protagonistas especialistas en mirar para otro lado. Se encienden de este modo las luces rojas en el marco de una crisis política e inflacionaria sin precedentes en la historia Argentina donde todos mientes de acuerdo a propia conveniencia. Esto ha quedado claro en ambos frentes, el peronista gobernante, agrupado en el Frente de todos y en Juntos por el Cambio, los opositores.
No caben dudas que se están agotando los argumentos y que en la posible e indefectible salida democrática prevalezca el "cuanto peor, mejor para que de una vez explote todo", algo que beneficiaría a los que intentan detonar el sistema por dentro. Y en ese espacio se encuentra el opositor Javier Milei, que los mete a todos en una misma bolsa haciendo cundir más alarma todavía.
En cuanto a lo que se vive en el ahora, el asunto es gravísimo y se presenta desalentador. En el cada día se deteriora la calidad de vida y esto hace que los menores de 30 años exhiban un profundo desencanto, hasta el punto de querer huir de este contexto demencial y sin futuro. La mayoría de ellos no atisba posibilidades de progreso a través de trabajos que les permitan ahorrar, para aspirar a la vivienda y mantener una familia. Todos, sin distinción, acumulan rencor, que se expresa con indiferencia hacia la democracia. Según sondeos confiables, hay dos tercios de muchachos y muchachas de clase media baja que les da lo mismo la democracia que el autoritarismo. Una estadística alarmante por cierto.
La violencia, en tanto, sigue en aumento perjudicando la calidad de vida. Los robos en la vía pública se intensifican y los operadores del narcotráfico están más activos que nunca. La novedad la constituyen los rasgos de los asesinos, en su mayoría jóvenes lúmpenes que no estudian ni trabajan, y exhiben orgullosos y desafiantes sus armas en las redes sociales y proceden con una incontenible psicopatía. Los rige, en este caso, una violencia alucinante, autodestructiva, sin códigos: matan y le dan la bienvenida a la muerte si les llega. Hace poco le tocó a la doctora Kirchner, vicepresidenta de la Nación, que cuenta su historia porque la bala se atrancó en el arma del asesino.
Todo permite conjeturar que la política de la desconsideración y del destrato, cada vez más decadente y resquebrajada, esté pisando los límites del hartazgo. La pregunta final es si los devaluados políticos argentinos se comportarán como una élite acorde a los tiempos que vivimos o caerán en algún tipo de anacronismo aún más autodestructivo. "Y después qué."; es el temor que otra vez alarma y enciende luces rojas entre los argentinos, perdurando en la memoria bajo el concluyente lema: "que se vayan todos" de la no tan lejana crisis de 2001, en la que un presidente constitucional debió huir en el humillante helicóptero.
La lista de desaciertos y miserabilidades que enumero quizá es módica, pero no menos alarmante como para que no nos inquiete un probable encendido de luces rojas. El hartazgo roza en el límite.