Hubo un tiempo en que los escritores venían del norte, lluvia y garajes donde ensayaban músicos perdidos: Martin Amis. Hubo un tiempo en que los escritores eran un saco de huesos, ojeras hondas, y un cigarrillo tímido junto a las pestañas, por encima de la boca pequeña: Martin Amis. Hubo un tiempo en que los escritores fueron gamberros en Oxford: Martin Amis. Hubo un tiempo en que la gran novela fue siempre crónica: Martin Amis.
Dinero (primera edición española en Anagrama, marzo de 1988) marcó a mi generación. Iggy Pop fue la iguana pero había un lagarto en la solapa de ese libro que miraba acerado, fijo, mientras jugaba al ajedrez, y sentía asco por la corbata de nudo pequeño. Hubo un tiempo en que los escritores jamás sonreían en una foto: Martin Amis. Dinero fue un puente extraño entre Londres y Nueva York cuyo protagonista (John Self) vivía orlado de adicciones comunes (bebida, tabaco, porno, comida basura) y asco personal. Amis venía de un mundo canalla distinto a los buenos chicos que fueron Ian McEwan y Julian Barnes. John Self vivía para la ropa interior cara y la muerte barata.
La cascada narrativa de Amis/Self fue un vómito seco, por aquellos años, páginas y páginas de resacas, mares de resacas, el capricho inmediato como salvación misma del capitalismo circundante, mucho barro en las ruedas, el suicidio moral como autentico triunfo social. Monólogo interior y desafío, lengua de trapo y vertedero, confesión y confusión, arcada y musgo trepador: otra vez a la calle, otra vez al infierno.
Amis es un Bacon de chupa de cuero y garito mientras fuera llueve y los obreros lloran. Todo su asco por los bolcheviques de baratija vive en Koba el Terrible y, al mismo tiempo, todo su jipismo, arde a lo bonzo en La viuda embarazada. Fue un Houellebecq antes de Houellebecq, y un Javier Marías que le roba la cartera al padre para drogarse o hacer biografía, porque no hubo jamás mayor heroísmo que ese, el de hacer biografía. Nunca fue gremial, gregario, y supo bien que gato con guantes no caza, y más de tres siempre son multitud. Su cara de asco era también un grifo hacia adentro, como el de papá, Kingsley, borracho famoso antes que alcohólico anónimo. Fue un Tom Wolfe antes que Tom Wolfe, y así interpretó el sexo como resentimiento de clase, la lujuria como antidepresivo barato y la humillación como otra sonrisa de los más gilipollas. En El estado de Inglaterra sigue tocando el bongó: el tipo que droga y bebe sin parar, inmune a cualquier sustancia tóxica. El infierno imbécil es un reportaje, una entrevista y periodismo puro radiactivo.
Vino a decir sin decirlo que el escritor podía permitirse todo menos la banalidad, menos la vulgaridad. Lo importante era siempre un ángulo, una mirada, y si el barro llegaba a los talones, rodilla o cuello, carecía de importancia. Lo que otros terceros llamaron fisonomía, en él era psicología. Despreció el dinero que cotizaron vorazmente Philip Roth o Norman Mailer. Su masculinidad brillante exigía una mirada sucia de la que limpiarse por escrito varias veces seguidas. El filo bueno es el mejor afilado, y el corte bueno gasta poco cuchillo. Fue esteta, visionario, dandy un pub inglés siempre abierto cuando llueve. Jamás posó en camiseta para nadie. Sus piernas pronto cotizaron la estrechez del pitillo, igual que sus brazos, y todos aquellos huesos que hicieron de la cara el mejor mapa aborigen sin cicatrices. Fue el mejor río gramático, sucio, negro, léxico.
Puede que la zanahoria delante del burro no fuera otra que una falsa literatura confesional. Ahí el lector quedaba hundido, atrapado, quieto, nervioso. Empieza Dinero con una advertencia: “Esta es la carta de un suicida. Cuando hayan terminado ustedes de leerla (y esta clase de cartas hay que leerlas despacio, centrando la atención en las claves, en los detalles delatores), John Self habrá dejado de existir”. Siempre jugó a eso, sin olvidar que la lucha por la libertad diaria implica un cierto desdén. Hizo camada con dos o tres (Barnes, Rushdie, Hitchens) pero siempre soplando su propia porción de mierda para que no se enfriara: así Experiencia o Desde dentro pueden actuar al modo de poéticas, biografías metaliterarias, la pasión por la página escrita y la vida en llamas, corriendo tras uno muy ciega.
Su debut El libro de Rachel fue otra marca de la casa, porque todo él es una vieja tasca con solera, donde encima del vermú de grifo hay fotos y obsesiones de las que jamás se apartará. Quiere hacer la crónica del Londres “glam”, entonces tan famoso, desde quizás pelucas similares a la de Elton John, pero donde el crudo moral es siempre cínico, donde la ciudad tóxica y áspera esconde a algún caradura de linaje antiguo. Lloro ginebra por Martin Amis, y cada lágrima es un pato que va a dar al fondo del vaso, para nadar en círculos como lo haría un condón. Muere el guarro más limpio de la piara. Muere el periodista que no quiso serlo pero tenía la urgencia y la belleza del oficio: leeremos La información mientras nos ahogamos en el lago por los zapatitos de cemento. Muere el cisne negro con mucha luz de flexo. Muere el psicópata inofensivo, y el músico que quiso ser rockero desde Nabokov, y la bicicleta oxidada que guardaba en píldoras la alta cultura para pasar el rato en algún baño acompañado, con las manos libres, alguna chati desconocida y los pantalones bajados. Muere una mirada larga, la más dura.