Entre las nubes y el tiempo perdido. Es el lugar en el que sucede la poesía de Guillermo Marco Remón. Él mismo tiene ese aire distraído que le permite ausentarse y llegar a más altos estratos cuando lo cercano resulta insuficiente. Él trabaja lo que escribe con cierto ensueño, haciendo de su falta de prisa una necesidad, pero sin ceremonias ni teatrillos: requiriendo de esas pausas y sacando de ellas lo que puede ser extraviado, pues los ojos desacostumbrados nunca tienen esa constancia de primeras.
Desde su libro Otras nubes a este segundo que nos concierne han pasado cuatro años. El trecho vital ha hecho mella en la concepción de estos nuevos poemas. Perder el tiempo es la afirmación y aceptación del tempus fugit a título personal, sin gritar a los cuatro vientos lo ya sabido del avivado seso que despierta, las rosas cogidas por la joven antes de su marchite, y todo lo que los tópicos latinos han tenido a bien enseñarnos. Este libro se antoja más despreocupado. Parece decirnos: aquí sigo, en el camino, y lo que me reste por venir, que venga como quiera. La duda, en cambio, decide arrimarse, aumentada la incertidumbre: ‘Qué me salva,/ aparte de comprender la muerte/ como una especie de secreto./ Qué me queda,/ aparte de estas pocas conquistas a la realidad;/ estas verdades de mis veinticinco años/ en los que he aprendido/ que el mundo es viejo y repite sus historias…’
Y es al principio del libro donde más evidencia su voluntad de quitar hierro a todos los miriñaques que tanto adornan como vuelven rígido nuestro existir, con un tono naif y de verso libre, que no acierta ―lo naif, las evocaciones a Dios― al ser estirado, pero se comprende el uso sin afectar al poema que lo luce, o al resto de composiciones. Remón es propietario de su ritmo y sabe manejarlo con igual soltura como intentando el vacile, quedando en ambos casos patentes sus muchas lecturas y lecciones extraídas. ‘No planificar ni el amor ni el arte./ Pasear mirando al suelo/ dando patadas a las piedras y las palabras,/ y escribir para tu momento sin saber si quedará,/ sin centrarse demasiado en tal novedad o tal maestro./ Por ejemplo: dejar la métrica/ para los viejos y los papers,/dejar el léxico excesivo para los adolescentes/ y los documentales,/ dejar el silencio para el AVE, las bibliotecas y los baños/ cerrados de las discotecas,/ dejar toda orden categórica,/ dejar de escribir esta lista en este instante,/ escribir una línea más en la lista aunque he dicho que iba/ a dejar de escribirla./ Como ves, lo que digo/ se funde en la contradicción.’
Sin embargo, Perder el tiempo no evita la desesperanza. Tras su entereza, puede notarse una angustia como ruido de fondo de bastantes poemas, más notable en la mitad y tercera y cuarta parte del libro. En los reunidos en Me quedaría aquí y Despedirse poco a poco, tercera y cuarta parte respectivamente, Remón hace que el clima pessoano se torne más pavesiano, y lo que suponía un alegre acercamiento a lo incierto y lo extraño de las cosas, se vuelve temeroso, como si la gasa hubiera sido olvidada debajo de la herida. Asoma el esfuerzo por olvidar y recordar, mezclándose, y eso posibilita que se acorte la distancia entre la mano y el nombre, entre el surco en nuestra voz que es pronunciar, y el deseo de lo que se pronuncia, como en el poema Tienda de antigüedades. La precisión se desdibuja. Reconocemos que somos inseparables del temblor que delatan nuestra letra, nuestras preocupaciones típicas de la edad ―la muerte, el amor, la duración de los veranos, esos racimos que se aplastan y beben―, y uno acaba hablando de sí, ‘de la incertidumbre/ de mí mismo en tus libros/ como si la pregunta de la vida/ viniese del cielo y fuese yo quien callase’, asume.
Perder el tiempo, en definitiva, es un libro sobre la tragedia de admitir el ‘alma-libro, hombre-mundo verdadero’, como dijo Unamuno. Ahí empiezan nuestras edades, y el camino se presenta en toda su vastedad. Estremece, pero también infunde valor el recorrerlo pausadamente. Así este poeta.