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TRIBUNA

Jornadas con lluvia

lunes 05 de junio de 2023, 19:53h

Me gusta cuando las obligaciones empujan a fijarte en todo lo que queda fuera de su jurisdicción. Más allá de ese cerco, no tenemos sino la realidad que, en su infinita cortesía, suele tendernos un variado plantel de situaciones o elementos o personajes en los que reparar y sobre los que pegar la hebra; si no acompañados, con uno mismo.

De la jornada electoral del pasado domingo, omitiendo los resultados que todos conocen o sufren, como uno trabajó en ella como representante de la administración, no diré al respecto más que fue tranquila, que acabamos relativamente pronto y que tuvimos ratos de diversión a costa de las rarezas de la gente. Porque un día de elecciones, para quienes estamos al otro lado de las mesas, es una cascada de humanidad raramente soportable, sobre todo si el espíritu de uno es propenso a soledades. El flujo de anécdotas, comentarios, bellezas y fealdades de los asistentes, era incansable. También el de cabreos o malentendidos, pues hay para quienes ir a votar es lo de menos: si pueden hacer llegar la sangre al río...

Pero como la realidad que le interesa a uno no cuenta con tanta presencia, aparte de la naturaleza o la atmosférica que esta proporcione, era en los momentos de ida y vuelta del colegio electoral que me fue asignado cuando podía atender esos detalles que favorecen el maravillarse por tales hechos. Tenía el colegio a media hora andando. Debía atravesar un parque que separaba el inicio de Carabanchel Alto del de Aluche. Desde primera hora, a las siete de la mañana, lo desierto de esas calles y el color de acero batallado del cielo ayudaban a mirar zonas de un barrio que conocemos al dedillo, que nos aburren de tan cotidianas, pero de repente cambiadas por el esfuerzo que tocaba llevar a cabo y por la fina lluvia que empapaba los sitios de paso. Los muros del hospital militar y el cuartel, guareciendo honores pasados, eran grises por esa lluvia y por todas las lluvias. Algunas adelfas se asomaban con sus flores, pero era una palmera mecida por el viento la que cargaba de recuerdos su visión. Esa estampa ya se me había cruzado. Recordé viajes de años recientes: una ladera en Guetaria, alejada de la costa; las casonas cerradas y próximas a su derrumbe en Cascais, las casitas bajas y la playa desolada de marzo en Matosinhos, con parecido sirimiri y tonos gristes. Del otro lado de la acera, los tupidos castaños manteniéndola seca y los jardines de edificios perdiendo una lucha de coquetería. Esto da para un poema, pensé. Lo olvidé. No sería importante entonces.

En la jornada de la Feria del Libro, para firmar un martes por la tarde, el protagonismo de la lluvia era notable, pues tenía a los libreros y asistentes en un brete continuo. Desde la apertura, las tormentas se sucedieron cada día como si apuntadas en el carné de baile. Bien es cierto que muchos asistentes continuaban su paseo bajo los toldos y sus paraguas, pero el riesgo de mojarse no invitaba a comprar, y el instante que podía detenerse para alargar la mano hacia un libro, se hacía para mirar la hora, después al cielo, vérselas venir, y decirse mejor largarse. La mañana de ese martes me fue roída por la desazón. El sol templaba los humores después de varias faltas, pero nada aseguraba que durante la tarde fuera a mantenerse. Y no lo hizo. No vendrá nadie, me tiraré dos horas de vacío, y eso sin contar el chaparrón al que deba enfrentarme hasta llegar allí. Quedaron en tablas mis negras perspectivas y las inclemencias del tiempo. Llovió levemente durante la primera media hora de estar sentado, pero no insistió más. Vinieron amigos y conocidos, los libreros fueron un apoyo inmejorable, firmé bastantes ejemplares. Fue estupendo. Delante de la caseta, oscuros magnolios que nos ocultaban el correteo de las nubes. Tres o cuatro flores estaban abiertas. Su blancor de tiza limonada incitaba a recordar su olor. Ese perfume, como el de los nardos, que se disparaban los románticos contra sí mismos. Mirándolas, uno se dio cuenta de que vino poco abrigado en su intento de elegancia. El romanticismo está muy bien, meditaba, pero incubar los bacilos, mejor para otro momento.

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