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TRIBUNA

Doña Rogelia llora lentejas y garbanzos por Maricarmen

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 16 de junio de 2023, 20:37h

España fue una sala de fiestas eterna, sillones bajos, bolas de discoteca, algún esmoquin hortera con cenefa, y una actuación de muñecos seguida de otra con chistes y paseo circular, gran tarima, para al final acabar en un desnudo casto, sin espuma. Todas las burbujas estaban en los vasos y braguetas. Maricarmen fue un whisky ronco de paleta rural, tierno golpe de melena, que a todos despertó simpatía por descaro, brillo y agilidad. Rogelia fue un resorte, un disparo, un relámpago.

La burra/o de pueblo, la baturra/o siempre tuvo éxito aquí: el arrojo bruto, el pronto entre voces o rebuznos, el análisis o chiste de brocha gorda y trazo grueso, la risa a pedradas, los reyes y reinas de bastos. Marianico El Corto, Esteso, Doña Rogelia, Macario, etc. Hasta Cruz y Raya, que vinieron luego, hicieron paletos. Doña Rogelia era aguda, breve, y esa pulla al asalto fue un pellizco entero de monja, un petardo inofensivo e inteligente, un chorro frío de agua tibia, humor blanco, risas buenas, nada sangriento ni heridor.

Joseluis montó el tinglado para todos, los cómicos por las salas rurales, a millón por barba o así, hasta Massiel en aquellos autobuses, y luego ya vino lo gordísimo, lo mismo pero por la tele, macroproductoras que ordeñaban como macrogranjas (no alcanzaban las uñas a tantas ubres dispuestas). Maricarmen fue la dulzura de un pato lánguido, la poesía de un león niño y aquella vieja Doña Rogelia, tan viuda, tan enérgica, tan de madera toda, con unos ojazos que escuchaban en el gesto mismo y llegaban a sonreír, al bajar la cabeza para reír con ruido de tapadillo.

Entre Macario (Joseluis) y Doña Rogelia (Maricarmen) empezó el gran obreraje de cómicos, un poco en bisni y no como Fernán-Gómez, salas de fiesta y puticlubs del país que dejaba de bostezar gracias a las autopistas de Felipe y la furia de los billetes blandos del ladrillo, muchos verdes, muchos azules de diez mil. Se fue Maricarmen y Doña Rogelia está muda, una mala caída en Tenerife, ochenta años enteros de éxitos, desde 1977 por el colorín de las pantallas picantes. El monocultivo de Doña Rogelia (macrogranja) eliminó al resto de sus criaturas. La muñeca de la pañoleta y los calcetines a cuadros protestaba cada vez más protestona, menos viuda, menos rural. El humor más/menos fue aquí un sofá familiar como una lancha y una casa sabatina donde empezaban a salir por turnos, recién duchados o bebidos.

Cuarenta o sesenta años de muñeca y antena, se dice pronto, y cuentan cómo Maricarmen pedía copas con voz de la muñeca, pero los camareros una noche dejaron de reírse, la vida misma. Y así entramos todos de lleno en lo hoy, donde Doña Rogelia cerraría los ojos y no sabría cómo abrir el melón porque, tal y como dijo Miguel Delibes: “Se ha perdido la grandeza de ser de pueblo”. Aquella nobleza, aquel acuerdo de trato verbal y mano tendida para siempre, aquel respeto que permitía todos los coloretes de Rogelia, porque nada era ofensivo ni hondo, y la risa es aliada de la arruga y la sabiduría, porque la erudición del agro es otra manera de salir adelante. Cultura es todo aquello que se ignora, dijo Tierno. Sabio es el que se chupa el dedo, lo pone para arriba y sabe si va a llover mañana, dijo Sabina. El dato puede mirarse en una enciclopedia, ahora Google, pero la Cultura es siempre una forma de pensar, no hay otra.

Un trocito de madera, sacado de un baúl, tuvo corazón y enseñó a los españoles a reírse de sí mismos, lo que ahora falta. Entonces no estaba polarizado el rebaño, y no había ninguna cultura de la cancelación, y uno fumaba mientras reía y bebía, y mil pesetas de entonces daban más que ahora cincuenta pavos. Doña Rogelia llora lentejas y garbanzos por Maricarmen, que se los ganó todos por la inyección ajena del humor como inteligencia primera. Fue una niña de Cuenca que aprendió las lecciones de una vieja respondona con una maldad de medio minuto. Un trocito de muñeca llevamos todos en aquel país donde los paletos eran sabios. Sabían hablar y hacer reír solo por medio del idioma. Lo dijo Julio Llamazares hace no tanto: “El descrédito de la palabra hoy es completo. Le piden a un escolar que describa un terremoto y no sabe. Cualquier agricultor de campo se expresa con términos más cultivados frente a dicho drama”.

El ingenio, tan ligado al humor desde la picaresca, es lo que único que puede sacarnos adelante. Cervantes y Quevedo: uno se ríe de sí mismo, el otro lo hace del prójimo. La vena cervantina fue la de Doña Rogelia, cautiva de una palabra embriagadora, un chiste sociológico, una broma que era pensamiento triturado, donde una verdad noble sobrecogía en ese mismo horizonte escrupulosamente narrativo. Valga este homenaje para los cómicos españoles que hicieron las Españas (Joseluis, Maricarmen) y se enriquecieron haciendo empresa, quitándose la costra, mucha espátula, justo cuando pudieron, ya asentados sin el bonubús, trolebús, bonotrén y carro de heno. España fue una sala de espectáculos que los sábados invitaba al ingenio y lo sobrenatural. Doña Rogelia era igual que Francis Ponge: el poeta debe dar una cosa, no una idea. Grande Maricarmen y sus muñecos, hoy enlutados, una risa bruja entre lentejuelas, unas criaturas que todos recordamos como propias, un patio de butacas lleno a destajo, una fiesta barata para el sábado festivo. Doña Rogelia llora lentejas y garbanzos por Maricarmen hasta el lunes.

Diego Medrano

Escritor

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