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TRIBUNA

Poemas al galope: Espuelas para qué os quiero, de Miguel Sánchez-Ostiz

Javier Mateo Hidalgo
martes 20 de junio de 2023, 19:26h

La última vez que vi en persona a mi querido Miguel fue en la presentación de su libro Emboscaduras y resistencias, en la madrileña librería Rafael Alberti el 10 de mayo de 2022. Contó con un extraordinario escudero, el poeta José Luis Morante. Disfrutamos como siempre y como nunca del humor y visión crítica y sincera del pamplonica —signos todos de su inteligencia—, que organizó su discurso en torno a una confesión asociada a la todavía reciente pandemia. La neblina que ésta había dejado en nosotros —aquella que nos hizo relativizar el espacio-tiempo— nos había sumido en una confusión vital, un recelo hacia el ser humano ligado a cierta misantropía. Y, por encima de todo ello, un deseo —este sí, voluntario— de permanecer aislados de la dañina sociedad, de enclaustrarnos en un retiro buscado. Sánchez-Ostiz habló de su felicidad en el Baztán, rodeado de naturaleza y encomendado a las labores campestres. Como hizo el bueno de Thoreau en Walden, idéntico nombre con el que bautizó a su refugio otro escritor de raza, Ramiro Pinilla. De eso trataba el libro presentado, aquel que Morante elogió, añorando los colores de la naturaleza Navarra en su Castilla. El cromatismo que, si alguna vez parecía asomar en el campo abulense, era engañoso, pues se trataba del tono caduco otoñal.

Durante aquel confinamiento obligado —y después pretendido—, Miguel tuvo tiempo de reflexionar y —con lo que ello conlleva— de escribir. Además de este volumen concibió otro de poesía, con una extensión menor a la que nos tiene acostumbrados. Publicado por la editorial Pamiela, en ella han visto la luz los títulos más recientes del escritor, como Viaje alrededor de mi cuarto (Novela desordenada) —que recuerda inevitablemente a la genuina obra de Xavier de Maistre Viaje alrededor de mi habitación— o la más reciente El tranvía fantasma (Soliloqueo memorioso de difuntos varios). En el trabajo que aquí nos convoca, hay un epílogo —mal empiezo, ya con el final— o “Adenda” —como lo titula Miguel, aludiendo a su forma de “apéndice” o añadido final— donde explica la génesis del mismo: “Los poemas aquí reunidos fueron escritos entre el año 2019 y el otoño de 2021. Años para mí de mudanzas y encierros pandémicos, como los de todos; y con ellos, del retiro forzoso, la remembranza, los balances vitales, los ajustes de cuentas con uno mismo y el socorrido recurso a la burla y a la ferocidad impostada para pasar el trago”.

Todo eso es este tomo, que no “tomazo” o “tocho”, un agridulce autorretrato en el que el primer criticado es el autor. Una autocrítica tamizada de caricatura casi pictórica, llena de alegorías estimulantes que conforman el personalísimo universo de Miguel. Esta “gavilla de poemas” o “artefactos de intención poética” —como él los describe— se encuentran plagados de referencias inevitables —que confirman y determinan inevitablemente la personalidad del escritor, ya lo dijo Xènius en su idea de la invención como tradición o plagio—: desde Jorge Manrique y Francisco de Quevedo a Ferdinand Céline, Blaise Cendras o Malcolm Lowry —o, más concretamente, su mejicano Bajo el volcán—, autores como vemos de fuerte personalidad, como la que presenta el navarro. También están presentes su querido Rabelais —la celebración de lo grotesco y carnal—, Montaigne e, incluso, autores que, sin haber pisado el Olimpo de las letras doradas, merecen con su cercanía popular ser igualmente consagrados por la posteridad —Alfredo Zitarrosa o Carlos Gardel, por ejemplo—. Y, claro está, lo que sin tener autoría conocida, forma parte de la educación sentimental, incluyendo esas “canciones populares (berridos) inolvidables de las calles” de la infancia. Como colofón hay también lugares como Bolivia, donde el autor se dejó parte de la vida y, en compensación, ésta le ha acompañado en sus recuerdos y ánimo.

Espuelas para qué os quiero viene a renovar con esta frase tan característica —como todas las de las obras de Miguel— aquella otra ya de por sí jocosa y por todos conocida, donde son protagonistas los pies que calzan las espuelas, describiendo una veloz huida. En el caso de este libro de poemas, la carrera se intensifica al montar caballo y picarle con la ruedecilla dentada. Esas espuelas de oro serán las de Quevedo, “con las que según la leyenda, fue enterrado”. A las citadas influencias literarias en la obra y forma de ser del escritor se suman las artísticas. En algunos poemas es evidente, como la “mascarada” Los sueños de la razón, que Ostiz dedica doblemente en su título al proto-expresionista Goya y al postexpresionista Grosz, o en James Ensor y sus jueces sabios. También la imagen que preside la portada, fragmento de la pintura realizada en 1858 por John Quidor The Headless Horseman Pursuing Ichabod Crane —que ilustraba originalmente el relato corto de Washington Irving The Legend of Sleepy Hollow— subraya esta idea, representando un jinete que abraza al animal y gira el rostro observando lo que deja atrás. Una mirada inútil, puesto que de quien huimos muchas veces es de nosotros mismos, y esa presencia —para bien o para mal— siempre cabalga con nosotros. Meridianamente claro queda en Epitafio en vida: “Ni viejo ni joven / Cualquier tiempo es bueno / Para admitir sobre el sobado tapete / De la tumba negra / Que tú eres tu peor pesadilla”. También emulando al citado y célebre cuento de Irving, dice Ostiz en otro poema titulado precisamente Jinete sin cabeza: “Pica ahora todas las espuelas que quieras, / intenta escapar de tu cabeza perdida, antes de que ésta te dé caza”. La clara metáfora alude a ese “descabezado” por sus malas acciones —“quién te mandaba galopar en la noche”, dice otro verso—, las cuales son ya irremediables. Este jinete fugitivo y huidizo será omnipresente, resultando el leitmotiv o espíritu del poemario ya desde su texto inaugural, titulado precisamente con el encabezado que da nombre al libro. En palabras de Ostiz, personifica ese “deseo de poner tierra de por medio cuanto antes, ante una situación de amenaza o peligro, cuando la realidad acosa y abruma… aunque al final no te vayas de donde estés, porque no puedes”. Así lo leemos en el texto inaugural: “Espuelas de oro o de hierro, / o de roña calzadas a pie de fuesa. / Todas sirven para picar caballos de sombra/ y echarse al camino cargado de razones”. Aquella “fuesa” o “huesa” remite al osario en que nos convertiremos al final de la vida, como si el poeta vislumbrase un final de camino y remitiese a la muerte como algo con lo que todos debemos familiarizarnos más pronto o más temprano. En Paces in nocte así lo recuerda: “El tiempo no todo lo cura. / Al revés, el tiempo, ese silencioso segalari de sombra, / carcelero que te pone peso en los tobillos”. Es la parca otro personaje del que no se puede huir, por más que cabalguemos.

En La casa de Lázaro se remite al hogar de la infancia, donde simbólicamente permanecen suspendidas las esencias de un mundo que dio forma al que escribe y le describe: “ruinas, frustración, vergüenzas, / falsa sumisión, empeños inútiles / resignación, simulaciones”. Lo que pudo ser y no fue también formará parte de la composición humana: “Mal que te pese eres lo no vivido, / lo que ibas a hacer y no hiciste, / descabezado por rama de ahorcado”. De nuevo, en Miliario negro se describe, “Cada día más lejos / Del que fuiste / Del que no conseguiste ser”. “Nunca más”, dice el pájaro negro inmortalizado por Poe, mientras se le dice: “Ospa de aquí, cuervo, ospa / me queda mucho por hacer”. El escritor se exhibe con lo que actualmente se conoce como “publicidad negativa”, contradicción en sí que luce como galones las partes que muchos ocultarían, por miedo a perder su prestigio. Aquí el respeto se consigue a través de esa sinceridad, a ratos áspera y divertida. Esa es la grandeza del autor, que deja caer las máscaras solanescas o ensorescas para mostrar precisamente ese carnaval y farsa de la vida, el espectáculo social español y mundial.

La vida como Negociado de objetos perdidos, el poeta como chamarilero o exhibidor de sus “chucherías”: “Como vieja beata de sí misma, / encerrado con un único juguete que le devuelven los espejos, / el poeta exhibe sus misteriosas chucherías, / su cámara del tesoro de la memoria, su nido de picaraza literaria: / bagatelas, baratijas, menudencias”. En Domador de ratones viejos están aquellos aconteceres que progresivamente van inundando de máculas el paisaje de la biografía, como moscas aplastadas en el cristal de un vehículo, negrura ascendente que amenaza la visión o perspectiva y hace que peligre la vida en el viaje, pudiendo estrellarse en el arcén: “Sin duda hubieses sido mucho más dichoso / de no haber vivido nada de lo que regresa / como murciélagos en la anochecida de la vida”.

Sale el poeta fuera de sí para analizar el terreno, recordando su gusto por el “flanear” baudeleriano para, ahora, ser consciente del temor que le inspira ese “laberinto urbano” que le hace “caminar cauteloso por calles enemigas, / como quien atraviesa una ciénaga / que puede tragarle con un mal paso”. El laberinto “de hilos” también lo representa el “desvelo” del poeta, que los contempla “enmarañados como red vieja de arrastre”. Tras llamar a Houdini pidiendo escapar de tal lío, en “guardarropía” le dicen “que está muerto” y que “Ariadna se fue de vacaciones”. La maleza de la memoria “y su enredo inevitable” hará preferible inventar que “hacer recuento”. En Islas flotantes habla de esos mundos imaginarios que tanto abonaron su tiempo: “Andabas a cabriolas por Babia / Decorada a brochazos de Trebizonda / Con bosques y monasterios / o en lugares lejanos e invisibles”.

Viajar con los pies o con la mente. Si no se puede caminar, siempre se puede coger el tranvía, para ir “sentado al lado de la vida”, de “dónde a dónde, / de ningún sitio a ninguna parte”, como dice su Guitarra negra. También hace un recuento de amigos concretos, algunos de los cuales “llegaron a ministros o casi, o parecido, a clérigos cuando menos”. Critica de ellos su cambio de atuendo en Empacho de uvas verdes: “Arzobispos, coroneles, generales, magistrados / hampones todos de rompe y rasgo, / pero nada de nobleza de toga ni de espada, / sino de Monipodio, patio, miembros todos / de una corte de morenas voraces / peligrosas”. A veces esos personajes se asemejan a “aparecidos” en “sacramental”, pidiendo “un lugar de privilegio en el pudridero” y diciéndole al poeta que los observa: “tú estás de sobra, / que te busques otro nicho / que vayas a asustarte a otra parte”. Son “caras perdidas de nunca acabar”. El propio autor cree también verse ante el sepulcro de su propia obra, diciéndose a sí mismo en Lamento vano del poeta: “No interesa lo que digas o escribas / tu tiempo era otro, ya pasó, / si es que de verdad lo tuviste. Y a pesar del pozo de tinta, / insistes grafómano”. También: “Arma todo el ruido que quieras / O que puedas o te dejen / Que mañana serás olvido / o recuento erudito (y eso con suerte) / De cuatro letras y una leyenda”. A pesar de la mirada pesimista, persiste la intención de existir y crear a pesar de todo, pues ¿qué otra cosa se puede hacer que lo que el propio espíritu dicta, lo que nos mantiene vivos y nos ilumina? Así, en Mar agitado confiesa: “Me conformo con estar vivo, / cada día más lejos de afanes / que me desarbolaron a conciencia”. Como un antihéroe que huye de batallas y condecoraciones, que sólo pide mantener como eterna compañera a su propia sombra y bendecir el inteligente olvido.

Es este de Miguel, para mí, un libro muy especial. Lo recibí —como otros que el autor generosamente me ha enviado— tras la publicación de mi poemario Ataraxia, que generosamente aceptó prologar. Aunque pueda no parecerlo, quiero creer que guardo no pocas similitudes en estética y pensamiento con él. Es un autor que me despierta siempre de mi aletargado conformismo y me hace disfrutar de su estilo literario. Quisiera alguna vez alcanzar esa transparencia que él consigue entre pensamiento y escritura, esa fluidez y cercanía. Me queda mucho todavía y no se si lo conseguiré. Sé que han pasado demasiadas cosas desde la última vez que te vi, Miguel, pero me consuela que la distancia no significa nada ante una amistad tan especial como la nuestra. Se te quiere desde Madrid y se te tiene cerca, a través de tus páginas.

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