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TRIBUNA

Sorpresa, que no suerte

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 23 de junio de 2023, 20:10h

La vida te da sopresas./ Sorpresas te da la vida. Quiasmo katapléctico, que no quiasmo týchico. La Democracia Clásica sorteaba entre todos los ciudadanos el Poder Legislativo (Boulê) y el Poder Judicial ( Hêliaia ). La Democracia a la española no sortea, sino que da sorpresas, sorprende al ciudadano, demostrándole que su voto no vale para nada. Tú puedes votar a un candidato para alcalde que obtenga el mayor número de votos, pero consigue la alcaldía otro con muchos menos votos, pero que se asocia mafiosamente a otros perdedores. Eclosión triunfal de la partidocracia y la mafia política. España aeterna. Los pactos postelectorales son la esencia sublime de nuestra inveterada corrupción política y de la inmoralidad de nuestro Estado infame. Nuestra forma de acceder al poder tiene siempre un sabor vernáculo. Y es que los esclavos nacidos en la casa del amo se llamaban “vernae”, y están acostumbrados al forraje. Si viviéramos una Guerra Civil, la presencia de distintos aliados coyunturales, mientras dura la guerra, en ambos contendientes, la entenderíamos, pero la táctica de una Guerra Civil no se identifica con la metodología de la democracia liberal en tiempos de paz. Todo pacto post electoral representa una traición a los electores, y sólo electores imbéciles o con una fe indesmayable en el sistema pueden seguir votando. Todo pacto post electoral es mafioso. Ya hace 2.200 años las clases dirigentes de Roma hacían todo lo posible, esquivaban por todos los medios, intentaban zafarse con todos los ruegos a los dioses de la obligación de venir a gobernar Hispania por senatus consultum. Los españoles hemos tenido siempre otra forma de entender el poder político. Lo nuestro es la zarzuela, que no la ópera. El verso se resiente siempre de la bajeza del corazón, decía Boileau. Con razón la diócesis de Hispania se dividió en las provincias de Bética, Lusitania, Cartaginense, Galicia, Tarraconense y Mauritania Tingitana. El pacto a lo mauritano nos priva desde siempre. Los españoles heredamos las ideas, tradiciones y pecados de nuestros abuelos como sus bienes y sus nombres. Nuestro sistema electoral oligárquico ya no representa sólo una forma política en crisis, sino también una forma política que se agota. La Política, como pacto, transacción, componenda y puja, se ha puesto a hablar el lenguaje de los mercados. Asqueado de escuchar a nuestros mercaderes políticos, Pan huye a los cañaverales; y las ninfas se ocultan de espanto bajo las aguas. En Barcelona no es alcalde el candidato más votado, ni en Valladolid, ni en Gijón, ni en Valencia, ni en Burgos, ni en Jaén, ni en Elche, ni en La Laguna, ni en Almagro, ni en Alzira, ni en Villena, ni en Alcalá de Henares, ni en Alcorcón, ni en Coslada, ni en Rivas Vaciamadrid, ni en Santos de la Humosa, ni en Pinto, etc. Y lo mismo ocurrirá en algunas autonomías. Y ya, rizando el rizo, hay lugares en donde se ha asaltado la alcaldía, arrojando fuera al candidato más votado con la coalición de partidos supuestamente antagónicos, BNG/PP, IU/PP, PSOE/PP, y otras combinaciones que nos sugieren que en los “postcaenia vitae” de los partidos políticos, entre sus bastidores, se ventilan intereses que no responden estrictamente a la ideología, sino a la empresa comercial que supone ser un partido político. El intento de quitar la alcaldía a Gonzalo Jácome, el liberal alcalde de Orense, por la partidocracia (PP/PSOE/BNG) también es prueba de que la partidocracia que hoy tiene como propiedad suya el Estado, se defiende contra cualquier advenedizo que ponga en peligro el mercado electoral. Casi diez millones de españoles tendrán como alcalde al candidato no más votado en sus respectivos ayuntamientos, que no tiene la quiescencia de la mayoría. Sólo en las poblaciones de menos de mil habitantes, en las que por lo general sólo se presentan dos partidos, y el número de concejales es impar, la decisión de los electores es la que queda consagrada como poder municipal. La Partidocracia permite estas excepciones democráticas porque a los partidos les parece de poco valor estas localidades, islas de Democracia. Por eso uno marchó el sábado a celebrar la victoria a la alcaldía de un admirado amigo en uno de esos pequeños pueblos de los Campos de Calatrava, en donde efectivamente la Democracia es un acto festivo, de alegría y libertad política, en donde el pueblo impone a su verdadero representante como los falansterios de los indios guaraníes, siempre “philommeideîs”. Y en donde todo el pueblo come, conmemorando el misterio de la democracia, un arroz caliente con pollo de corral, y bebe el alegre magnífico e inspirador vino manchego. Porque además, como ya dijera Panecio, “lo verdaderamente útil coincide con lo honesto”. La democracia despierta en los vecinos potencias dormidas y hace a los pueblos más conscientes de sus posibilidades. Sólo en los pueblos la libertad de sufragio supone tener un poder democrático. Villamayor de Calatrava, oasis de Don Quijote y Sancho, Turios de La Mancha. Quien no acude públicamente en socorro del método democrático ultrajado, que instaura la libertad política, es cómplice de los que la están violando con su espíritu empresarial, que ése es ya el espíritu de los partidos, reconocido por el mismo Michael Oakeshott en su magnífico Experience and its Modes. Los partidos deberían ser asociaciones morales, pero suelen acabar siendo asociaciones prudenciales. Me encanta que ganen las elecciones los herederos de Fraga, pero aún me gusta más que triunfe la Democracia. El patriota Catón, cuando se pidió al senado que votara acciones de gracias a los dioses por la derrota de Ariovisto, se atrevió a proponer, por el contrario, que el vencedor fuera entregado a los germanos, ya que César había transgredido el ius gentium. Nuestra llamada democracia es, en realidad, una oligarquía encubierta. Y es una pena que cuando los alfabetos verde y azul, según los colores de Kirchhoff, se extienden por la mayor parte de nuestro territorio, no vayan a poder hablar lengua de libertad. Yo aún no he perdido las esperanzas. Con esos garabatos fenicios de las zonas verde y azul se escribieron las claves de la libertad.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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