Los principios para la sanación de un hombre arrastran a los que habrían de orientar la restauración de una sociedad. En ambos casos su realización raya en lo imposible. Esto no impedirá ensayarlos porque su imposibilidad sólo podrá derivarse de su efectivo fracaso y no puede demostrarse teóricamente.
Habría que empezar por lo inmediato. Ajustar el régimen del sueño y cuidar la alimentación. Garantizar el descanso y comer a horas precisas, siguiendo el desusado orden de las cuberterías y los platos, lejos de la comida rápida para la que bastan las manos, lejos de sus potenciadores del sabor y sus aromas artificiales. Dormir ocho horas diarias, en habitaciones limpias y ventiladas, siguiendo una serie precisa de operaciones facilitadoras del sueño. Ya es enorme la dificultad de alcanzar este primer objetivo sin modificar en profundidad la forma de vida: horas de trabajo, hábitos de consumo, rutinas que nos desvían de un fin de apariencia tan básico.
Se añadirá, en general, la conveniencia de algún ejercicio físico. Esta expresión esconde un cierto prejuicio reduccionista – como la alusión escueta a la alimentación o al sueño – porque no se trata de un ejercicio que pueda considerarse propiamente físico. El más adecuado ejercicio es el paseo: caminar durante unas horas al día. Si uno puede notar que ese paseo sería inapropiado de realizarse a través de escombreras o desiertos industriales, será evidente la condición no meramente física del paseo. El paseo permite el vaivén de la imaginación y fructifica verdaderas revelaciones, ese juego de la imaginación no es ajeno al entorno y es especialmente propicio a zonas caracterizadas por cierto rasgo no fácilmente definible: la belleza.
Las dificultades evidentemente se acrecientan, convirtiendo en revolucionario el programa de restauración de la salud, cuando señalan una dimensión esencial del proceso terapéutico. Me refiero a la dimensión comunitaria de la vida humana, empezando por el alimento que pide convivencia (convivium), convivir empieza por compartir los víveres y será un elemento inexcusable de la terapia. Hacer amigos a los que invitar o convidar y en cuya comunicación se va tejiendo la vida, volviendo a coser el curso de las horas en el gran manto de los días. Cuando en el ámbito de la amistad florece una comunicación radical puede alcanzar una forma de unión fértil (connubium) orientada a agradecer el bien de la vida, multiplicándola.
Se dirá al hombre que duerma regularmente y se alimente con cuidado, que camine cada día y que salga y disfrute de sus compañías, pero no se trata de exigencias biológicas. Si esas recomendaciones se toman en una estrecha literalidad pueden conducir a la muerte: dormir las horas regladas con la exclusiva ayuda de substancias químicas, comer científicamente en un escenario de amarga soledad, caminar atento únicamente a las exigencias de las tecnologías de la salud (sensores de parche o tecnologías portables) o – en el extremo – entender la compañía en términos del MUA patentado por Zhao Jiambo para su empresa Siweifushe: un aparato al que besar, sobre el que no entraré en detalles.
El terapeuta más atrevido recomendará la práctica de un trabajo significativo, alineado - dirá - con los fines que dan sentido a la vida de ese hombre herido. También aquí se alude a un trabajo compartido cuyo sentido no escapa a nuestra vista, porque conocemos el objetivo y el valor de la obra común. Lejos, por tanto, de las tareas fragmentarias y simples del trabajo industrial, cuya articulación acaso conoce la élite distante que diseñó el proceso productivo, pero que queda a una infinita distancia del operario asalariado que no puede reconocer, de ningún modo, el sentido de su tarea.
Esas recomendaciones, que se quieren sencillamente terapéuticas, exigen una restauración revolucionaria. Esas recomendaciones reconstituyentes sólo pueden realizarse mediante una constitución renovada de la condición humana. Habría que conmover de raíz el sistema industrial, con las abstracciones sociales que lleva asociadas, para reconstruir el mundo y abrir nuevamente las fuentes de la alegría de vivir.
La cura culminaría en la práctica cotidiana y casi constante de gestos de agradecimiento por esa vida recuperada y por la alegría profunda que la acompaña. Entonces descubriremos que no tiene sentido el agradecimiento si no va dirigido a alguien. Cuando celebremos juntos ese agradecimiento por una vida lograda estaremos rozando con los dedos una verdadera sanación, radicalmente revolucionaria.