Cuando brota similar a la corriente que recorre el Duero; siendo venerable, como la piedra tallada por los templarios en el claustro de San Juan; luminosa, a imagen del sol que dora los campos sorianos; profunda y legendaria, recordando a la Laguna Negra; melancólica y vital, reviviendo la figura de Machado, durante sus paseos por entre los olmos, recordando a Leonor. Todo esto puede ser la poesía si se cultiva con tesón, paciencia y respeto. Su inspiración nace de siglos de escritura, ensayo y cálculo, pero a su vez resulta espontánea, ajena a toda matemática. Tal es su viveza. La lírica tiene un secreto íntimo, como la Naturaleza a la que canta y a la cual busca emular. Se nos muestra como es, sin ocultamientos, pero tal es su fuerza que se nos escapa su sentido primero, la razón de su constante renacer.
Su misterio no se puede desentrañar. Tan sólo cabe acercarse a él, aproximarse a sus contornos, aún sin conocer la fórmula de su savia. Sólo tocar la corteza, admirar su belleza y textura, su misma existencia. Poesía y Naturaleza, deudora una de la otra. Si en otro tiempo fueron los eremitas o ermitaños sus moradores —herederos del ejemplo de San Francisco de Asís—, también los budistas practicaron y admiraron la sencillez y verdad de la Tierra, buscando en la estética de la imagen y la palabra el modo de reflejar para la posteridad su belleza. El arte islámico se impregnó de ornamentos vegetales, con sus fuentes, jardines, escritura y dibujo esculpidos a la manera cúfica, mocárabe o de los atauriques. La matemática fue una forma de entender lo natural midiéndola. Después, tras siglos de evolución cultural, se presagiaron los peligros del desarrollo imparable liderado por la fría razón, reivindicando la vuelta a los orígenes. Así, surgieron nombres como los del trascendentalista Henry David Thoreau con su Walden, grupos como los artesanos promedievalistas capitaneados por William Morris o los prerrafaelitas y nazarenos, críticos como John Ruskin y pintores románticos como Caspar David Friedrich. Y, cómo no, poetas como William Wordsworth, nuestro “capitán” Walt Whitman o el Beat Gary Snyder. La cámara espiritual de Andréi Tarkovski o natural de Agnès Varda. La receta de todos ellos sigue siendo secreta, por más que queden de cada uno muestras de su afán contemplativo, de sus cantos hacia lo natural como principio y final, círculo perfecto, Alfa y Omega de la vida. Pocos continúan acercándose a esa sabiduría hermética, pues conlleva estudio para un posterior y lento conocimiento acumulativo. Pero, sobre todo, precisa de voluntad y tiempo, bienes escasos en la sociedad presente, caracterizada por el consumo desorbitado, la superficialidad y la impaciencia. La tecnología lo domina todo y oculta la esencia de lo biológico. Las palabras se reducen en pos de la acción, pero ¿cómo actuar si no se aprende primero? ¿Cómo escribir si no se lee antes? El escritor como artesano del lenguaje, como pescador que espera paciente la palabra exacta y precisa, que diría Azorín. En España, además del citado Machado tuvimos a un Unamuno y a un Baroja, quienes en muchas ocasiones se alejaron del ruido de la civilización para penetrar las raíces de su cultura, abandonaron las grandes ciudades para adentrarse en los pueblos, los campos y lo inmanente. Un Regoyos puntillista, un Zuloaga y Solana expresionistas, un surrealista grupo comandado por Benjamín Palencia y Alberto Sánchez e integrado por una Maruja Mallo, un Luis Castellanos o un Miguel Hernández en esa Escuela de Vallecas que cantaba a la poética de la tierra, de la vuelta a lo natural.
¿Qué queda de todo aquello? ¿Quién recoge en estos días tan difícil testimonio? Se cuela por entre los dedos como agua o granos de arena, es difícil de fijar. Un Miguel Sánchez-Ostiz con sus emboscaduras y poemas a modo de nexo necesario y admirable, como lo es Antonio Colinas. Y, ahora, jóvenes poetas como Luis Bravo y su canto apremiante a Las horas grises. Con este título, su libro de poemas publicado por la granadina Editorial Comares representa un retorno a esa tradición poética, meditativa, que hinca sus raíces en el sustrato natural. El silencio contemplativo sólo interrumpido por las palabras, que afloran salvajes pero medidas desde un estilo único y enigmático. Muchas veces el lector, al acercarse a estos poemas, quisiera conocer el origen de su contenido, la causa desencadenante, el pensamiento interior del poeta que no desvela. Pero sabemos que en ello radica precisamente su encantador misterio. La poesía evoca sensaciones, multiplica sus mensajes, nunca es unívoca. He ahí su riqueza.
Como decíamos, Bravo bebe de toda esta tradición, sus “horas grises” son precisamente la elección de una forma de ser y de escribir. La cultura como llave o clave con la que abrir muchos de los mensajes que nos desgrana aunque, como advertimos y por fortuna, no todos. Así, en el poema que da nombre al libro, afirma: “Más callado últimamente / dispongo como emblemas los polvos y resortes / de una melodía gastada. Teniendo estas bazas del novecientos / seguiré escribiendo. ¿Feliz? No lo sé”. Se es como resultado de lo que se sabe, guste más o menos a un público general. La poesía es minoritaria por cuanto es bien personal y compartido por unos pocos. La “razón poética” de María Zambrano es filosofía democratizada pero, a su vez, es difícil y comprensible sólo para un pequeño porcentaje de seguidores. Hay que tener voluntad para entender, apreciar o valorar y a eso no todo el mundo está dispuesto. En otro fragmento, ya al final del libro, Bravo se pregunta por su condición de poeta, siempre difícil y muchas veces solitaria: “El poeta joven / ¿puede abandonar a los clásicos? [...] ¿Elije ser maldito por más fácil reniego / a la búsqueda de una sentimentalidad? / ¿Hermana las lecturas de compadres / por miedo a ser desbancado? / ¿Peca de incomprensible adrede? / ¿Salta de concurso en concurso / como la liendre sana entre el cuero cabelludo? / ¿Teme lo tilden de barroco, conservador, / neorromántico, disparate? / ¿Acude a tertulias don de su propia sangre esputan? [...] ¿Canta lo trivial, lo urbano, / por mor de la inmediata aceptación de los lectores?” Entre lo amargo y lo irónico, el autor desgrana aquí muchas de las encrucijadas a las que debe enfrentarse a lo largo de su árida y tantas veces incomprendida travesía por el desierto. Quienes escribimos y aspiramos a esta sensibilidad lo sabemos. En muchas ocasiones llegamos a la conclusión de que comprender al poeta, a su poesía, no es cosa difícil. Sólo hace falta pararse en el camino y observar, dirigir la lupa hacia esas pequeñas cosas sobre las que no se pone la atención en el día a día, tan azorados vamos por nuestros caminos. Lo sabía bien Gastón Bachelard con su bella imaginación poética, su filosofía dedicada a lo que nos rodea y conforma, aunque aparentemente no lo veamos a valoremos. Como pequeñas partículas suspendidas en el aire, de las que no nos percatamos aunque existan. En Gabarras en el río, canta Bravo: “Qué fácil es velar estas gabarras en el río / cuando todos se han ido y las maderas / se crujen, las cuerdas se estiran / y la corriente sube para imaginarlas, / dentro de mucho tiempo, perdidas, sin remos”. Cuánta belleza condensada en lo que aparentemente puede resultar prosaico, como esas barcazas, y que otros tan bien saber capturar en su plástica. Así Vincent van Gogh, por ejemplo, haría de este poema un bello lienzo. Parece que del poeta depende lo observado en su compromiso: “Aquí aguantarán / lo que uno flote junto al reflejo el mirarlas. /¿Lo que guardan es el frío, tal vez el mismo / que llevas viviendo todos estos años?” Como si en lo contemplado se personificaran sensaciones y sentimientos del observador. Lo mismo en Pensando el aire que desbroza el soto: “Pensando el aire que desbroza el soto de álamos, / es pronunciarlos un mismo atice de viento.” También la naturaleza parece adoptar actitudes humanas y esperan, de quien en verdad las tiene, su posteridad: “Sus hojas enfermas, embestidas y raras, / miran quietos la carretera / si un nuevo frente llegase. Una tempestad, / una fiesta, un libro que los dignifique”.
Algunos de los referentes enunciados en este texto surgen inevitablemente a lo largo de la lectura. Está el prerrafaelita Dante Gabriel Rosetti, recreando la época que él mismo anhelaba en sus imágenes pintadas: “Mi señora, / por vuestro rostro unas llamas azules / dibujan lo inaccesible, y está bien así; por vuestros ojos una boira sube lenta, / toma aquella forma del buque / que es símbolo y leyenda, y algo es”. También está Baroja y su voz registrada como testimonio histórico, leyendo su Elogio sentimental del acordeón, fragmento de su novela Paradox rey. Todo aquello que puede condensar el sonido de este peculiar instrumento, esencialmente marinero: “De ultramar / y naufragios, de lámparas de aceite, / playas que embellecen la enmienda / de familias carcomidas bajo redes, / de balsas de medusa que nadie avistó, / de la juventud que por alargarse encalla, / este acordeón quiere siempre jurar / que mañana nos sobra tiempo”. Se advierte un doloroso sentimiento personal sobre este lento y rápido pasar de la vida de una generación concreta como es a la que pertenece el autor y un servidor, que nos aboca a la pérdida y a la desorientación, siempre difícil. Tiempo de adversidades al que se suma la sensibilidad del poeta, inevitablemente melancólico y añorador de la belleza pasada, como en Esquina del cementerio en primavera: “Sabed, todo es melancolía. / Del rosal en ruinas el ángel florecido, o al revés”. También asoman otros autores queridos como el nombrado Ostiz, a quien dedica La quinta, habitada sin duda por el imaginario del navarro: “De la sala al galope huye el caminante, / luego acabará siendo en sus espejos”. También aparece en Desde mi terraza, cuando evoca unas líneas poéticas: “Sus rostros, sus voces, sólo fueron el viento / y el sol último de la tarde / contra las ramas de un laurel”. Se “cita” —en el sentido más literal de la invocación— al poeta de La Bañeza en el original título Antonio Colinas escribe su primer libro: “El paisaje fuera sigue enredado / en adjetivaciones barrocas y desusos, / pero no ha de preocuparte: ahora es tu folio / la tierra y abono bajo el techo morado de la noche, / la estilográfica el viento que ordena lo plantado”. Otros nombres resuenan, como los de Evelyn Waugh, Edward Thomas, John Keats o Luis Rosales. Comparten con Bravo ese carácter sinestésico hacia esa —como diría el último— “tierra que huele, / comienza a oler, no cabe / ya dentro de sí misma y se levanta”. En piano entre magnolios se refiere, por contra, a ese otro universo creado todavía por descubrir: “En lo oscuro duermen placas de escritores / que no conocemos. Tomamos nota del encanto / con el engañoso todavía por saber, que nos faltan sus nombres”.
Conviene ya dejar de referir al libro para dejar al público lector adentrarse en él y disfrutar de su contenido sensible, experimentando sus propios hallazgos, descontaminado de toda influencia que puede condicionar, determinar, y no siempre para bien.