Apoyar el comenius
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de octubre de 2008, 21:29h
Europa, con el cuerpo ya espesado por el tocino de una larga riqueza, contiene la respiración ante la crisis y espera. Y es de temer que muy posiblemente la crisis económica perjudique también a los fondos educativos europeos que tienen como objetivo la financiación de programas que relacionan a profesores, alumnos y experiencias educativas de prácticamente todos los países de Europa. Será inevitable, claro. Pero la mejora educativa, la inversión en educación es la mejor y más segura manera de invertir en un futuro de bienestar. Un político español, José María Barreda, ha llamado a la escuela “factoría del futuro”. Y tiene razón. Nuestro futuro dependerá de la calidad de nuestra escuela actual. Si el “homo faber” europeo aumenta su capacidad competitiva y su calidad profesional – dos asuntos que se gestan en las instituciones educativas – Europa no perderá posiciones en el mercado global, y en lo que es mucho más importante, en su calidad de vida. Por eso es importante que Europa siga financiando programas educativos como el Comenius, una estupenda herramienta pedagógica para mejorar el sistema educativo común a base de asumir como propias las mejores ideas educativas de los demás, y promocionar el aprendizaje de las lenguas de Europa, haciendo del inglés la lengua franca, como antaño lo era el latín.
Desde la vieja y encantadora ciudad austro-húngara de Przemysl, tan amada por el viejo emperador Francisco José, en el actual oeste polaco, junto a la frontera ucraniana, y en el marco de un programa Comenius sobre la violencia escolar y la influencia de los medios de comunicación, coordinado por la bella profesora alemana Maria Turner, uno ve en Europa una muy subrayada identidad propia, surgida del “melting pot” de nuestras identidades particulares. Pero en todo caso algo tangible con sabor propio, hondamente identificable. Algo que sólo tendrá futuro solidariamente unido. Ningún miembro de Europa podrá ya salvarse sin estar enmarcado, encajado totalmente en el entero cuerpo europeo, bien soldado. Y la soldadura deviene de la misma historia europea cuando vemos, por ejemplo, cómo la preciosa ciudad polaca de Zamosc fue diseñada por el arquitecto veneciano Bernardo Morando. Una Europa cristiana que desde el Ártico a Gibraltar no puede olvidar el Verbo divino unificante que configura su espíritu y cultura colectivos: “Haec mando vobis, ut diligatis invicem”.
Además, el muy patente crecimiento económico del Asia central y el todavía vigente poder militar americano no permiten a Europa el lujo de un “schisma”, y el conocimiento mutuo de los educadores europeos garantiza como ninguna otra cosa la unidad política del Viejo Continente. Es así que sería deseable que la actual crisis financiera que vivimos no llegue a ahogar programas tan valiosos y vitales para Europa como es éste del Comenius.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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