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DESDE ULTRAMAR

Clima: esos endemoniados 1,5 grados de más

Marcos Marín Amezcua
jueves 13 de julio de 2023, 19:55h

El Planeta peligra y con él, nosotros. Y hay quien ni se entera ni le importa. El incremento de la temperatura global nos coloca en una situación de peligro extremo por todo cuánto ello acarreará. Propender a pasar del tema o a cruzarse de brazos no ayuda y es menester que nos concienciemos de la gravedad del fenómeno ya no tan imperceptible. Quien tenga ojos, que vea.

Sí, es muy sobado el asunto, sí, parece repetitivo y manido, sí, mas es igualmente alarmante, porque no parece frenarse el indeseado aumento de la temperatura media global. Por eso, no está demás traerlo de nuevo a cuento. La semana pasada, tres veces, en tres jornadas, mejor dicho, se superó la marca de haberse vivido el día más caluroso de la Historia, desde que se cuenta con registros de la temperatura. ¡En una misma semana! Esto ya se pasó de castaño oscuro y el verano en el hemisferio norte transcurre prometiendo aún jornadas más calurosas, de seguir la tendencia de incremento tal y como va. Ya no podemos ser indiferentes. El lunes 3 de julio la media más alta fue de 17, 1 grados. Ya para el 7 de julio fue de 17, 23 grados. Y conste que junio había sido declarado como el mes más caluroso de la Historia, desde que se cuenta con asientos. Tal aceleración de intensidad se atribuye a El Niño, resultante del cambio climático, combinado con el cambio climático ya acumulado per se. Se amalgama con nuestra indiferencia que raya en abulia, aun y cuando se trata de una seria amenaza creciente para la vida en este mundo. ¿Debemos permanecer impasibles?

En 2016, en París, se acordó trabajar para evitar que sumara la temperatura global un 1, 5 grados más (1, 5º). El famoso 1, 5º que no debemos de superar. Había mucho que faenar para evitar semejante ascenso. Se advirtió qué de alcanzarse tal cifra, sería irreversible, imposibilitándose retornar a mejores estadios; y con ello, resentiríamos sus efectos devastadores. Graduales algunos, acaso otros más intempestivos. Al constatar que podríamos estar fracasando en ponerle límite a tal aumento, como se pidió conseguirlo, también estamos observando comportamientos climáticos anómalos, preocupantes, convencidos de que no es normal y no es promisorio y sí abrumadora y angustiante la elevación de la temperatura, pese a que nuestra reacción es lenta, aletargada, como las acciones en respuesta por parte de los gobiernos, discutiendo ad aeternum más que diseñando soluciones; ergo, debemos de asumir de una vez por todas que el clima se deteriora aceleradamente y, con ello, nuestra seguridad y supervivencia. Y no es un juego, todo mientras se pospone si proceder o no y qué intereses económicos y de quiénes serían afectados si se impulsan determinadas medidas en pro del ambiente.

A mayor abundamiento, la cosa no es ni va solo de conferencias mundiales, únicamente. Es cosa de observar, de poner atención en derredor, a fuer de sentir la transformación para mal, del clima. Acaso hacerlo contribuya a responsabilizarnos. Al tiempo que en mi entorno mexicano detecto inviernos menos crudos y lluvias y granizadas más intensas, contrasta ello, paradójicamente, con el mes de junio pasado –seco y extremadamente caluroso– signado por una tercera ola de calor que posicionó el termómetro hasta los 49 grados en Hermosillo, capital del estado de Sonora, lo no visto, cuando que mi verano mexicano es lluvioso a causa de las bajas presiones y los huracanes, ausentes ahora abonando a la ingente sequía que nos agobia desde hace algunos años, ya. Mis plantas están quemadas. Como si se las sometiera a rayos solares inclementes propios de una hoguera o como si hubiese colocado sobre ellas una lupa tostando sus hojas, achicharrándolas. Eso, las que no fueron acribilladas por el intenso granizo que las ha despedazado. Me sirve de medidor para lo que está sucediendo. No le cuento del desorden en la floración, a destiempo, irregular, cuando no tocaba y, eso, cuando sucede, que a veces nos privan de sus flores, infortunadamente. Y así vamos, asoleados, deshidratados.

Conté a ustedes apreciados lectores en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico, que el invierno pasado mi amigo Miguel desde Buenos Aires advertía de temperaturas porteñas de 40 grados en su estío, extrañas, inalcanzables en puertos tropicales como Acapulco. Ello nos da una idea cristalina, palmaria, de la agravación del fenómeno climático. El finde anterior escuchaba al meteorólogo Marc Santandreu de TVE, advertirnos con sendas gráficas comparativas colocando los números sobre la península ibérica, que se verificaban temperaturas de entre cinco y diez grados por encima del promedio de años pasados en esta misma época señalada en el calendario. Suena muy grave.

Y de por medio, el agua que ya escasea. La semana pasada, mientras recordaba que hacía 15 años me paseaba por la Expo 2008 en Zaragoza y cuyo eje era el agua como preciado don que había que cuidar, contemplé las escenas dantescas con riadas atípicas en la capital maña, que me han sorprendido. Fueron catastróficas y alucinantes. La Carta de Zaragoza consecuencia de la Expo, colocaba el acento en su gestión y cuidado. Reproduzco cuatro de sus premisas manifiestas en su preámbulo: “1 Que el agua y los ecosistemas de la Tierra deben ser preservados y protegidos. 2 Que el acceso al agua potable y al saneamiento es un derecho humano que debe ser garantizado por los poderes públicos. 7. Que las predicciones indican que el cambio climático es capaz de modificar la disponibilidad y las necesidades de agua en todo el planeta. 9. Que la pervivencia y transformación del medio rural están directamente vinculadas a la disponibilidad y uso sostenible del agua.”.Tan claro, debiera mover a la reflexión. La alarma de que Uruguay se quedase sin agua en días pasados, desastre aparentemente conjurado, de momento, me recordó la cartela vista en la regadera de un hotel de San Luis Potosí, en 2010: “Amigo turista, San Luis tiene sed. Cuida el agua”. Muy fuerte.

Al agua que escasea y se contamina, sume usted la disminución de zonas fértiles para producir comestibles, confirmando su escasez y encarecimiento, cuando no su pérdida por heladas u ondas de calor pudriendo las cosechas, merced al cambio climático. En esta tesitura, el alimentario no es un panorama alentador, alertándonos sobre las irreductibles consecuencias de no actuar apresuradamente, ni como sociedades ni como gobiernos.

De manera tal, que no se trata solo de arrojar pintura a cuadros famosos ni de vociferar que somos una irredenta y empecatada sociedad de consumo, podrida y tal presuntamente, para generar así conciencia ni es el único camino. Acaso, ni siquiera sea el más idóneo. No. Se trata, sí, de que las medidas medioambientalistas palien la contaminación, que frenen el calentamiento global, que modifiquen en pocas palabras, nuestro ritmo de vida, en el que todos contaminamos –quien más, quien menos– y que nadie se evada ni se haga el buenito, colocándonos en la tesitura emergente de no pasar del tema. Medidas acertivas y asertivas, no solo golpes de efecto que abracen los crédulos y los engañabobos. Cambiar hábitos que contribuyan a reducir contaminantes, dispendios, nuestra indolencia imperturbable, cuando la triste realidad climática nos ha alcanzado, la afectación planetaria es palpable, los peligros que entraña no son cuentos chinos. Termina siendo todo esto descorazonador y muy inquietante, amén de muy desalentador en grado sumo.

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