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Otra de educación

José María Herrera
sábado 25 de octubre de 2008, 18:33h
Nuestros escolares tienen fama de ir retrasados en lectura, escritura, aritmética, ciencia y buenos modales, pero esta fama bien ganada apenas preocupa a las autoridades educativas porque tenemos el sistema más avanzado del orbe. Las lamentaciones de los críticos, sobre las cuales habrá de declararse competente cualquier día de estos el ubicuo Garzón, reposan en prejuicios muy difíciles de erradicar, particularmente la creencia de que los niños van a la escuela a aprender algo, algo en concreto, cuando el objetivo de la educación actual es aprender a aprender. Embarrancados en el pretérito, no terminan de enterarse de que el progreso ha llevado al declive de la tradición y que, por tanto, resulta bastante estúpido llenar la cabeza de los jóvenes con materiales inservibles. Frente a los saberes irreales y abstractos de la antigua cultura, hoy se fomenta eso que la pedagogía llama “competencias”, la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes de una sociedad que, a falta de otra cosa, ha convertido las reglas de juego en ideales y estos en humo.

Aunque no es cierto que nuestros jóvenes floten en la ignorancia –la mayoría de ellos conoce la lengua materna que sus madres no saben hablar o la historia universal de sus respectivas comunidades-, el sistema aún no funciona como desearíamos. La culpa, por supuesto, es de los profesores. Tal vez porque fueron educados con criterios nacidos en tiempos en que la gente caminaba con una rapaz en la muñeca, la mayoría de ellos sigue embarullando a los chicos con garambainas poéticas, filosóficas o científicas que acaso tuvieran sentido en una época en que se deseaba preservar una parte de la persona apartándola de la sociedad, pero que nada tienen que ver con la vida maravillosa de hoy. Son estas pretensiones anacrónicas la causa de la indisciplina escolar (rebeldía ante las aberraciones de la cultura tradicional, sería mucho mejor decir) y el motivo por el cual los gobernantes no intentan reforzar la autoridad de los maestros, sino al revés, rebajarla obligándoles a ponerse los manguitos del funcionario. Lo que es el puyazo al toro bravo es el papeleo para un gremio que ha visto desaparecer de su horario laboral las horas de preparación de clases en favor del cursillo pedagógico y la mística burocrática. Lástima de crisis, pues el problema se resolvería con unos miles de jubilaciones anticipadas.

De todos modos, y como cualquier aparato de precisión, incluido el acelerador de partículas recientemente estropeado, nuestro sistema educativo es también sensible a la motita de polvo. El mal nivel de inglés de los alumnos arroja algunas dudas sobre su eficiencia. Es un arduo problema porque el inglés es la herramienta de las herramientas. ¿Cómo aprender a aprender si uno no sabe traducir las primeras entradas de google? Por suerte, el señor Zapatero ha prometido que pronto nuestros jóvenes estarán capacitados para subrayar la palabra potato y todas las instituciones del Estado se han puesto deprisa y corriendo a ello. Es falso que necesitemos un gran pacto de estado sobre la educación. El pacto existe. Nadie juega en nuestro país con un asunto tan serio ¿Cómo interpretar si no la admirable decisión del presidente valenciano de obligar a los jóvenes levantiscos a aprender los valores ciudadanos en inglés, esa maravillosa lengua en la que apretar una tuerca y joder se dice con la misma palabra?

La medida del señor Camps es digna de aplauso. Si las comunidades han logrado que sus jóvenes chapurreen la lengua autonómica, ¿por qué no iba a suceder lo mismo con el inglés? Todos conocemos, además, la ascendencia moral del pato Donald y los predicadores del rap. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que adoptando su estilo es probable que los jóvenes asimilen mejor las recomendaciones cívicas que no aprenden de otra forma. “Ante personas principales no te toques los genitales” podría ser, convenientemente traducido, el estribillo de alguna canción subvencionada por el ministerio de cultura. Por otra parte, y siendo como somos un país de acogida, releche de la solidaridad y la vanguardia, ¿por qué aferrarnos a esa reliquia opresiva, machista y discriminatoria que es la lengua cervantina? Catalanes y vascos casi han prescindido de ella y les va de miedo. ¿Por qué no el resto? Luchemos por la civilización planetaria y llevemos hasta sus últimas consecuencias las conspicuas palabras del preclaro delantero Eto´o: “todos tenemos derecho a ser españoles”. Ser español es ya, en este momento de la historia, un destino en lo universal. Nuestros pedagogos lo han visto claro y por eso su sermón de la montaña insiste en lo de las competencias. Y también los políticos. Para que luego digan que no saben de educación. Sin duda que saben. ¿Acaso existe materia prima mejor para una nación que progresa adecuadamente que la sustancia gris?
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