El resultado de las pasadas elecciones nos dice que, de no existir las formaciones nazi-onalistas, cada español habría votado con la mano derecha lo contrario que con la izquierda, y originado con ello un posible bloqueo, mental e institucional, que quizá hasta conlleve una promesa de esperanza a la ciudadanía, incluida la mayoría de quienes votan a la banda guiada por nuestro galán más internacional, bajo la forma de expectativa de nuevas elecciones: nuestra tercera y última oportunidad de evitar el suicido colectivo. Sobre todo, si al final el popurrí político de Puigdemont no responde a los requiebros de la esfinge de la bella figura. Se abocaría a una situación quevediana: el fugitivo nos libra del galán rufián (un día, cumplido el milagro, la Patria debería poder rizar el rizo y levantar una estatua a Puigdemont en la misma cárcel donde expíe su acreditada labor de golpista). Lo más onírico de todo es que semejante esfuerzo de auto-negación pública se ha hecho con tal destreza que las nuevas elecciones siguen siendo posibles incluso si completamos el empate aludido con el resultado final.
Abarcándola con un vistazo, antes de que volvamos a acariciar el voto con el bálsamo de la esperanza o bien se forme el nuevo gobierno, la escena política española semeja en lo esencial al planteamiento aristotélico. Su Politeia (o “República”) se propone crear las condiciones para el orden, la libertad y el bienestar de una sociedad ontológicamente escindida en tres clases: los ricos, los pobres y la clase media, aquella que se correlaciona por arriba y por abajo con las clases extremas constituyéndose en puente entre los antaño enemigos naturales, generando una suerte de consenso social sin el cual, Aristóteles dixit, toda sociedad, sin asomo de duda, incubaría en su seno el huevo de la serpiente que al cabo la destruirá.
¿Por qué? La sociedad dura cuando se la defiende y la defienden sólo sus ciudadanos… si se saben parte activa de la misma; y dada la división originaria de intereses, opiniones, valores, fines, etc., que por naturaleza escinden entre sí a las clases que los agrupan, éstas sólo se consideran parte de la sociedad cuando participan del poder, cuando su ejercicio les revela la existencia de bienes e ideales comunes yuxtapuestos a los propios (una ley que acaba revelando también la existencia de fisuras insondables donde antaño se diera por descontado un único interés grupal), cuando las decisiones colectivas son obra del nuevo sujeto político, que integra en su seno a quienes en el pasado eran sólo objeto, cuando, sin más distinción que la de libre o esclavo, todos los libres acceden al título de polites o ciudadano.
Esa sociedad que reconoce y preserva aún las clases pero sin condenar ya ninguna es la misma que, por la fuerza de los hechos, y aun reconociendo siempre que el aristós se contrapone al miembro del démos como el rico al pobre, acaba deshaciéndose sin más del prejuicio de que la areté o virtud sea don exclusivo de la aristocracia o la oligarquía; o por decirlo con otras palabras: da lugar a un sistema meritocrático en el que el mérito ha dejado de ser una propiedad hereditaria de la virtud o la riqueza. En suma, el pobre ha sido rescatado del olvido social y la pobreza ha dejado de ser un anatema individual. (Aristóteles, a decir verdad, irá incluso mucho más allá, al reconocer que hoí polloí, los muchos, tienen la capacidad de observar un objeto cualquiera desde múltiples ángulos, lo que escaparía a la más dotada inteligencia individual, y que el número vuelve más difícil de corromper la materia, ventajas que redundan en la toma de decisiones públicas. Y justo en esas facultades de ese recién creado superhombre basa la superior legitimidad del pueblo para gobernar y de la República como único régimen político justo, sobre todo si la asamblea integra a quienes pueden ilustrarla con sus luces o su ejemplo: los aristoí).
Ciertamente, una comunidad como la aludida dudosamente accedería al rango de modelo para quienes se empeñan en negar los valores de nuestra Transición y devolver al país a la supuesta Edad de Oro de su historia: nada menos que ese paraíso conocido como Segunda República, país de leche y miel donde la justicia florecía amablemente en el campo junto a las demás flores esparciendo su aroma por el alma republicana, al lado de los peñascos abertzales, el seny catalán-catalán y la inocencia socialista-podemita, y que no se sabe bien por qué dios no identificó directamente con la Canaán prometida a los judíos: ¡nadie es perfecto, con perdón! El consenso que caracterizara dicha Transición y el periodo que la siguió hasta la llegada al gobierno de esa nada con una gigantesca oquedad por cabeza y un corazón inflamado de odios hereditarios que fue Zapatero es un alimento tan difícilmente digerible para la gama completa de los totalitarios como la libertad lo era para Rousseau –de lo que su propia doctrina es un óptimo exponente.
El amago de Segunda República-bis vivido durante la legislatura recién terminada y que el resultado electoral amenaza con reabrir, con un gobierno cómplice de terroristas y golpistas, que juega a hacer crucigramas con el código penal, que finge restaurar tranquilidad social mientras descuartiza el país y sabotea la lengua común –el vínculo por antonomasia de una comunidad, al decir de Tocqueville–, que proyecta la imagen de la tiranía cada vez que se refleja en el Parlamento, que escinde artificialmente la sociedad para que los otros sean siempre los malos, que no concede cargos sin carné pero regala títulos sin oposición, que abisma a una sociedad que, como diría Tito Livio, “no soporta ni sus vicios ni su remedio” y agradece al autócrata en cuanto puede la ocasión de haberle permitido corromperse, que guarda un crimen por descubrir aún mayor que el recién descubierto y su tito berni para custodiarlo, etc., etc., etc. He ahí un digno vástago de aquella edad de oro, quizá porque guste del sabor de la sangre y piense que sólo será la ajena la que se derramará.
Empero, una pregunta quizá ilícita en estos tiempos es más necesaria que nunca desde que se aprobó la Constitución que hoy la banda pretende derribar: ¿quién y qué será hoy la clase media aristotélica –depurada, cierto, de sus gangas irracionales– en esta España nuestra si hemos de aspirar a conjugarla aún en futuro y no sólo en pasado? ¡Se busca país donde la política haga de política y pueda restañar con el ejercicio del poder las heridas por donde una sociedad interesadamente escindida desde el poder en dos mitades enemigas se desangra en las costuras de la ideología!