‘Me duele el corazón y una muy torpe somnolencia punza/ mis sentidos igual que si yo hubiera consumido cicuta/ o apurado un narcótico pesado hace sólo un minuto/ hasta la última gota, que me hundiera en las aguas del Leteo./ No es porque envidie tu feliz destino/ sino porque tu dicha me hace ser demasiado dichoso,/ pues tú, ligera dríada de los árboles,/ en algún melodioso recoveco/ de la pradera de hayas, de sombras incontables,/ le cantas al verano a plena voz, sin esfuerzo.’
Es la primera estrofa de la Oda al ruiseñor, en traducción de Lorenzo Oliván. De este poema suele ser más recordado el verso memorable que ha sido utilizado como título de novela y de canción, pero he recurrido a su principio para encontrar cierto refugio frente a las aflicciones benignas que mencionaba en el anterior artículo, las que corren el riesgo de creerse graves, lo suficiente para intimidarnos pese a lo vaporoso y huidizo de su estado, alterando el nuestro, dejándonos con tendencia a las evagaciones.
Tampoco es problema un carácter así. En algunos, y permito incluirme, no es posible otro modo de vida. Keats buscó mediante sus poemas la belleza del mundo de un modo angustiante. Esa tenacidad era lo que le acarreaba el gozoso sufrimiento, la melancolía, la sensación de lo inalcanzable pese a ser un anhelo que desea ser compensado de una manera u otra. A través de las cartas a Fanny Brawne, de las odas, de la inseparable ‘belleza y verdad’ que lograba describir y en la vida real le era mancillada por la cercanía de la muerte, final y desgraciadamente temprana en su caso.
‘Perderme, disolverme y olvidar totalmente/ todo lo que en las ramas tú nunca has conocido’, continúa versos más adelante. Pero, ¿uno qué ha conocido o qué le falta por ello? ¿Qué derecho tiene a esos pensamientos que nos llenan de pesares, tan alejados de la realidad? Cuando estas dudas se vuelven inasibles, el refugio lo han de procurar los amigos. Gracias a ellos podemos deshacer los hilos que nos apresan. Sus anécdotas y ocurrencias nos confieren un descanso a nuestros incordios.
Hará pocas semanas, cenando con Adrián en mi terraza, contaba que —en el momento en que esto fue narrado— nos hallábamos bajo la influencia de venus retrógrado, el cual tiene un efecto tan productivo como lo contrario, explicando el porqué acerca de la laxitud en el actuar de las gentes, de lo que hacen debido a dicho peso magnético y sensorial, de sus justificaciones logradas o peregrinas. Uno no cree en esas habladurías zodiacales, ni siquiera en la necesidad de algunos con su sentido performativo, por hacer la gracia, como he oído, porque acaban siendo supersticiones que desocupan a la razón. Pero que a él se lo hubieran contado como mera curiosidad, su relato, hacía que te colmase de gusto, sosegaba entre los platos vacíos, el humo de su cigarrillo subiendo y las plantas escuchando atentas después de un día caluroso y desesperante. Adrián tampoco es seguidor de esas bobadas, pero al querer compartirlo con uno, le acompañaba algo de su oficio, que es ser bailarín: el acople a la melodía del momento, evitando así la posibilidad del tropiezo y componiendo un espacio de lo posible.
El día anterior a escribir estas líneas, Daniel quiso hablar por teléfono. Es una costumbre como la de las cartas, en vías de extinción. No hablábamos ni sabíamos uno del otro desde hacía varias semanas. Duró la conversación largo rato, mientras él, en su zona de costa, se preparaba para bajar a la playa y uno, en su zona de interior, buscaba el claro propicio en la chopera en el que sentarse y seguir y seguir. Siempre acabamos la disertación del otro, o la iniciamos, con divertidos intermedios, vengan al caso o no. Durante esta llamada sucedió varias veces que, él, en el camino a la playa desde su casa, realizó un par de paradas para comprar algo de merienda. El hecho de estar sentado sobre una de las pocas rocas que van quedando de los muretes que dividían los prados, a la vez que Daniel entraba y salía de los establecimientos y pedía en valenciano y le respondían de igual modo (o no), mientras el sol iba cayendo delante de uno entre los árboles, con el brizar de las hojas dibujando sombras pasajeras sobre las manos, sobre la hierba todavía verde porque el verano en esta región es gratamente extraño, le invitaba a uno a ser más complaciente. Y Daniel, que bien me conoce, dijo que debería usar todas esas particularidades en las que me fijaba. Vaya este artículo cumpliendo y agradeciéndoselo a ambos.
El rumor de algunas amistades, como el que acontece cuando leo a Keats, debe tener su origen en la sorpresa y gratitud que nunca se agotan cuando se acude a ellas. Cuando más nos consuman los lamentos, cuando menos necesitemos saber, ahí estarán unas y otro. Y así no será tan doloroso morir, esparcidas sus presencias como las miríadas de hojas, ‘cuando sobre césped frío muere el verano’.