www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ho idiôtês ho Iván

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 18 de agosto de 2023, 20:00h

El que la gente se escandalice de que un político deje la primera línea de la política y se retire a su entorno más privado y familiar, es un síntoma inequívoco de que la sociología de los españoles tiene mucho más que ver con una sociedad oligárquica que democrática. Efectivamente, en una auténtica democracia, como la Ateniense o la República Romana, la libertad política se basaba, idealmente, en el principio de rotación, por el cual el mayor número posible de ciudadanos se involucraba en el funcionamiento de las instituciones democráticas mientras que ningún ciudadano podía adquirir un grado de profesionalismo que convirtiera a la democracia en una oligarquía. En las magistraturas, la rotación estaba asegurada por el sorteo de ciudadanos con cargos políticos, combinado con mandatos breves y la prohibición de la iteración en el cargo. Y aunque en la ekklêsía (o Asamblea soberana del pueblo ateniense) los rhêtores (oradores políticos) que se dirigían a la ekklêsía no había reglas formales que impusieran la rotación, sin embargo, incluso aquí, el ideal era la difusión de la actividad política y evitar el profesionalismo. Este ideal ateniense está magníficamente representado por Esquines en su discurso "Contra Ctesifonte": “Me recriminas que me presente a hablar ante la Ekklêsía, no de continuo, sino a intervalos, y crees que no se nota que traes esa exigencia, no de la democracia, sino de otro régimen. En efecto, en las oligarquías habla al pueblo, no el que quiere, sino el que tiene poder; en las democracias, por el contrario, el que quiere y cuando le parece. El hablar de tiempo en tiempo es característico de un hombre que se ocupa de política con arreglo a las circunstancias y al interés común, mientras que no dejar pasar un día sin hablar es propio de un hombre que actúa por oficio y por salario” (Esquines 3.220).

En otras fuentes encontramos declaraciones similares de ciudadanos dirigiéndose al Consejo de los Quinientos ( Parlamento), a los nomothêtai (miembros del Tribunal Constitucional) o a los dikastas ( miembros de los tribunales populares). Así, el ciudadano democrático ideal era el aficionado políticamente activo, el amateur, y con frecuencia se aplica el término idiotês, no al ciudadano pasivo que nunca asistía a reuniones políticas, sino al ciudadano activo ordinario que ocasionalmente actuaba como ho boulómenos – el que deliberaba en la Boulê o Parlamento – y el que se dirigía a las asambleas decisorias (Esquines 3.214). En los discursos simbouléuticos ( en la Boulê ) y forenses conservados, el término rhêtor se usa de manera diferente sobre un ciudadano que frecuentemente y casi profesionalmente se dirige a la asamblea popular o al tribunal popular. Aquí el término rhêtor se opone al término idiotês y denota al líder político frente al ciudadano corriente políticamente activo. Así que debemos distinguir entre rhêtor en el sentido legal y político del término. En leyes y decretos, rhêtor denota a cualquier ciudadano que presente una propuesta o se dirija a una reunión política. Pero en los discursos conservados, rhêtor se usa casi invariablemente para referirse al orador hábil o proponente en contraste con idiotês, id est, el ciudadano común que ocasionalmente pronuncia un discurso o presenta una propuesta. Pues bien, la entraña de la Democracia auténtica jamás será el político profesional (que no existió ni en la Democracia Ateniense ni en la República Romana), sino el “idiôtês”, esto es, el particular que ocasionalmente se dirige al pueblo y promueve leyes o acciones políticas, el ciudadanos políticamente activo, pero que no deja su vida privada ni su profesión con que ganarse la vida. Hace años, cuando María Dolores de Cospedal presidía la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ( después de ella aquí el partido se ha degradado mucho intelectualmente ), la Presidenta quería desprofesionalizar la política, y con ello democratizarla y desoligarquizarla de aquellos que una vez subidos al coche oficial ya no se vuelven a bajar hasta la jubilación. Mª Dolores de Cospedal, al desvincular el sueldo del ejercicio de la política a todos los diputados de las Cortes de Castilla-La Mancha, estuvo haciendo algo absolutamente revolucionario, que fue abrir el ejercicio de la política a todos los ciudadanos, independientemente de cuáles fueran sus profesiones “verdaderas” ( de salchicheros a críticos de Arte ). Y es de sentido común que en un régimen clisténico, sensu stricto, los emolumentos de los que hacen política sólo pueden entregarse en forma de dietas, como los ciudadanos que forman una mesa electoral o un jurado. Y digo algo revolucionario, porque sería sencillamente instaurar la Democracia, y liberar a la cosa pública de tantos amos chulos que la tienen secuestrada. Pero desgraciadamente Cospedal perdió las elecciones y a su sucesor no se le ocurriría jamás no repartir el botín de lo público entre sus mamporreros y sostenedores. Pero en sentido puramente técnico, en una Democracia no pueden existir políticos profesionales; sería un contrasentido. Ni la Democracia Griega ni la República Romana tuvieron políticos profesionales. Un político sin profesión al margen de la política demuestra sólo que la sociedad civil ya hace tiempo que lo considera un fardo inútil, que no lo desea incorporar a ninguna de sus actividades económicas. La Democracia auténtica sólo conoce políticos amateurs.

Incluso la Revolución Americana, que instaló la primera Democracia moderna, nunca profesionalizó la política, y los padres fundadores, como Hamilton, Adams, Madison, Jackson, Franklin o Jefferson no vivieron de la política, sino del libre comercio y el ejercicio de la abogacía. Por todo ello, nos parece todo un gesto de democracia – inédito en España – que alguien de la categoría política de Iván Espinosa de los Monteros deje la política y vuelva a sus ocupaciones privadas. La política no es una profesión en una Democracia, y si lo es, será sólo porque es una Democracia sólo de nombre, aunque de facto sea una oligarquía, como nos recuerda Esquines hablando desde la Pnix, y desde allí oteando esa ciudad de dioses (los idiôtai de la Democracia) que es la Acrópolis de Atenas.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (22)    No(0)

+
3 comentarios