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TRIBUNA

Trabajo, inopia y progreso

martes 29 de agosto de 2023, 19:33h

Contra la vieja dogmática marxista fueron historiadores de esa misma orientación los que en los años sesenta y setenta del siglo XX descubrieron que el movimiento de los trabajadores a lo largo del siglo XIX había estado dominado por artesanos y obreros de oficio, gentes hábiles en el desempeño de un trabajo complejo, dotados de la inteligencia y capacidad que otorgaba el lento aprendizaje de su labor. Entre estos historiadores de primera importancia destacan figuras como las de E. Palmer Thompson o William H. Sewell Jr. pero constituyen una amplia escuela. En buena medida aquel hallazgo y las conclusiones que se derivan del mismo fueron silenciadas. ¿A qué se debe ese silencio?

Maestros de oficio y artesanos – sopladores de vidrio, sederos, armeros, laminadores, calafateros… – y no la abstracta fuerza de trabajo de una clase obrera descualificada pugnaron por un objetivo específico: mantener la dignidad y honestidad de su oficio. Este sencillo hallazgo no se aviene, por supuesto, con el progresismo tecno-económico del nuevo liberalismo, pero tampoco con el marxismo ortodoxo que ejerció – con conciencia o sin ella – de mero recurso ideológico de las fuerzas del progreso capitalista, enteramente al servicio de una homogenización de la población trabajadora. En lugar de homogeneización hablaban de proletarización, es decir, reducción al salario y expropiación de las fuerzas productivas de una gran cantidad de pequeños artesanos y maestros de artes y oficios. El marxismo dogmático situó entre las fuerzas de la pequeña burguesía a esos trabajadores cualificados, tomando la bandera de unos obreros industriales – auténticos proletarios – cuyo trabajo había perdido las características de habilidad y pericia, de capacidad y dominio propia de los artesanos y obreros de oficio. El proletariado: una población industrial carente de toda propiedad y sometida a una homogeneización perfecta, resultado de la venta de su trabajo – crecientemente inhábil – a cambio de un salario. Es esa salarización el nervio mismo de la proletarización y es el proletariado la clase sobre la que reposa la escatología marxista. ¿Qué ha sido de aquella población amplísima que – herencia de formas preindustriales de trabajo – lideró la primera respuesta al capitalismo y al comunismo productivista?

Aquellos artesanos lucharon por preservar su oficio, empezando por tratar de limitar la división infinitesimal del trabajo y la consiguiente maquinización exhaustiva del proceso productivo. Esa fragmentación es condición de la salarización perfecta que resulta de la completa descalificación del trabajo hábil. Se entiende que fueran vistos por el marxismo como retrógrados y trabas para un progreso que, a través del capitalismo, llevaría al paraíso socialista.

Estos obreros competentes y hábiles no se adhirieron con facilidad a la ideología de la lucha de clases y fueron vistos como microburgueses y enemigos de clase por los promotores de la proletarización/salarización universal que conduce a una felicidad sin propiedad, esa misma que hoy nos promete la agenda 2030 (“no tendréis nada y seréis felices”). Los empleadores de estos trabajadores, maestros de las artes y oficios del viejo mundo, no eran percibidos como enemigos de clase sino como compañeros de trabajo frente a los auténticos enemigos del oficio: banqueros, especuladores, monopolistas e intermediarios. Esos empleadores, sin embargo, dejaron de ser compañeros de trabajo en el momento en que la monopolización industrial hizo que la propiedad del negocio recayera sobre individuos sin conocimiento alguno del oficio, extraños a los viejos contramaestres peritos en la materia.

El primer movimiento defensivo contra la industrialización consistió en negar la distinción trabajo–capital y no aceptar el estatuto de trabajadores asalariados–proletarizados. Durante mucho tiempo, sin embargo, se pudo tratar de mantener una relativa independencia mediante la negociación que – sobre la base de la necesidad industrial de un trabajo hábil – aceptó la venta del trabajo. Pronto la industria pudo permitirse un trabajo inope, descalificado e inhábil y el obrero de oficio perdería su baza en la negociación. El marxismo contribuyó a forzar ese paso de la independencia a la dependencia (primero negociada, luego incondicional) en la medida en que consideró un hecho irreversible las nuevas condiciones capitalistas. Justamente en esa aceptación de las nuevas condiciones hacían residir su realismo científico, frente al carácter utópico o ilusorio de los socialismos no marxistas. Por su parte, los artesanos y obreros capaces no podían renunciar a la posibilidad de convertirse en propietarios de sus propios medios de producción, es decir, en sus propios maestros o empleadores. Este logro no necesariamente debía alcanzarse por vía individual, sino que podía lograrse a través de la adquisición cooperativa de las fuerzas de producción. La cooperación aparecía como alternativa al esclavismo salarial que exigían los defensores – liberales y marxistas – del progreso.

La completa identificación que hoy asumimos de democracia y progreso nos impide comprender que los movimientos democráticos del siglo XIX se constituyeron en oposición frontal al progreso. Los nuevos capitalistas eran y son progresistas, los trabajadores se desvivían por preservar un viejo modo de vida que se veía amenazado. Así era entonces y la lucha sigue siendo hoy en buena parte análoga – aunque en condiciones trágicas – y deberíamos empezar a comprender el carácter profundamente antidemocrático de todo progresismo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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