www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Galería de las Colecciones Reales: la nueva cornisa de Madrid

Javier Mateo Hidalgo
jueves 31 de agosto de 2023, 19:15h

Cuentan que Madrid se originó en una cornisa. El emir Muhammad I fundaría aquella ciudad amurallada denominada como Mayrit allá por la segunda mitad del siglo noveno. Aprovechando un promontorio natural y escarpado desde el que avistar fácilmente a posibles enemigos, erigió el primer edificio: su fortaleza o alcázar (del árabe, “al-qcar”), de naturaleza militar o defensiva. A partir de ésta se levantó una muralla, cuyos restos, en parte, se conservan actualmente. Un enclave estratégico —y, por ello, simbólico— que, tras la conquista del Madrid islámico por Alfonso VI (1083), se transformó en el Real Alcázar. Tras sucumbir al pasto de las llamas en 1734, sobre su solar se levantó el actual Palacio Real. Concluido treinta años después, el imponente edificio de estilo barroco y neoclásico dominó el paisaje madrileño en solitario durante más de cien años, precedido por el Campo del Moro, el río Manzanares y la Casa de Campo. Entre finales del siglo XIX y del s. XX, fue levantándose la actual Catedral de la Almudena —no sin pocos obstáculos—y, entre medias, los rascacielos de Plaza de España —el edificio Torre España primero, entre 1948 y 1953, y la Torre de Madrid después, entre 1957 y 1960—. Finalmente, el skyline del primer Madrid quedó completado este verano con la inauguración de la anhelada Galería de las Colecciones Reales.

El edificio, de gran modernidad, fue diseñado por los arquitectos Emilio Tuñón Álvarez y Luis Moreno Mansilla a través del estudio de arquitectura común Mansilla + Tuñón Arquitectos. Un proyecto que ganaron en 2002 y cuyo diseño comenzó a tomar forma física en 2006. Ahora, tras casi 17 años de proceso constructivo, podemos contemplar el resultado —si bien tristemente Moreno Mansilla no llegó a asistir a su finalización, habiendo fallecido en 2012—. Podría decirse que la nueva construcción funciona como zócalo o basamento de los edificios mencionados, tratando de pasar desapercibido para no quitarles protagonismo y, a la vez, adaptándose a la orografía del terreno. Un bloque cúbico y abstracto de granito, cuya entrada apenas se hace visible desde la Plaza de la Armería —que separa la Almudena del Palacio Real y que en otro tiempo albergó las Reales Caballerizas (cuyo polémico derribo se llevó a cabo durante la II República, entre 1931 y 1934, momento en el que también se disolvió el Patrimonio de la Corona)— y cuya salida lleva hasta hasta las faldas de la elevación, dando a los jardines del Campo del Moro. En términos arquitectónicos y urbanísticos, según el propio Tuñón, “es la terminación de la cornisa de Madrid siguiendo la extensión natural del Palacio Real hacia el sur, según las trazas de Sachetti” —discípulo de Juvara, que inició las obras del edificio palaciego—. El arquitecto recomienda ir al Parque del Retiro o a Madrid Río “para entender esa pieza que completa esa cornisa y que construye un espacio urbano”. Para Luis Pérez Prada, Director de Inmuebles en Patrimonio Nacional, el edificio se convierte en un “ritmo contínuo”, una continuidad, un “muro habitado”.

Se culmina así un proyecto que, de algún modo, es consecuencia de aquella iniciativa del Patrimonio de la Corona de ir abriendo, desde el s. XIX, diversos museos donde exhibir públicamente los objetos atesorados por los monarcas españoles. Tras las primeras semanas de apertura —en las que poder adquirir entradas para era poco menos que una entelequia—, por fin puede decirse que la Galería de las Colecciones Reales se encuentra abierta a todo visitante. El tiempo tampoco ha acompañado, desde luego —las constantes olas de calor que han asolado la península, cebándose especialmente en Madrid—, aunque sobre los fenómenos naturales se haya impuesto el afán de las masas —turísticas o autóctonas— por colapsar uno de los centros culturales de la capital española más esperados. Un fenómeno con su doble cara: por un lado, el interés hacia la cultura y la estética por parte de la sociedad —con lo que conlleva de ingresos económicos para el Estado y para la validez de la cultura como valor de futuro— y, por otro, las agobiantes aglomeraciones —el público a veces parece acudir como ganado ovino a lo que se le marca desde las instituciones, tengan o no interés, conozcan o no el contenido de lo ofertado—.

Para el visitante, el espacio sorprende tanto desde dentro como desde fuera. Sobre todo, al caminar por su amplitud, descendiendo sus diferentes pisos a través de su rampa. Una promenade —casi un “pasillo” y, con ello, un “paseo”— y que, si se observa a través del “ojo” de la rampa, permite descubrir la gran altura que tiene el edificio. De todas sus salas, destaca la dedicada a los Austrias, de colosales dimensiones y que constituye el espacio más importante del museo. Entre los muros de las Colecciones Reales —mezcla de sobriedad y modernidad— se esconden piezas verdaderamente únicas —una pequeña parte, no lo olvidemos, del fondo de Patrimonio Nacional—: un gran despliegue de tapices, armaduras, libros, cuadros, fotografías, maquetas, carruajes o esculturas nos esperan. Todas ellas, conformadoras de un tiempo que va desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la última monarquía de la primera mitad de la centuria pasada. Entre los magníficos hallazgos —algunos largamente restaurados—, destacar obras como el lienzo de Salomé con la cabeza de Juan el Bautista realizado por Michelangelo Merisi da Caravaggio en 1609, pasando por la escultura de más de dos metros El Arcángel San Miguel venciendo al demonio realizada por Luisa Roldán en 1609 —La Roldana, una de las creadoras españolas que gozó de nombre en su tiempo, trabajando como escultora de cámara de Carlos II y Felipe V—, las colosales columnas salomónicas de Francisco de Herrera el Mozo y Juan de Churriguera (1674-1678) o los curiosos trabajos como el lienzo de Diego de Velázquez Caballo blanco (1634-1638) —cuyo animal es idéntico al también pintado por el sevillano y que cabalga el Conde Duque de Olivares, aunque en este caso quedó sin jinete, incompleto— o la miniatura de Carlos IV de espaldas Juan Bauzil (1818) —en la que el monarca sigue siendo perfectamente reconocible aún sin mostrar el rostro— (trabajos como éste hicieron que la mujer del rey, Maria Luisa de Parma, otorgase al artista el apelativo de “el pintor loco”).

Para quien no ha tenido el privilegio de pasar sus vacaciones veraniegas fuera de Madrid, la Galería de las Colecciones Reales se presenta como un plan muy recomendable. Además de por su oferta cultural, ofrece la posibilidad de recorrer ese Madrid paisajístico e histórico que va, desde los citados edificios situados en Plaza de España —actualmente, gracias a la peatonalización que conecta los jardines de este emplazamiento con la Plaza de Oriente, supone un agradable paseo—hasta el propio Palacio y Catedral, llegando a los jardines que descansan a sus pies, desembocando en la majestuosa Puerta de San Vicente —junto a la histórica estación de Príncipe Pío— y cruzando el Río madrileño para acabar en la Casa de Campo —allí donde descansaba históricamente la italiana Fuente del Águila otra de las joyas de la Galería—. Desempolven el flâneur o paseante que llevan dentro y déjenlo disfrutar de estas excelencias.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+
1 comentarios