En viajes por países europeos, he observado, con envidia, el respeto por sus hombres célebres, incluso por algunos más bien canallas. En Inglaterra, sobre todo, encontramos placas conmemorativas hasta de los hechos más nimios protagonizados por personajes del pasado. “En esta casa vivió el científico X”. “En esta posada pasó una noche el general Y”, “En este pub tomaba pintas el escritor o el músico Z, etc…
Sin embargo, en España se les ignora y cuando encontramos la casa donde se dice que vivió un hombre ilustre es porque, avergonzados, la hemos hecho nueva en el lugar de las ruinas de la original. Y qué decir de la conservación de los restos, de algunos bien ilustres, que estamos buscando inútilmente porque, cuando murieron, se les arrojó a la fosa común.
Salvo excepciones, se les ignora en vida o se les menosprecia y cuando algunos estudiosos se acercan a su trabajo, para hacerles objeto de sus análisis, pretenden que estos parasiten el protagonismo de la obra analizada. Que el espejo sea tan valorado como la imagen.
Debe ser un defecto de fábrica. Fijaos lo que decía José Ribera (Lo Spagnoletto): “Mi gran deseo es volver a España, pero hombres sabios me han dicho que allí se pierde el respeto a los artistas cuando están presentes, pues España es madre amantísima para los forasteros y madrastra cruel para sus hijos”
Y es un constante clamor acusar a los otros países de menospreciar el nuestro cuando somos nosotros los que no sabemos poner en valor a nuestros ilustres. Si amigos, nos quejamos, continua y lastimeramente de la Leyenda Negra y somos incapaces de parir nuestra Leyenda Blanca, a pesar de que nos sobran mimbres para construir ese cesto.
Desgraciadamente, España ha tenido abundancia de intelectuales muy certeros a la hora de buscar las muchas pupas que arrascar y muy ciegos a la hora de valorar los muchos méritos.
Las últimas hornadas de los del ¡Qué país! han logrado hacer pesimista a un pueblo que acaba de realizar un milagro económico comparable, sino superior, a los de China, Japón y Corea del Sur creciendo, como ellos, al siete por ciento anual.
Salimos de la miseria absoluta de la Guerra Civil y llegamos a ser la octava potencia del mundo en el año setenta y cinco y hoy, a pesar de los muchos países que nos superan en población y recursos naturales, somos la decimosexta.
Pusimos en pie un liberalismo económico que sacó de la nada emprendedores que crearon empresas de ámbito mundial. Y políticamente, hemos evolucionado, pacíficamente, de una férrea dictadura a una democracia que está en el grupo pionero en el mundo.
Esos ciegos, cuando no mal intencionados “intelectuales”, podían dedicarse a descubrir y poner en valor a personalidades olvidadas y a respetar a este pueblo laborioso y digno de admiración, a pesar de los quijotes que nos gobiernan siempre. A este pueblo al que menosprecian y acusan de frívolo por su afán de compaginar trabajo y ocio. Ocio en el que es tan creativo e ingenioso.
Y en cuanto a nuestras glorias, podían dejar de manosear las “hazañas” de aquella España, regida por dos dinastías extranjeras de perturbados y rijosos, a la
que arruinaron en la disputa de puñaditos de tierra europea y reconocerla en la otra España, la del pueblo que, en absoluta libertad, conquistó, colonizó y mestizó un auténtico imperio .
Y que nos hablasen, de una vez, de los héroes de aquellas generaciones que lo protagonizaron y de las que solo conocemos los nombres de los primeros conquistadores con los que nos machacan, desde la escuela.
Y ya puestos, que abandonasen el papanatismo por todo lo que viene de fuera y se esforzaran en justipreciar lo que España ha sabido y sabe lograr, que es inmenso.
Amigos… no es que tengamos intelectuales que no nos merecemos, como ellos creen. Ellos no nos merecen a nosotros.