www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

50 AÑOS SIN NERUDA

sábado 23 de septiembre de 2023, 18:00h
Allí donde nace la lluvia, entre aguas marinas y sal, vive Pablo Neruda. A veces...

El 26 de septiembre de 1964 publiqué en el diario ABC una “tercera” -Neruda como es- que reproduzco íntegra, sin modificar una coma, a continuación, cuando se cumplen los 50 años de la muerte del poeta. Los alfiles del dictador Franco en los medios de comunicación me atacaron sin piedad.

“Allí donde nace la lluvia, entre aguas marinas y sal, vive Pablo Neruda. A veces los comunistas le sacan en procesión y le exhiben en un acto multitudinario. El poeta, convertido entonces en dios viviente, en Dalai Lama inmutable, lee una oda escuchada con recogimiento de oración religiosa. Luego los adolescentes rojos devuelven el ídolo a su santuario de Isla Negra. Allí le he visitado yo una tarde lenta de domingo.

Lo escribí una vez: ya sé que es comunista, que cantó con versos de bronce a Stalingrado. Pero siendo discrepancia de sus ideas políticas y la mía completa, no puede extenderse a toda su creación poética. En los versos más bellos de Pablo Neruda -los del Canto general- se deslizan, contra los conquistadores españoles, juicios implacables e injustos que me producen una perpetua irritación. Así es que cuando entro en casa de Neruda voy decidido a levantarme airado y marcharme a la primera impertinencia que escuche con relación a España.

-España -dice el poeta; y éstas son sus primeras palabras- es un país lleno de fuerza, de empuje, de vida. Una de las pocas naciones de Occidente que todavía tiene que decir algo al mundo.

Le miro al fondo de los ojos. Sólo veo sinceridad y nostalgia.

-Entre los años más felices de mi vida están los que pasé en España. Viví en Madrid en una casa de Argüelles, frente a la que tuvo Pérez Galdós. ¿Sigue allí todavía? ¿Y a Galdós? ¿Leen los jóvenes a Galdós?

Le contesto algo, pero no le importa la respuesta.

-Es un escritor fértil y abrumador. Y profundo.

Se levanta y añade sin mirarme:

-Desearía volver a España. Desearía sentir a España. Pasear por las viejas calles conocidas, descubrir otra vez rincones olvidados.

Ahora empieza Neruda a escuchar lo que digo. Se estira la conversación hacia la cultura europea. No estamos solos. Con nosotros, junto al fuego, un poeta brasileño: Thiago de Mello. Se envuelve en un poncho indio. Hay algo de sincera elementalidad en su mirada que me despierta viva simpatía. Su mujer se sienta a su lado. Nos acompaña también Iverma Codina, autora de una novela célebre: Detrás del grito; la argentina Alicia Eguren, pantalones grises, muy bella, que hace versos y se dedica a la política a favor de Perón; y Margarita Aguirre, que debe de escribir también. Suena la voz de Pablo Neruda. El poeta dijo, en un dramático poema, que Lorca tenía la voz de naranjo enlutado. La de Neruda es voz de flor silvestre, de apretada arcilla, rumores de mil olas dispersas. Al recitar produce un raspón de carne viva, como si se arrancasen raíces de tierra seca. Alicia Eguren se ha puesto en pie y se acerca a las llamas que la empapan de sombras y cobre gastado.


Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,

el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,

hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos

y tu boca que tiene la sonrisa del agua.


Azota el mar los ventanales sobre la roqueda gris y verde. Se escucha el prolongado silbo del viento. La sala en la que estamos tiene algo de musgo del mar. Media docena de grandes mascarones de proa cuelgan de las paredes. Todo es de madera y de cal. Madera cobriza con brillos de metal. Libros viejos en estanterías bajas, en estanterías altas al término de una escalera estrecha. Una larga mesa de madera. Sillones grandes, tapizados de piel de llama blanca y leonada. Una chimenea bellísima de piedras redondas sin desbastar, amontonadas en desorden. Timones, conchas, caracoles, cuerdas, barcos de madera y de sueños, faroles, mil cosas marinas diversas, un enorme ángel casi en el techo que parece, con su larga trompeta, anunciar el Juicio Final. Toda la estancia es de completa originalidad y reina el buen gusto hasta en los más mínimos detalles. Nada hay vulgar. Tiene la sala un aire de íntima cueva primitiva; sabor salino a barco de vela; un clima denso un poco dramático, como de escenografía teatral, como si esta misma tarde tuviera que pasar aquí algo. Apaga las luces Pablo Neruda y enciende dos bellos faroles marinos. Alicia Eguren se estira en silencio quemada por el fuego del hogar.


Tú juegas con el sol como con un estero

y él te deja en los ojos dos oscuros remanso.


Se pasea Neruda de un lado a otro mientras suena su voz lenta y triste. Yo escribí una vez que vive como un burgués adinerado y fui injusto. Vive como un poeta. Su casa es la de un poeta, y sus muebles y sus objetos queridos y el pedazo de océano Pacífico que se mete hasta la entraña de su hogar. Neruda es grueso, que no gordo. Tiene la mirada limpia. Viste pantalones claros, jersey azul marino cerrado hasta el cuello, chaqueta gris a cuadros, con las bocamangas, los bolsillos y los codos reforzados con cuero. A ratos me recuerda el poeta a un veterano lobo marino anclado en la orilla, con anhelos de alta mar. Anda con un ligero balanceo. Un ramalazo de altiva sangre india le da a su cara dignidad y distancia. Lejanas tribus orientales cruzaron algún día la Kamchatka sobre los hielos de Bering y llegaron hasta la Tierra de Fuego, hasta esa Araucania, “ramo de robles torrenciales. Patria despiadada, amada oscura”. Cuando calla, me parece Neruda un buda inmóvil y pensativo. Sus padres de roca, sus padres araucanos, con milenios orientales estrujados en su altivez inmóvil eran “piedra y árbol, raíces de los breñales sacudidos, hojas con forma de lanzas, cabezas de metal guerrero”. Alicia Eguren se separa en esto de las brasas, muy lentamente.


Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca

todo de ti me aleja, como del mediodía.

Mi corazón sombrío te busca, “sin embargo”,

y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada…


Llega Matilde, la mujer de Pablo Neruda, dulce y rubia, la que tiene el cuerpo de avena tostada. Nos sirve chicha de manzana. Pablo la abraza. “Crecen en mi corazón tus raíces de trigo”. Ella sonríe. “¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe, cuando me siento triste y te siento lejana?”

Pasa la tarde lenta para la sosegada conversación, para el amor callado, para el pensamiento profundo. Hablamos de Unamuno, de Lorca, de Bergamín, de Ortega. Casi nunca hace Neruda un juicio razonado, reflexivo. Pero cala honde a golpes de intuición. Esa es su principal característica intelectual. Con dos palabras define a Rosales. Se refiere a Panero sin rencor. Y eso me sorprende. Elogia a Gómez de la Serna y a César Vallejo. Le sale a Neruda un punto de vanidad casi infantil al hablar. Analiza luego agudamente a Rilke, a Joyce, a Camus, a Baudelaire, a Azorín. Me pregunta por Manuel Alcántara. Le hablo de Pérez de Ayala, de Pemán, de Ridruejo, de Miguel Hernández. Se interesa él por la poesía joven española.

-Es una lástima que los escritores españoles tengan puestos sus ojos en Francia y sólo les importe que allí se hable de ellos. La España intelectual debe volver los ojos hacia América, hacia el mundo de su lengua y su grandeza.

Al salir de casa de Neruda es noche cerrada. Baten las olas del mar y aúllan los perros. A un lado ondea una bandera. Sólo se arría cuando el poeta se ausenta de Isla Negra. Sobre el cielo oscuro del invierno austral las estrellas dibujan la Cruz del Sur. Se me pierden los ojos en ella. Ha valido la pena el encuentro humano con Pablo Neruda. Él y San Juan de la Cruz son, tal vez, las dos cumbres de la poesía en lengua castellana. En mi barca, tan cargada ya de amor y de fervores, ocupa lugar preferido un puñado de poemas de Pablo Neruda. Y se vienen conmigo mar adentro, siempre mar adentro, en mi búsqueda eterna y solitaria de luz y de belleza, de viento”.

Así terminaba yo, en fin, mi artículo sobre Neruda, hace casi sesenta años.