El ambiente de crispación política alentado por Pedro Sánchez ha desembocado en violencia. En la sesión de investidura, el presidente en funciones, abatido y acobardado por el varapalo que le endilgó Núñez Feijóo, lanzó a su peón más agresivo y macarra a la tribuna de oradores para replicar al líder del PP. Fue una intervención desquiciada basada en la violencia verbal, en los malos modos, en la chulería impropia de un parlamentario. Y por eso, fue elegido por el líder del PSOE. Un delirante espectáculo que avergonzó a todos, incluidos sus compañeros de escaño.
Ahora, otro hombre de confianza y amigo personal de Sánchez, Daniel Viondi, conocido por amenazar a un diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid con “arrancarle la cabeza”, ha dado tres cachetes en la cara al alcalde de Madrid en tono amenazante durante el Pleno municipal. Un inaudito amago de violencia física de un político. Un síntoma de la deriva del Partido Socialista de Pedro Sánchez, desquiciado por el varapalo sufrido durante la sesión de investidura.
Hay que imaginar, que el día que el PP gobierne, quizás antes de lo que muchos creen, la violencia de algunos miembros del PSOE se extenderá a toda la izquierda que emprenderá una guerra de guerrillas para desestabilizar al Ejecutivo. En Cataluña, por ejemplo, los secesionistas perderán sus prebendas políticas y económicas. ¿Qué harán los colegios copados por militantes separatistas si el PP se empeña en que cumplan con el 25 por ciento de clases en castellano? En principio, desobedecer. Y estallará una revuelta de los radicales subvencionados por la Generalidad si el nuevo gobierno toma las pertinentes medidas judiciales para que la enseñanza se ajuste a la Constitución. Lo mismo ocurrirá en el País Vasco o en Baleares por poner otros dos ejemplos. El Gobierno y sus siniestros socios han sembrado de cizaña la política y las instituciones. Y al posible Gobierno del PP le costará mucho limpiarlos.
En efecto, a Feijóo le espera un largo y tortuoso camino para llegar a La Moncloa. Pero si lo logra, tendrá que enfrentarse a un Ejército de comunistas, separatistas y proetarras, acostumbrados a vivir del cuento presupuestario y a hacer y deshacer a su antojo; a menudo, en contra del sentido común y de la propia Constitución. Porque Sánchez deja una sociedad extremadamente polarizada y dispuesta a desatar la violencia en las calles si es preciso. Y, de nuevo, Cataluña es el mejor ejemplo.
Tampoco hay que olvidar a los sindicatos que durante la entera legislatura no han salido a la calle, a pesar del deterioro económico de los llamados más vulnerables. UGT y CCOO emprenderían manifestaciones a diario para deteriorar al Gobierno del PP. Unas manifestaciones que, en muchos casos, podrían derivar en violencia. La extrema izquierda que acompaña a Sánchez no tolera la mera existencia de la derecha. Y se siente justificada para amenazar y agredir a sus oponentes en nombre de la democracia y la progresía. No lo hará, pero Pedro Sánchez debe atajar estos comportamientos en lugar de alentarlos. Hay que esperar todavía unas semanas para saber si, al final, logra formar Gobierno con los separatistas, comunistas y proetarras. Porque, si se produce una repetición electoral, es probable que la violencia actual se multiplique durante la campaña ante el riesgo de una victoria del PP.