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TRIBUNA

Idiotas del mundo, uníos

lunes 02 de octubre de 2023, 21:51h

En derecho cabe todo, habría afirmado un alto dirigente de la coalición que gobierna nuestro país. Es una afirmación que señala la muerte del derecho, algo que está lejos de resultar nuevo. El derecho hace tiempo que desapareció sustituido por la mera vigencia de la ley. En el umbral del mundo moderno Thomas Hobbes podía afirmar: no hay ley que pueda ser injusta. No debiera sorprendernos que, en mitad del erial ultramoderno de nuestros días, se reitere ese principio fundacional. La ley no tiene otro fundamento que su mera vigencia, un término ligado – es evidente – al vigor o a la fuerza. Si una ley tiene detrás la fuerza para hacerse cumplir sería, por ello mismo, una ley justa o, al contrario: ninguna ley, que carezca de la fuerza de imponer su cumplimiento, puede ser justa. Apliquemos el principio a nuestra ley fundamental, a esa constitución española del 78, y pensemos en la fuerza ejecutora capaz de hacerla cumplir.

No se trata ya la de la defensa de la arquitectura institucional del Estado, es que el porcentaje de los dispuestos a defender España de un ataque exterior ronda un exiguo 40%, según las encuestas. Podrían buscarse otros índices del grado de desnacionalización de este país, pero éste es bastante significativo. En los últimos decenios se han multiplicado esos signos de desnacionalización, especialmente en aquellas partes que – en una articulación destructiva con el cosmopolitismo global – exigen la división de la nación en sub-naciones fragmentarias, que se piensan en los términos sustancialistas y metafísicos de visionarios como Bosch Gimpera y tantos otros.

La situación de España y sus fragmentos supremacistas y soberbios es especialmente dolorosa en el contexto de una dinámica de disolución social generalizada. Hace más de un siglo que se anuncia la llegada de la barbarie vertical, esa forma de barbarie íntima que es efecto de la educación en el individualismo egolátrico y masivo, tan funcional y necesario para el buen funcionamiento de un mercado que necesita la creación de un estado de insatisfacción generalizado. Conocemos hoy muchedumbres de jóvenes crecidos en el desierto vacío de toda estructura antropológica, sometidos al incesante bombardeo de un mercado que alienta su inclinación a la competencia mimética o al consumo conspicuo en mitad de la crisis económica, multitudes erráticas que, como plagas de langostas, pueden caer sobre cualquier zona comercial y vaciarla de esos presuntos bienes que son los aparatos telemáticos: smartphones, consolas, pantallas adheridas a la superficie de las viejas cosas para convertirlas en Smart Things, dueñas de una inteligencia artificial que ajusta nuestra condición humana al orden tecnológico del mundo racional y geométrico.

En los últimos días ha sido en Filadelfia, pero se extienden sobre cualquier punto nubes de jóvenes cuya violencia se orienta al pillaje o la rapiña más inmediata. Las estructuras del Estado se manifiestan impotentes ante esa acción masiva e indeterminada: nebulosa. Su impotencia convierte en injusta la legalidad del Estado y debiera recordarnos que, desde hace años, algunos grupos disidentes señalan como delitos de opinión el robo, la violación o el asesinato.

Nos encontramos, sencillamente, en una inflexión definitiva del proceso de demolición de las formas tradicionales de convivencia humana, con la consiguiente elevación a la categoría de principio indiscutible de la idea según la cual toda estructura normativa es un producto histórico arbitrario, una forma de dominación ejercida sobre una u otra categoría de la población. En este contexto toda acción normativa de unos puede herir a otros que, convertidos en víctimas agresivas y violentas apelan a la justicia de su fuerza, revolviéndose contra la norma alternativa a la propia en un conflicto que sólo puede resolver, temporalmente, una efímera victoria.

Es curioso cómo esta situación fue ya anticipada por los más terribles visionarios de nuestro tiempo: "Si el pueblo alemán sucumbe en esta lucha, será que ha sido demasiado débil – escribió A. Hitler - En ese caso, no habrá superado su prueba ante la Historia y únicamente estará destinado al hundimiento"

En este tiempo brutal de la fuerza desnuda, el Sr. Trump amenaza a los saqueadores con legalizar (¿en nombre de qué fuerzas?) la defensa privada. Habría que ver de qué lado cae la victoria, único criterio ante la Historia. En la actual situación de guerra social generalizada, sin embargo, la ausencia de lados y, por tanto, la irrelevancia de toda victoria parece más bien conducir a un universal hundimiento humano.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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