Descreo de los movimientos literarios como también de los géneros. Al fin y al cabo, y por encima de cualquier clasificación, el arte es uno solo y una sola la personalidad de cada artista que lo ejecuta; también la poesía que es acaso el modo más complejo de las artes no se presta a medias tintas. En el caso de sus cultores, se ve a simple vista, después de leer unos versos, si se es o no se es poeta. Soy también, sin embargo, un devoto de las misceláneas y, por consiguiente, de Proust y del doctor Johnson; también a Bioy y Koremblit les encantaba este género. A Borges no, a pesar de que el Borges oral es pura miscelánea.
Otro devoto del género era mi amigo chileno Alfonso Calderón, que creía que un escritor con solo trabajar en esa dirección podía estar representado y superar cualquier género. Lo recuerdo con entrañable afecto a este intelectual y poeta chileno, una de las personas con las que más gusto me daba encontrarme cuando vivía en Santiago de Chile. Lo conocí a principios de la década del ’70, cuando crucé la cordillera para cubrir la corresponsalía de un diario argentino y nunca dejamos de frecuentarnos ni de hacernos señales de amistad cuando la cordillera nos separaba. Alfonso era brillante, un verdadero sabio y toda conversación con él era una lección de literatura y de vida.
Era de San Fernando, un pueblo de la región central de su país, en la capital de la provincia de Colchagua. Apasionado de la literatura y de la filosofía, desde muy joven estudió en el Internado Nacional Barros Arana y en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde se diplomó por partida doble, en 1952. Fue después profesor de castellano en un Liceo de La Serena y en 1954 enseñó en el Instituto de Literatura Chilena. Una buena cantidad de escritores lo reconocen como maestro.
Amante de la belleza y de la lírica, Alfonso era esencialmente poeta, es decir un hombre sensible que sentía la vida a través de la emoción, y debutó en este género con el volumen Primer consejo a los arcángeles del viento.
He visto
que para tu silencio no bastan soledades
ni voces destruidas
y que en un llanto sostienes
las vigilias del alba…
También como crítico se destacó comentando libros en el suplemento de cultura del diario El Mercurio, la revista Ercilla y en otros medios no menos importantes de su tierra. En 1971 participó del proyecto de recuperación de grandes obras literarias de la Editora Nacional Quimantú, y ese mismo año dio a la imprenta un volumen dedicado a la Antología de la Poesía Chilena Contemporánea, punto de referencia desde finales del siglo XIX y hasta el siglo XX, modelo del género, altamente elogiada por Pablo Neruda y Nicanor Parra, Jorge Edwards y Enrique Lafourcade.
En 1974, durante la dictadura de Augusto Pinochet, por una cuestión de principios renunció a la docencia universitaria; en especial, por la intervención militar en los establecimientos de educación superior. Desde el año 1981 fue miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y en 1993 fue nombrado director del Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la Biblioteca Nacional. Con él y otros amigos, realizamos una exposición de la colección Roemmers-Borges de manuscritos y primeras ediciones de Borges
Recuerdo que cuando lo conocí en esos fervorosos y complejos días de la Unidad Popular, me propuso colaborar en la revista Mapocho, que dirigía y allí publique poemas y críticas de libros. Como Borges, a quien admiraba hasta la idolatría, Alfonso era un ser literario que vivía pensando en función de la literatura; a él le debo en buena parte la publicación de Solo para mayores, mi segundo volumen de versos, con textos de él, Neruda y Nicanor Parra. También me publicó una plaquette con su presentación e ilustrada por mi compatriota el maestro Raúl Soldi.
La otra época que lo frecuenté fue cuando regresé a Chile en 2001 para continuar allí con la patriada de la revista Proa, bajo el patrocinio y la financiación de la Editorial Universitaria a cargo del entusiasta don Reinaldo Sapag y el trabajo de edición del inquieto Francisco Sepúlveda. En esos días, era para mí casi una obligación pasar por la sala de la Biblioteca Nacional donde Alfonso desempeñaba su labor. Yo lo hacía encantado porque en esos encuentros recibía como un don sus enseñanzas. A él le debo la devoción que me contagió por Gabriela Mistral, una poeta que yo me negaba a reconocer. En esos encuentros, como bien se supone, conversábamos largamente sobre el tema que a ambos nos apasionaba, nuestra amada literatura. Por lo general, yo llegaba a su despacho hacia el final de la mañana y luego cruzábamos la avenida Alameda para almorzar en un restaurante donde solíamos compartir, con una botella de vino mediante, los incomparables mariscos chilenos. Lo recuerdo a Alfonso como un hombre brillante y risueño, con oportuno sentido del humor y siempre dispuesto a contagiar su alegría.
Con pinceladas precisas de un pasado que atesoraba publicó Al correr de la pluma, unas memorias con mirada literaria y comprometida de lo que acontece tanto en lo personal, familiar, como en lo histórico; un legado estético y profundo de su época que se publicó bajo el cuidado de su hija, la poeta Teresa Calderón.
El admirado y querido Alfonso Sergio Calderón Squadritto, nació en San Fernando el 21 de noviembre de 1930 y murió en Santiago el 8 de agosto de 2009. Su prolífica obra es una de las máximas -y quizá aún no reconocida debidamente- aventuras de nuestra lengua. El poema “Moriré en sur”, que reproduzco, sirve para enriquecer y reafirmar esta evocación.
Háblame de tus venas
y la espuma amarillenta de las lágrimas.
Háblame del torrente salobre
que los dioses desdeñan.
Escucha la marcha de la muerte
en un silencio hermoso
como la delirante soledad de una tormenta.
Háblame de la estrella rota en la lluvia
y del espejo erguido en el murmullo
de un cuerpo sin melodía.
Escucha el eco prodigando labios
y el silbo del ramaje triste
en la lejana eternidad.
Háblame de las rosas viejas
y del mármol esculpido en fatiga de ángeles,
perdidos en la forma.
Después...
Escucha la humedad de unos siglos arrodillados
repitiendo mi muerte, allá en el Sur.