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ESCRITO AL RASO

España, salarios bajos y costes altos

David Felipe Arranz
lunes 09 de octubre de 2023, 19:39h

Sin remisión y poco a poco, parece que la luz, la gasolina, los seguros, la comida, las hipotecas, los impuestos… aparecen impacientes en nuestra cotidianidad dispuestos a vampirizarnos el monedero. En el frigorífico, en cuanto pasa el mes y la fecha de ingreso de los sueldos se alejan en el tiempo, las chicharras interpretan el réquiem de los alimentos. El salario, que se inventó para sustituir a la economía de trueque y dividir el mundo entre ricos y pobres, empieza a dar señales de agotamiento en nuestro país.

El Informe Europeo de Pagos de Consumidores de Intrum indica que un tercio de los españoles (28%) reconoce que sus gastos mensuales superan en estos momentos a sus ingresos, porcentaje cuatro puntos por encima de la media europea (24%), pero en los medios están obligando silencio porque no viste bien, aunque la ruina llega así, sin ser notada, de pronto, cuando menos se piensa. Sobre la cabeza del español que sobrevive en el trabajo y en la casa se cierne una inmensa factura con patas que es inverosímil, amenazante y silenciosa, que saca a familias enteras de sus hogares o procede al embargo. Un turbión de noticias anestesia al pobre ciudadano, en cuya casa ha entrado la desgracia, el impago y la quiebra.

El salario del español ha perdido desde el año 2008 un 7% de poder adquisitivo, según un informe de la compañía de recursos humanos Adecco, elaborado con datos de la Encuesta de Costes Laborales del INE y de Eurostat, y solo en 2022, el salario medio en España se desprendió de un 4% de su poder de compra. Aconsejan en los programas que se frían los huevos y las patatas con una gota de aceite y que, ya si se quema, pues mala suerte. La más elemental de las economías tienen el moscardoneo lamentable del atraco oficial, de lo implacable, de lo legal ejecutante por vía ordinaria y extraordinaria. Hay dos clases de españoles: unos que son como el común de los mortales –vulnerables y paupérrimos– y otros que son como de lujo. Los ordinarios padecen su amargura y su frustración, que de eso vive el político; pero los de lujo tienen que mudarse a regiones que no los carguen de impuestos, ay.

El último informe de la OCDE sobre fiscalidad salarial (Taxing Wages) tampoco es muy halagüeño con respecto a España: indica que la subida de precios ha supuesto un retroceso del 5,3% en los sueldos reales de los trabajadores españoles. Españolito con números rojos será siempre españolito elegíaco, en cuyo corazón descansan esos destellos de lo que pudo ser, con sueños hechos añicos, un alquiler desgraciante y una prole numerosa que alimentar. Cuando gane más piensa gastarlo todo, vivir bien, ampararse en el derroche de la marca, el teléfono inteligente de mil euros, para después meterse en sus invernaderos de la pobreza, en que se come poco y se bebe mucho vino barato. Los salarios altos y costes bajos de cada día van tejiendo la ruina social de este país nuestro, en el que por ahí acude aún la sombra de las glorias pasadas, los hombres de aquella clase media y la de los románticos años noventa, década de la bonanza, cuando a todos nos fue mejor.

Sus señorías hacen la oposición en la plaza de los farsantes, porque ellos ya pertenecen a eso que el sociólogo ha dado en llamar la clase alta, que es donde estaba una fracción importante de los ahora indigentes y menesterosos. No hay más que darse un paseo por las grandes capitales para ver cómo se les va escapando noche tras noche la respiración, entre el cartonaje de la zapatería o la tienda de ropa, heridos de muerte por la navaja más afilada del mundo, la del poder económico, que es como un resumen de la vida y de la muerte. Y su mañana es tan infeliz como lo fue su noche, y allí se orienta y se recompone, y sabe que por algún sitio habrá que tirar.

Mientras, los diputados, bien trajeados y calzando zapatos lustrosos, se encaminan hacia el Congreso, el sitio ideal para el medro social: dicen, viendo los toros desde la barrera, sin mezclarse demasiado con la turba, que van a resolver los problemas financieros de sus conciudadanos y no los propios. El salario mínimo interprofesional es de 1.080 euros y un diputado cambalachero cobra de media del erario público más de 4.000 euros, en el peor de los casos. En la chamarilería sin límites de las Cortes, se puede penetrar mal trajeado y salir de perfecta etiqueta o, como se decía antes, se entra “cívico” y se sale almirante.

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