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TRIBUNA

El poder de la mente

Juan José Vijuesca
miércoles 18 de octubre de 2023, 19:45h

Me veo en la necesidad de contradecir a mi subconsciente. Hay veces que la mente es un poco canalla y los procesos mentales pueden jugar con licencias de mal gusto. En consecuencia, los actos voluntarios se tornan caprichosos y se dicen o se hacen cosas que desafinan e incluso chirrían, de ahí que mi máquina de pensar haya pretendido doblegar mi cordura ante el hacer de Pedro Sánchez. Por suerte he reaccionado a tiempo.

Hablar con el presidente en funciones con intención de reconducir su obsesiva manía cesarista es como pretender apagar un volcán con un cubo de agua. Inútil empeño. Es público y notorio que en España estamos en fase de culto a Belcebú, personaje de ficción o al menos eso era lo que creíamos. Consecuencia de ello hoy ya nada es lo que parece, bien sea por los tiempos nuevos o porque ciertas personas se encargan de que las cosas han de ser diferentes a cualquier precio. Así pues, una cosa es lo de ser progresista y otra muy distinta son las milongas sobre el diálogo, porque aquí nadie se arrepiente de nada, nadie pide perdón y además se jactan de repetir sus felonías y a Sánchez todo ello le resbala. Él lo que hace no es para beneficio de los españoles, sino para alimentar su propio ego y subir su nivel de poder.

Mucho de lo que nos está ocurriendo es debido a que esta sociedad –la española- es muy dada a lo ilógico. Algo parecido a los celos infundados. Una enfermedad. De manera que la práctica, tan rabiosa como socarrona, con la que nos gustamos a diario, es la de “cuanto peor, mejor”. Y aquí estamos pagando todo y más a resultas de las mentiras continuadas de la factoría monclovita. Pero aun siendo grave la cuestión, nada es comparable con la vanidad de quien “sabotea” nuestro bienestar troceando y regalando nuestro país a cambio de un plato de lentejas.

Ver a Pedro Sánchez posar en la sala de despiece de España con lo más granado de la infamia es tan jaleado y admirado como pueda serlo el cuadro de Las Meninas, de Velázquez. Silencio y aceptación de la obra. La diferencia son los matices, es decir, esos detalles que el dominio de lo opinable se queda corto en aspectos dolosos. Hace tiempo que nuestra virtud comenzó a ser gravosa y cada vez resulta más difícil mantenerla y no solo en su contenido, sino también en el continente. Hemos perdido crédito en castidad y en cantidad dentro y fuera de nuestros linderos y en ello viene a mí la fábula de los trogloditas que el insigne Montesquieu nos dejó en herencia. Desarrollada en cuatro actos en los que se repasan tres formas de gobierno. En el primer acto se presenta un régimen monárquico que termina con el asesinato del rey. El segundo acto se desarrolla en un estado de anarquía en el cual prima el egoísmo y el interés particular, atrayendo una serie de catástrofes sobre la población. El tercer acto representa la democracia patriarcal después de que los trogloditas sean persuadidos de que el interés de los particulares reside en el interés común. Se vive un período de virtud y felicidad social idílica. Sin embargo, durante el último acto la población aumenta y cada vez es más difícil mantener esa virtud. Finalmente los trogloditas deciden imponerse un rey eligiendo a un anciano venerable, con lo que se vuelve al régimen monárquico del primer acto.

En definitiva, la moraleja de esta fábula es que la virtud incomoda a los hombres y ni el mejor de los regímenes políticos perdura más que un tiempo limitado. Así pues, lo que conduce al pesar y al desaliento no es otra cosa que la autocomplacencia de una sociedad que, teniéndolo todo a favor de la libertad bien entendida, casi siempre acabe entregándose a la adoración de una sola persona como modelo de providencia abducida por la ambición del poder.

No es de extrañar, por tanto, que la magnificencia sea causa de una subordinación cada vez más alejada de la lógica y del equilibrio, gracias a lo cual el tráfico del dinero produce más riqueza en favor de los poderes fácticos los que a su vez proveen de fortuna a quienes jalean los mismos vicios y corruptelas.

En fin, vuelvo a mi subconsciente el cual una vez arrepentido me promete no volver a ponerme en tesitura de mal gusto. Nada mejor como estar en paz consigo mismo.

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