El nacimiento del dinero nació con un fin de prestigio dinástico o patriótico, jamás con un fin de inversión. La fuerza y el prestigio de una dinastía o de un imperio se fundaban en la imposición de su moneda y organización numismática con la que los súbditos particulares o colectivos pagaban sus impuestos. El “agôn” político y dinástico prevalece sobre las rivalidades económicas. Antes del nacimiento del dinero-moneda en Lidia, según la tradición griega, el ganado y utensilios tales como trébedes, calderos, anillos, balanzas (“tálanton”, de donde “talento”), asadores (“óbolos”) eran usados como instrumentos de cambio en el comercio, valores de cambio que diría la economía clásica, para satisfacer necesidades sociales o caprichos del poder. El origen inmediato del dinero-moneda hay que buscarlo en el comercio de metales preciosos, fundidos en lingotes de tamaño manejable y contrastados con un sello como garantía de calidad. El sello siempre de un poder político. La primera serie de monedas acuñadas conforme a un peso fijo procede de Lidia y fueron puestas en circulación por los Mérmnadas, quienes podían obligar a un súbdito a aceptarlas por el valor indicado de metal “électron” (aleación de oro y plata). Su ejemplo fue seguido por las ciudades griegas de la costa hacia el 700 a. C., y en la Grecia propiamente dicha la moneda fue introducida por los griegos de Egina, rivales de los de Samos en el comercio con Egipto. El inconveniente de las primeras monedas de oro y électron era su mucho valor, que las hacía inutilizables en el pequeño intercambio cotidiano. Esto subraya el hecho de que el dinero en su origen esté directamente relacionado con el crédito o la reputación del poder político y que todavía hoy lo político pilote la economía como mero reflejo ésta de aquél. El dinero fue ante todo un símbolo dinástico y nacional. El rey Fidón de Argos – una de las personalidades políticas más interesantes de la Grecia arcaica – fue quien, según una tradición tal vez inventada por Éforo, popularizó la moneda al mandar acuñar en Egina, la isla en la que los hombres nacieron de las hormigas, piezas de plata de menos valor, metal que además los eginetas podían obtener con facilidad en las islas del Egeo. El ejemplo de Egina fue seguido por los otros grandes centros comerciales de Grecia: Corinto en el 650 a. C., Calcis de Eubea en el 625, etc. Atenas no lanzó sus primeras monedas hasta principios del siglo siguiente, y con la llegada de su Imperio – la liga-ático délica – y bajo el régimen de la Democracia impondrá sus monedas (Decreto de Clearco) a todos los miembros de “su” liga, quienes en principio habían entrado voluntariamente a aquella asociación militar para protegerse de Persia, pero que después no podían salir. Imponer la moneda nacional significaba mandar sobre sus socios, del mismo modo que hoy Alemania manda sobre todos los miembros de la Unión Europea, y castiga con medidas pecuniarias a los más díscolos y desobedientes por muy pequeñas cosas. Prohibir, como Atenas, a los estados aliados un acto de soberanía al acuñar moneda es un acto de supremacía política (hegemonía) notorio. La moneda fue ante todo la expresión de una política de prestigio y de orgullo patriótico. Ahora bien, la introducción de la mercancía del dinero alteró la naturaleza de la riqueza, que ya podía existir independiente de la propiedad rústica. Pero todavía aquel dinero no se había transmutado en capital, tal como el genio de Marx vislumbró por vez primera, y los “idiôtai” de la Democracia Ateniense eran todavía propietarios de tierras en un 80% en la época de Demóstenes, porque no existía la venta de bienes raíces o inmuebles, sino que sólo se comerciaba con bienes muebles. Sabemos por Dionisio de Halicarnaso que un oligarca llamado Formisio había propuesto en el 403 a. C. reservar el derecho de ciudadanía únicamente a los propietarios de tierras; esta proposición hubiera acabado, nos dice Dionisio, por privar de sus derechos a cinco mil ciudadanos (sólo el 15% de la población). Numerosas ciudades griegas prohibían la puesta a la venta del “klêros” familiar recurriendo o no a una legislación. Además, la alienación de tierras chocaba con una fuerte oposición social. Incluso las hipotecas sobre los inmuebles eran sólo sobre una parte, aquella en la que se hincaban los mojones “horoi”, en los que se detallaba la deuda (maridos garantizando la dote de su esposa, titulares de arrendamientos de bienes populares, un trierarca hipotecando su propiedad para poder adelantar el sueldo de su tripulación, etc, gastos todos no productivos y jamás inversiones). La primera democracia se construyó sobre los hombros de pequeños propietarios de terrenos de una media de ocho hectáreas; esto es, sobre los hombros de la clase media. Esparta comprendió bien el peligro que la economía monetaria significaba para su sistema de castas apoyado en la riqueza territorial de los ciudadanos: los espartanos se mantuvieron alejados del comercio y prohibieron la entrada de cualquier clase de moneda dentro de las fronteras de su Estado. Por su parte, el hombre ateniense, el “idiôtês” de la Democracia, no se expresa jamás en términos de beneficio, se expresa en términos de poder. Podemos leer en Aristófanes (Los caballeros, vv. 156-167) el siguiente diálogo entre el servidor del Dêmos y el choricero al que quiere llevar al poder:
- ¡Oh bienaventurado! ¡Oh opulento! ¡Oh, tú, nadie hoy pero más que grande mañana!
- ¡Eh! ¿Por qué no me dejas lavar mis tripas y vender mis chorizos en lugar de burlarte?
- ¡Pobre imbécil! ¡”Tus tripas”! Mira hacia ese lado. ¿Ves a toda esa gente en filas?
- La veo.
- Tú serás el jefe de todos ellos. Reinarás en el ágora, en los puertos y en la Pnix. ¡Pisotearás la Boulê, destituirás a los estrategos; encadenarás, mandarás a prisión; follarás en el Pritaneo!
Aquí el dinero no era más que la bandera del Imperio, y cuando Tácito dice que “pecunia nervus belli” no podemos olvidar tampoco este primer significado de la moneda. La moneda será siempre el estandarte del poder político; de ahí nombres de la moneda como “ducado” (del dux de Venecia), “los luises” (del Rey Sol), los autoevidentes napoleones, el soberano, la corona, la media corona, etc. etc. Se trata del dinero que todavía no ha llegado a transmutarse en capital invertido con el trabajo ajeno no del todo remunerado, autovalorizado. No es todavía el dinero de la modernidad capitalista. “Con la valorización del mundo de las cosas aumenta, en relación directa, la desvalorización del mundo de los hombres” (Marx). La Democracia clásica no era una democracia capitalista.