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TRIBUNA

Eutanasia y liberación

martes 07 de noviembre de 2023, 19:03h

El viejo mundo, que conservó siempre un aspecto luminoso y acogedor, se está convirtiendo hoy en un estercolero mecanizado y banal. Bajo su brillante superficie – fabricada con la piel de numerosas generaciones – se extiende una red tentacular que pretende la gestión técnica de nuestras vidas. Tras las ambiguas bendiciones del progreso crece el aliento mefítico del estado total, que decide nuestras decisiones y construye nuestras preferencias con una potencia cada día mayor.

Cualquier objeción se convierte hoy en peligrosa disidencia contra la conciencia unánime de una multitud homogénea. Estamos a la espera de la intervención neural, de la vinculación en línea y la creación de un espíritu universal, a la espera del implante electrónico o químico que nos congregue en el nuevo espíritu del mundo, liberándonos para siempre del gravamen de la libertad.

Ya nadie reconoce el oxímoron que esconde la idea de una libertad absoluta. Glorificamos la inmediata satisfacción de nuestros deseos, ignorando para siempre que no hay libertad sin obstáculo, que la libertad consiste en el esfuerzo por vencer los límites que surgen a la realización de nuestros propósitos, de suerte que cuanto mayor sea el obstáculo vencido, mayor es la fuerza de nuestra libertad. Hemos olvidado que existir es resistir, que la realidad se caracteriza por su resistencia a nuestra voluntad. Nos entregamos, por el contrario, al trasmundo fantasmal en el que, al menor impulso de la voluntad le sigue – sin resistencia – una conquista sin batalla, una satisfacción sin oposición, un don inmediato.

Sin obstáculos, realizamos en falso nuestros deseos, inconscientes de que tanto el deseo como su banal satisfacción son obra de nuestro escondido hacedor tecnológico. Nos contemplamos – en el seno de su atmósfera irreal – como dioses diminutos, productores de bienes sucedáneos, fantásticos sustitutos de cualquier realidad. Hacemos el mundo electrónico con las yemas de nuestros dedos, mañana lo haremos con el movimiento de las pupilas o el menor impulso de una voluntad bien definida. Cualquier anhelo espontáneo o sin definir, será juzgado disfuncional y amputado. Viviremos en el deleite incesante de un paraíso infernal, vacío absolutamente de tragedia.

Cuando se agote el soporte vital y se haga difícil el juego cotidiano de la fantasía, bastará un impulso electrónico para garantizar nuestra súbita desconexión. No habrá una madre a la puerta, cerrando el paso al ejecutor de ese simple acto de desconexión, bastará – como para todo – un pestañeo apenas, un leve pulso con la yema del dedo, un clic decidido para terminar nuestro sueño y dejar que el cuerpo agotado vuelva al vacío, disolviéndose en la nada de la realidad. No habrá una mujer que clame contra la eutanasia de su hija, nadie impedirá nuestra dulce recaída en el seno de la eterna nada. “Yo” decidiré entonces cuándo y cómo morir, ese “Yo” magno, soberbio y soberano sobre el que ninguna madre tendrá prerrogativa porque es causa de sí mismo y señor único de sus actos.

La figura de esa madre que cierra el paso a la compaña de los enterradores conserva un valor heroico, pese al deseo de morir de su hija, pese al clamor unánime de los biempensantes, que concluyen – tras su cálculo utilitario – que la muerte es un bien preferible, que ante el saldo negativo se impone la negación de la vida.

El Estado, nudo en el tejido de la araña global, sirve a la razón inmisericorde de los que tasan la vida, miden su dimensión y cifran su rendimiento. Si el cálculo arroja un valor negativo, negamos la fuente del valor. Interrúmpase esa vida de postración y llanto, de llagas abiertas y sufrimiento constante. Si al desarraigar esa vida se quiebran otras, reanúdese el cálculo y ejecútese según el resultado. Si la muerte de la hija, hace insufrible la vida de su madre, siempre es posible extinguir también su sufrimiento. Habrá que seccionar el círculo tumefacto de la compasión y extirpar a cuantos vivan a través de otros, negándose el deleite de una vida de ensueño individual y aislada, en la que mi deseo basta para que inmediatamente le siga una satisfacción privada.

No será muy extensa el área de la condolencia, de la vida común: de tu cuerpo atravesado por el mío, de tu llanto en mi rostro y tu pena ardiendo en mi pecho. No se extenderá lejos del saco de tu piel el mal que padeces, para que podamos romper la comunión que nos lleva hasta la muerte y después de la muerte. Para que tu aliento de ego minúsculo pueda apagarse en silencio, sin nadie que te llore, sin nadie que se arañe la piel y se hunda para siempre en el dolor incalculable de tu ausencia infinita.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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