Siempre resulta complicado volcar en un escrito los temas y preocupaciones que más nos afectan. No aquellos en los que solemos pensar y nos definen o hacia los que mantenemos una afinidad, sino de los que no nos podemos separar, los que llevamos perpetuamente como una cicatriz que fuera difícil de ocultar y no evitase preguntas. Esta cercanía suele ocasionar problemas a la hora de pasarla por el tamiz de lo literario. Surgen las preguntas sobre qué puede tener de interesante, quién podrá entender a qué se estaba refiriendo uno, si el texto creará vínculos con la persona lectora, etc.
La familia suele ser ese tema inagotable e inabarcable —ambas, por suerte— del que se suele echar mano y apremia a escribir. Más en el terreno prosista, pero también tiene sus ejemplos en el de la poesía, muy en boga estos últimos años, donde se ha tratado su desmembramiento y las heridas que es capaz de dejar.
A su memoria, y la de los amigos que han permitido el dolor y el asentar sentimientos mejores que, por muy efímeros o extendidos que estén en el tiempo, nos atraerán y repelerán toda la vida, está dedicado el primer libro de Gudrun Palomino. La lejanía de nuestros cuerpos cumple con esas características que aúpan un estreno, diciendo que su trato del vacío, la ausencia, la pérdida, el desengaño y el aprendizaje correspondientes a esas vivencias, suponen unos asombros que no son evitables a la hora de reflejarlos en los versos que los componen. Pero la fuerza de unos no siempre puede ser preservada cuando es pasada a los otros.
El de Palomino es un libro correcto, bien escrito, conciso, en el que se muestra agradecida por los autores —mejor dicho, las autoras, poetas o cantantes o amigas poetas a quienes dedica bastantes de los poemas— de los que se siente deudora y algunos los ha traducido con especial reconocimiento, tal es el caso de Sylvia Plath, influencia evidente. Pero su lectura me ha hecho quedarme en esa apreciación. No percibo algo genuino, algo que quiera destacar por encima de la técnica. Sí que hay poemas que captan la voz desenfadada y emotiva de Palomino, como los ejemplos de Níscalos, A pesar de la lejanía, Bacanal, La hora del vermú o Sol de abril, por citar los que me han parecido superiores, pero he creído intuir un mayor atrevimiento que podría haberse demostrado y no ha sucedido. Esa lejanía sobre la que tanto se indaga queda patente en la distancia, en la frialdad, si acaso, entre quien escribe, lo escrito y quien lee, pero no es suficiente. De todos modos, La lejanía de nuestros cuerpos puede considerarse un buen comienzo de senda, un libro que ‘se abre ante un deseo vivo/ […] a pesar de la lejanía,/ a pesar del silencio.’
Por el contrario, uno puede ir más allá en su apuesta y evitar pisar el suelo, y todo tema terrenal posible, para escribir una poesía que prefiera la sublevación, la elevación. Una poesía híbrida, desbordante, excesiva. Es el caso de su compañera de catálogo, María Domínguez del Castillo, quien hace gala en su último libro de estas peculiaridades.
Otras aguas no llega amparado por la voz de Anne Carson, punta de lanza de la poesía de nuestros días —son muchos los adeptos entre los de nuestra generación—, y con voluntad bulímica a la hora de mostrar influencias, agolpadas unas contra otras, como las olas durante un temporal. He de confesar que tanto la figura de Carson como la intencionalidad que menciono, no me despertaron una predisposición idónea para comenzar la lectura. Pero la sorpresa es parte del todo. Sin olvidarme de los huecos —formas, y no-formas, que recorren, que horadan el libro— que uno tiene a la hora de captar lo que Otras aguas no pone de relevancia sobre la mesa, no ha sido tan malo el resultado.
Es una suma poética muy compleja, muy apegada a la figura de Carson, demasiado, diría, sin saber si uno está leyendo la creación de la autora española o la imitación deliberada de la autora estadounidense sin aporte propio (o sí). Los poemas de la primera mitad recuerdan instrucciones de un manual de álgebra, tan troceados, tan atravesados de explicaciones y dejando una apariencia mecánica que enfría lo lírico. Mucho mejor la segunda parte, a partir de Acercamiento a una antropología marina, donde los textos son más narrativos o centran su exposición en personajes y elementos que componen un diario de viaje y otras vivencias difuminadas. Entre verso y verso, una carrera de relevos entre lo ininteligible y el hallazgo merecedor del halago.
Desde el Apocalipsis de San Juan hasta mojarse por las aguas de S. Thala —estupenda mención a la obra de Marguerite Duras, muy leída y apreciada por Domínguez del Castillo—, nos encontramos sucesivas reflexiones acerca de lo legítimo en la creación literaria. ‘¿Me es lícito escribir sin acontecimiento?’, se pregunta, pero dada la naturaleza del libro, tampoco parece importarle o ser necesario. Se lo inventa, y las preocupaciones y el canal que lo haga saber, independientemente de que nosotros lo entendamos o no. Algunas aguas podrán ahogarnos, otras no, reapareciendo como un aviso a lo largo de sus páginas. De todo ello, ¿qué podrá salvarse? ¿Es que algo debe ser salvado, o la deriva surrealista y plagada de significados ha de ser, ha de continuar, sin rumbo fijo, nos alcance o no? ‘Recuérdese que un cuerpo comienza y termina contra otro cuerpo’, advierte la poeta. Seguirá el curso, pues, y en nosotros quedará la decisión de estremecernos por la belleza o permanecer mudos.