Nuestra fe en los EEUU
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 31 de octubre de 2008, 22:18h
En los EEUU todos los hombres pueden ser maestros de la virtud política, ciudadanos de una patria nueva y feliz, desprovista de historia, “como las mujeres honradas”, aunque algunos hombres puedan ser mejor maestros que otros. El hombre americano no está más formado por su sociedad que lo que su sociedad está formada por él mismo. La integridad del orden social americano y las actitudes y carácter de sus ciudadanos particulares son interdependientes, y cada uno forma al otro a través de un proceso libérrimo de participación política. La visión que su gran Constitución tiene de la sociedad política no separa a la sociedad del gobierno (o del Estado), como ocurre en las repúblicas y monarquías de los súbditos europeos, que lastran tradiciones milenarias de servidumbre social. Aunque como en Europa existen presidentes y generales, no existe allí ningún caso de sumisión sistemática de un hombre a la autoridad de otro hombre y menos a la de un partido político. Su gobierno no puede ser nunca (para ellos) un poder coercitivo, sino la expresión directa del bien colectivo. Otra cosa muy distinta es –qué duda cabe– la relación de su gobierno con los no americanos y los otros países. La armonía social de los americanos es el resultado de sus fuerzas internas en libertad, y jamás de los mecanismos institucionales. Es por ello que las elecciones presidenciales en los EEUU son de verdad auténticas (real truth), y por ello sus efectos son siempre transcendentales.
Bajo la dictadura socialista de Zapatero, en donde los periodistas liberales son linchados y zarandeados en las televisiones y arrojados de su espacio, no pocos hay que sobre las presentes elecciones norteamericanas afirman sin rubor que lo mejor que podría pasar es que ganase el peor candidato a fin de acelerar la decadencia del Imperio Americano. Es la izquierda que se alampa al influjo perverso de un odio inagotable a la libertad. Y luego se enfada por no ser invitada a los foros de las naciones libres y dignas. Quien odia a los EEUU no puede estar entre los amigos de la libertad, y sí posiblemente entre los devotos de Chavez y del integrismo musulmán. Que España camina hacia Venezuela ya es un dato que dan hasta los pobres liberales venezolanos, perseguidos y amordazados. ¿Qué hubiesen podido hacer los Zapateros del mundo si no hubiese existido ese faro de la libertad que han sido los EEUU en el siglo XX y lo siguen siendo en el XXI?
Y aunque la izquierda está jugando la carta de Obama; al que lisonjea proyectando en el programa del senador americano las propias estupideces de nuestra izquierda – que no comparte Obama, naturalmente -, es evidente para cualquier analista que si Barack llega a presidente de los EEUU mirará al gobierno español desde el patriotismo de cualquier presidente americano; es decir, lo mirará como un gobierno non gratus.
La tradición presidencial en los EEUU – cuestión esta que ha sido estudiada por Gore Vidal – establece que las ofensas inferidas a los EEUU no desaparecen con el cambio de inquilino en la Casa Blanca, sino que se heredan sistemáticamente de un presidente a otro, como los intereses nacionales y el amor a la patria.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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