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TRIBUNA

Jefferson en España (una visita relámpago)

jueves 07 de diciembre de 2023, 19:56h
Actualizado el: 12/07/2023 20:10h

Noticias bien documentadas informan de un viaje relámpago a España la pasada noche por parte de Thomas Jefferson, aun si no se le esperaba. Ahora bien, considerando fecha y regalo, el mentidero se inclina a creer que, aprovechando la víspera de la efemérides, quiso obsequiar a nuestra Constitución con un ejemplar de la oficialmente conocida como Declaración unánime de los trece Estados Unidos de América, obra de referencia del espíritu normativo estadounidense comúnmente llamada Declaración de Independencia, de la que en materia de libertad aquélla es legado.

¿Y a qué vendría Jefferson con un texto que ve en sí mismo una síntesis de “sentimientos comunes” más que un haz de ideas originales inspiradoras de un nuevo arte político, cuya redacción pasó por vicisitudes varias que en absoluto convergen en señalar al delegado de Virginia como su única cabeza pensante?

Recreémonos en ese escrito inaugural a fin de calibrar el regalo. Tras las dos celebérrimas ideas que atribuyen al hombre –así lo quiso su Creador, se dice– la posesión de “derechos inalienables… la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, cuya tutela es función del Gobierno, ideas recreadas por la tinta aún fresca con la que Paine escribió su Sentido común, la Declaración recuerda que el pueblo es capaz de soportarlo mientras los males sean tolerables, pero hay un límite: “cuando una larga serie de abusos y usurpaciones persigue invariablemente el mismo objetivo, revelando el designio de someterlos a un despotismo absoluto, tienen el derecho, tienen el deber, de derrocar ese gobierno y establecer nuevas salvaguardias para su seguridad en el futuro”. He ahí plasmado el comportamiento del actual Rey de Inglaterra y las razones que explican por qué las trece colonias se declaran otros tantos Estados independientes y soberanos.

Analicemos pues parte de tales razones y constatemos si en verdad lo son o no. Lo que vemos, así, a botepronto, es que el elenco es amplio: veinte al menos y algunas con una rica casuística en su interior. Dice del Rey inglés:

“Ha negado su sanción a las leyes más saludables y necesarias para el bien común”. [El lector actual lo consideraría una advertencia contra el hecho de que el rey de un gobierno ovejuno e iletrado sí da ‘su sanción a las leyes menos saludables y necesarias para el bien común’; de ahí leyes como la del sí es no o la de desmemoria histérica, mediante la cual a la víctima se la asesina una segunda vez al arrogarse el verdugo la facultad de contar cómo le pasó lo que sucedió. Mas, sobre todo, no hablemos de esas leyes –luego de conceder indultos sin arrepentimiento– aprobadas por procedimiento exprés, como la que invita a los golpistas a seguir dando nuevos golpes de Estado al serles gratuitos, a no ser que no consideren fracasado el dado; la que convierte a la malversación de delito en recompensa, pues condona los gastos y devuelve los honores a los criminales mientras, de nuevo, abarata las futuras intentonas golpistas; o ese oprobio cósmico en la galaxia jurídica en virtud del cual, y a la vez, se libera a delincuentes por violar las leyes, se persigue a jueces por aplicarlas y se condena a un país por haber sido capaz de liberarse mediante el diálogo de las huellas finales de una guerra civil].

“Se ha negado a aprobar otras leyes para la adaptación de grandes distritos de población, a menos que sus habitantes renuncien al derecho de representación en el Legislativo, derecho inestimable para ellos y que sólo los tiranos pueden temer”. [El mismo lector debería andar con precaución en este punto, considerando que no es el rey del gobierno de garrulos el único en reivindicar la acción denostada, sino que de ella todos los príncipes políticos españoles, centrales o periféricos, han escenificado la misma funesta danza por la que en cierto sentido se transforma el principio de un hombre, un voto en mera carnaza ideológico-democrática. Con todo, viendo quién rodea a ese tiránico rey vemos que los frères ennemies de la republiqueta del noreste no corren a derogar la sobrerrepresentación de las zonas de baja población a fin de devolverle los entre seis y ocho diputados robados a Barcelona; tampoco el rey-tirano, en su versión moderna y en apariencia menos cruel que esta época gusta usar, se apresura en devolver a Madrid los quizá diez diputados con que parcialmente se descabezó a su población. Un mal no coyuntural éste, sino crónico].

“Ha disuelto repetidamente cámaras legislativas por oponerse éstas con viril firmeza a su conculcación de los derechos del pueblo”. [Sí, en efecto, ese lector sabe que Jefferson también hace referencia a la triple ‘disolución’ del Congreso de los Diputados durante la pandemia por intereses partidistas –ahí quiso aprender el tirano que podía hacer con todos los españoles lo que hace con su balante votante: secuestrarles su voluntad y su capacidad de acción–, que recibirían tres sentencias condenatorias del Tribunal Constitucional (TC); lo cual, de paso, le enseñó algo más que ya sabía, al menos desde el desiderátum de Pablo Iglesias Junior luego de trepar hasta la vicepresidencia segunda del Gobierno: encargarse él de los jueces, con el palpable objetivo de transformarlos en perritos falderos del tirano, excepción hecha de aquellos que ya lo son. Lo cual ha terminado según lo previsto: convirtiendo al propio TC en parte de su tiranía al nombrar a su balador par excellence presidente: todo un resumen de su concepción de la democracia, de la labor de los jueces en ella o, si se prefiere, de cómo el tirano empieza a imitar la madurez del modelo degradando a Montesquieu a papel higiénico].

“Ha obstaculizado la administración de justicia al denegar su sanción a leyes para el establecimiento de poderes judiciales”. [Gracia esa que el tirano no ha sido el único en otorgar, sino que ha compartido con otros jefes de príncipes partidocráticos de España en otras circunstancias, con sólo mutar al referirnos a ella ‘establecimiento’ por ‘renovación’ y añadir ‘elección’].

“Ha hecho depender de su sola voluntad la permanencia de jueces en sus cargos, así como el monto y el pago de sus salarios”. [Jefferson, ahí, habla desde el futuro más que desde el presente; empero, que dos de los aprendizajes supremos de esa tiranía que aún requiere resguardarse del uso desenfrenado de la fuerza, y por ende mentir con pareja impunidad que descaro, sean el de cómo comprar vasallaje para el tirano e individuar la jerarquía de los vasallos es algo que está fuera de duda: lo que confirma la verdad de la crítica de Jefferson incluso en un contexto en el que la obra maestra aún no se ha consumado. De hecho, una parte noble del triple trayecto trazado por la sibila de Virginia se ha realizado ya en España; y mientras se cumple lo que falta un ejército, esta vez de pseudoconsejeros la mayoría, de cuñados y favoritas, se bate con denuedo por ascender pública o privadamente a costa del esfuerzo de la ciudadanía, de su trabajo, sus impuestos y su futuro: esquilmarla, en efecto, no es oficio que quepa ejercer respetando la igualdad].

“Ha maquinado con terceros para someternos a una jurisdicción ajena a nuestras constituciones y no reconocida por nuestras leyes, aprobando sus normas de falsa legislación para (…)”. [Si al leer esa denuncia de la política del rey inglés nuestro lector se topa de frente con prófugos y demás criminal ralea que deciden con la insignificancia de su voto el destino de millones de sujetos que no los votaron es porque hay un tirano comprometido en la tarea y arropado por mastines sin alma y un batallón de fontaneros de pelaje vario que se venden barato; un tirano cuyo mayor poder es el de seducir a sus seguidores, esa sirena que encanta a unos por su ambición y a otros por su ignorancia o su degradación, los embudos de complicidad por los que todo cabe y por cuya merced una sonrisa o un estallido de entusiasmo llegan a ser manifestaciones coyunturales de conchabanza con el crimen.

Si el aquelarre lo pone ante a un mediador que, con independencia de qué falle, si algo delata su sola presencia es la defunción de una democracia por infantil, al revelarse incapaz de impedir la emergencia de un tirano en grado de sacrificar un país a su vanidad; si es así, quizá el lector halle cierto consuelo y hasta admiración observando el celo que pone la historia en buscar subterfugios que le permitan una vez más deleitarse consigo misma al repetirse. Se le advierte que a las democracias también los traicionan los suyos y ello desde una situación en nada parecida a la descrita por Jefferson. Un tirano aparece sin dificultad en medio del juego ordinario de poderes, de pesos y contrapesos con que habitualmente se les controla. Una falla, una imprudencia tras ella, y la situación se desboca. En la presente, es la patológica necesidad de un impostor de parecer más de lo que es, la hipertrofia de una ambición muy por encima de sus capacidades, lo que conduce, a la hora de intentar relacionar el todo con una de sus partes, a humillar las leyes sacrificándolas a una voluntad ajena, proveniente del espacio exterior –ese lugar infectado de ricos y, sorprendentemente, sin estrellarse contra ninguno–, a suspender la validez de las reglas de juego que nos permiten convivir y, al final del camino, a la genuflexión del país ante su persona. Ser infantiles siendo adultos se paga a un alto precio: la ciudadanía, si el maleficio se cumple, quizá no sepa reaprender a soñar y el nihilismo renunciará al mínimo sacrificio ante el erial de la conciencia].

Probablemente, el viaje de Jefferson a España tenía el fin de recordarnos la versatilidad de la historia para, camuflándose, repetirse, la versatilidad del poder y su afinidad electiva con la tiranía; que en la circunstancia más insospechada, y con materiales de aluvión, cabe fabricar un tirano; que una democracia plena puede pasar de ideal de quien rehúye una tiranía a padecer en su seno los malos de los que se huyó. La paradoja es pues que él y sus compañeros de generación, la más grande de la historia moderna, aprendió la lección de un déspota y por ello buscaban la independencia, creyendo que la democracia, aun no siendo alérgica por completo al abuso de poder, los volvería libres. La aprendieron tan bien como para asimilar con ella la que la subseguía: que la democracia no neutralizaba los peligros de la tiranía, si bien para ellos, y Madison y él fueron quizá sus exponentes más preclaros, provendrían en su mayoría del pueblo. El foco nunca debió, al ampliar el escenario sobre el que se proyectaba, abandonar la esfera del poder ejecutivo, porque los peligros de una y otra esferas podrían completarse: el tirano, como ocurre hoy, se sirve de su masa peculiar de favoritos de primer y segundo grado, siempre en almoneda aunque por razones muy diversas, para derrocarla e instalarse en su sitial.

Quizá por eso en estos días de efemérides, los quejidos de la Constitución Española sean más devastadores que nunca desde que se convirtió en el palacio de la convivencia de la ciudadanía española; hoy se la escucha clamar por la libertad desde ese palacio ahora devenido en cárcel, en tanto los hechos siguen forzando a las paredes a estrecharse más y más amenazando con hacer de ella una tumba. Quizá por eso muchos visitantes del Congreso de los Diputados habrán escuchado su voz, casi imperceptible, declamando: ¿No hay nadie ahí fuera que me defienda? Jefferson, que nos visitó al escucharla, podrá amonestarnos al recordarnos: ¡No será que no os advertí!

Antonio Hermosa

Catedrático de Filosofía Antigua

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