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TRIBUNA

El ranking de PISA y la reforma del mundo

viernes 08 de diciembre de 2023, 19:06h

España ha pasado de disponer de uno de los sistemas educativos más eficaces del mundo, el viejo bachillerato anterior a la ley general de educación de los años 70, a sostener un aparato inútil que impide a la población alcanzar los requisitos mínimos en matemáticas o expresión lingüística. El colmo de la desfachatez consiste en culpar a la población inmigrante.

La descomposición de España va, sin embargo, mucho más allá de la demolición de nuestro sistema educativo, toda vez que el sistema educativo no pasa de ser un índice de la sociedad que lo alberga y es esa sociedad la que ha sufrido décadas de profunda degradación, supuestamente a favor de formas de vida siempre nuevas y otros alardes del progreso. No es absurdo pensar que el desorden educativo es signo de un desorden social: que el fracaso educativo indica el fracaso social y político de la España de las últimas décadas.

A día de hoy, uno de los tópicos en la industria educativa es la atención constante a los afectos y a las actitudes, incluso antepuestos a los conocimientos, a los que la educación parecía primariamente referida. Es, sin duda, un aspecto más del sentimentalismo ambiente que nos asfixia en una sociedad que ha olvidado los medios de formación de la voluntad y de edificación del deseo.

Las instituciones antropológicas en que dicha formación tenía lugar, especialmente la familia, se encuentran no ya en estado de crisis, sino en proceso de completo desmantelamiento. Esa destrucción se ejecuta en nombre de una oscura utopía transhumanista que quiere realizar al individuo sustantivo, capaz de una existencia aislada y autosuficiente, dotado de instrumentos que permitirían su aumento y su mejora. La misma ideología de género y su asombrosa concepción del cuerpo como constructo sirve a la promoción de todo tipo de intervenciones sobre el ser humano y legitima la actividad convergente de las llamadas BINC (bio-info-nano-cognotecnologías). Es natural que los capitanes de esa ideología acaben como modelos de Gucci: su impulso pretendidamente emancipatorio es sólo una fase más de ese neoliberalismo que parecen denostar.

Estos días han publicado nuevas clasificaciones o rankings educativos, tan del gusto de nuestro estilo competitivo y nuestra obsesión por el rendimiento: me refiero al llamado informe Pisa, cuya gestión y definición tecnocrática es tan evidente.

Ese informe ofrece una clasificación de los sistemas educativos en función de un rendimiento determinado. Ajeno enteramente a aspectos de la vida entrañados en una educación que desborda todavía el ámbito de los aparatos educativos bajo control de las administraciones públicas o políticas. Aspectos de la vida al margen de los cuales toda consideración de los sistemas educativos es sólo apta para usos ideológicos. Me refiero, por ejemplo, al número de familias rotas y reconstruidas, me refiero al acceso a la pornografía que conoce, año tras año, edades más tempranas, me refiero a la exposición constante al bombardeo publicitario, me refiero a la degradación de la vida social resultado de la sobrexplotación el mercado adolescente por no hablar de la mendacidad como norma de vida pública…

Me pregunto cómo puede considerarse la clasificación que estos informes ofrecen, sin consideración alguna a la multiplicación constante de trastornos psicológicos en edades cada vez más tempranas, sin consideración a la sumisión de los planes de estudio a criterios de producción o rendimiento que, so capa de profesionalización, gobiernan la educación. En suma: ¿cómo pueden juzgarse estas clasificaciones sin atender al estado del mundo?

La construcción de un espacio europeo de educación superior, aquel programa que asociamos a Bolonia, ha supuesto la destrucción, especialmente, de la formación humanística, por mimetismo mecánico de los modos de formación característicos de las materias científico-técnicas. Entre otras cosas, ha destruido la vieja relación de magisterio que vertebraba la educación en el campo unitario de las Humanidades. Éstas no han desaparecido dado que, al menos nominalmente, siguen formando parte de los campus universitarios, pero han sido reducidas a un ámbito personal y subjetivo, como restos históricos despreciables una vez que hemos entrado en la edad del orden y el progreso bajo la égida de las tecnologías, una vez que la Singularidad científico-técnica está a punto de salvarnos.

Se conciben como un adorno cultural, de valor cada día más dudoso, dado que pareciera que contamos ya con una respuesta científica definitiva a la vieja cuestión: ¿qué es el hombre? Ante la aparente verdad de la respuesta ultra-racional de la ciencia, es decir, ante el presunto saber tecnocientífico sobre el ser humano, cualquier otra vía de comprensión del hombre ha perdido toda autoridad. Me atrevo a decir, sin embargo, que no hay ingeniería capaz de dar respuesta a esa cuestión, aunque sí pueda tratar de reducir a su escala a esa realidad total que es el hombre. Funcionan las ingenierías como el famoso lecho de Procusto, ajustando al ser humano a la medida de sus categorías. Como el hombre no cabe en ellas, ha de sufrir con semejante reducción. Ese sufrimiento se vive en las aulas, pero todo lo que se nos ocurre es apelar al afecto y la actitud cuando exige una verdadera reforma del mundo, que mal pueden llevar a cabo los responsables de su actual estado.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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