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ESCRITO AL RASO

La segunda mano está de moda

David Felipe Arranz
lunes 11 de diciembre de 2023, 19:28h

Se viene un frío de diciembre algo manido, sobado, usado, trajinado y se vienen también las nostalgias, que son muchas con los años y viendo ya el derrumbe de todo, los restos del año, cuando peor se conjugan los verbos y las acciones. El alcohol siempre ayuda y es un plus, y entonces resplandece la melancolía como una estrella fugaz, entre el virus y el resfriado común, que debe de ser eso: un catarro algo manido, sobado, usado y trajinado. Como los escaños de Carrera de San Jerónimo con un par de generaciones de culos allí ajustados, a costa del erario público: tanta ventosidad reunida tras la digestión presupuestaria, porque al final a eso se reduce el debate de las ideas, al aire, a la miasma misma.

Salir en diciembre fuera de España es respirar más allá de las flatulencias de la capital, porque el centro de Madrid está imposible y la ciudadanía te empuja y se empuja, como dejándose llevar por la marea de carne humana, como España ante el desafío secesionista, que ya forma gobierno y cabeza de puente para otros separatismos norteños, levantiscos, diferentes, porque este era nuestro principal ensayo de cesión y concesión independentista, y hemos cedido, también como siguiendo una ráfaga liberadora: dejadnos en paz, idos ya, no deis más la tabarra, llamad a las puertas de Europa, etc. Todo invierno es camino del descenso, de bajas presiones y aún más bajos instintos, como si caminásemos hacia las barrancas de la nieve, que son el hueco que quedó de sacar los fondos reservados, el tesoro público, los presupuestos para subirse el sueldo, para contratar a mil asesores más, para los ministros, secretarios, directores generales y subdirectores de sección, que el parasitismo nacional se subdivide así, por categorías, para crear la oligarquía extractiva, que vive en el montículo de la felicidad sobre el que se asientan, mientras Cervantes ya se ha puesto de lado para no verlos salir entre Daoiz y Velarde: no los quieren ni los leones…

Impulsados por la desilusión de lo lento que va el desarrollo del país, nos entregamos al furor de las compras navideñas, el papel de regalo, las bolsas de cartoné de gramaje gordo y marca fina, mirando los árboles de colores que cuelgan entre las farolas. Mejor no saber, mejor no mirar la cuenta, adelante, adelante, adelante… Vamos al derrumbadero de Preciados, de Serrano, de Las Rozas, a donde sea, Carmen, para volvernos y mirar al personal de fondo, como un hormiguero, como el triunfo incontrovertible del genio del capitalismo que es la calle con sus tiendas y el aviso imaginario de la nieve perpetua, tan lejana como la infancia. El ideal de vida es sofocarse con prisa después de comer, a la salida del trabajo, hay que recoger a los niños, pero hay que hacerlo sin ambición ninguna, porque nos hemos evadido momentáneamente de la cárcel para volver a ella por la mañana temprano, sin dormir, con mucho frío, pero oliendo el metro –otra vez– manido, sobado, usado, trajinado, sin dejar constancia de nuestro paso por este mundo.

Elegimos a nuestros gobernantes porque nos representan. Elegimos a estos seudohombres y seudomujeres porque nos identificamos con su medianía, con toda esta mediocracia putrefacta que nos parasita. Elegimos hablar de ellos por lo que tienen de personajes al margen de la vida real de cada uno de nosotros, porque sabemos que en ellos encontraremos la bastante maraña de falsedades para no saber ni querer saber por dónde caminamos, como cuando vamos al médico o al quirófano como el cordero al matadero. La Navidad, que es el alma española, la tiene este pueblo ya atravesada, como tantas otras cosas, pillada entre el cordón de los siglos y anegada con el deshielo de enero, el de la cuesta, que en realidad es una caída al agujero económico. Gastar compulsivamente en restaurantes y en viajes nos ha vuelto inmortales, porque para el hombre y la mujer de ciudad, para el tonto cortesano, en el Hemiciclo se esconde la variedad de la condición humana, a la que hay que imitar. El generoso escarceo del político con el erario público, aun siendo legal, resulta verdaderamente obsceno mientras la gente las pasa putas en Navidad: los servidores fake del interés público se apoltronan en el camaranchón presupuestario.

En un presidente del Gobierno, en el paseandero monclovita está también el tamaño de una nación y en los pájaros del salón de los pasos perdidos, el gran vestíbulo castizo. Y la clave de las próximas fiestas navideñas está en el garboso claudicar de cada día, en ese lugar donde se amañan las amnistías trascendentales bajo la atenta mirada de un guiri que hace de observador neutral. Ante la avariencia del paisaje pónganle a todo ello un lacito rojo y coronen a los propios que se besan con un par de estrellitas titilantes, improvisadas sobre la marcha. Del chino más cercano, a ser posible. La comodidad que establece un pacto de gobernabilidad con los enemigos es admirable, pues siempre encuentra el escorzo masoquista para justificar una legislatura más, aun sobre los cristales rotos de una urna que protegía la Carta Magna. Ahora que las tiendas de ropa usada –manida, sobada, trajinada– a tres euros proliferan entre tantísima prosperidad económica, solo nos quedará meter ya la cabeza entre las piernas el viernes 22 de diciembre, como las arúspices las metían en las tinajas de la adivinación en la Antigüedad, a ver si nos toca.

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