En el inicio de la pasada Pascua de Navidad, la primera hora del 25 de Diciembre, se cumplieron ocho siglos desde que se inventó el Nacimiento, la representación navideña, tal cual la conocemos, como tradición de colocar figuras en los hogares, o de interpretarla entre fieles y clérigos en o cerca de una iglesia, no la icónica tal cual, que para eso se descubrieron en el siglo XV las catacumbas de Priscila, y con ello una pintura paleocristiana de la adoración de los Magos, en la clave del arco de la conocida como Capilla Griega, de alrededor del siglo III. De lo que vengo a hablar es del Belén viviente ideado por San Francisco de Asís en la Nochebuena de 1223, en uno de los márgenes de la aldea de Greccio (también es casualidad que remita a lo griego), provincia de Rieti, en la región italiana del Lacio, bastante cerca, pues de Roma y la sede papal. Francesco había obtenido el beneplácito de Gregorio IX para actualizar el recuerdo de la Natividad de Jesús en unos parajes que le recordaron a Belén, tras volver de Tierra Santa, así como contó con el permiso y apoyo del señor de esas tierras, Giovanni Velita, que hasta le consiguió el buey y la mula. No se trataba, pues, de un Oficio divino de la Misa del Gallo, ni de un drama litúrgico, la única representación teatral que se toleraba en la Edad Media, sino de una actualización, un ejercicio de empatía con la sorpresa crismática y la dureza climática de aquel raso en Judea, si es que el santo nacimiento acaeció en invierno, como dicta la tradición. ¿Pero aquel lugar fue elegido sólo porque al poverello le recordaba la ciudad de David?; queda, para la conjetura, al menos la mía, de que tuviera en cuenta que a Rieti se le consideraba el justo centro geográfico de la península: umbilicus Italiae, el ombligo de Italia, a dos pasos de Roma (bueno, algo más, 80 kms para ser exactos): y quizás convengan conmigo en que aparte de una segunda ciudad de Belén, ese ombligo sugería, consecuencia del nacimiento, un cordón umbilical, un eje entre Palestina y el centro de la Cristiandad.
El Belén de figuras propiamente dicho llegó a España en el siglo XVIII, en 1759, y más que un belén español lo fue napolitano. Nuestro Carlos III hubo de dejar de reinar en Nápoles y Sicilia para recibir la Corona española en ese año, tras la muerte de su hermano Fernando VI. Le acompañaba su esposa alemana, María Amalia de Sajonia, que fue la que trajo entre pintorescos animales y enseres su gusto por el Nacimiento y las primeras figuras napolitanas que suponen el origen del actual Belén del Príncipe en el Palacio Real. Enseguida lo imitaron las clases altas y las burguesas, pero ya en el siglo XIX en adelante, con un tamaño mucho menor, se convertiría en costumbre popular instalar belenes domésticos en el tiempo navideño, no sólo en España, también en Hispanoamérica y buena parte de Europa. Un ejemplo de la pervivencia de esta tradición en pleno siglo XXI personalmente lo tengo muy cerca. Mi padre Joaquín instala cada año por estas fechas su Nacimiento en el recibidor de la casa familiar; para ello, descuelga antes un gran lienzo que siempre recordaré, una copia de un Rubens de sus tiempos de juventud cuando fue copista del Prado. El Belén es móvil, articulado; salvo unas cabritas y la figura de un aguador, todas las restantes están manufacturadas por él, a base de arcilla y pinzas de ropa de madera, como lo son las edificaciones con corcho blanco, luego pintado, el tratamiento de espumillón, o la intrincada ingeniería subterránea que hace que todo ello se mueva. Ya que se trata de la representación de algo milagroso, no les voy a ahorrar la magia: no voy a decirles cómo discurre el agua por el riachuelo, cómo sale humo de las hogueras, cómo se hace de día y de noche, cómo se produce la sensación de profundidad, cómo se aparece el ángel a los pastores… Sé que lo están imaginando, por eso vale la pena. No aparecen los Reyes Magos, ni siquiera de lejos, pues refleja la noche exacta del nacimiento del Niño Dios, no la de la Epifanía, la de la manifestación a los gentiles.
Con ellos, esos Sabios de Oriente del Evangelio de Mateo, astrónomos-astrólogos que acabaron singularizándose en tres según la tradición y el fresco de la catacumba de Priscila, y que con el tiempo alcanzaron rango de majestades (en el siglo III, y consignados sus célebres nombres en un mosaico de la nave central de San Apolinar en Rávena, en el VI), voy concluyendo mi texto. Ajusta recordar, antes, que el primer testimonio de nuestro teatro es un fragmento de un drama litúrgico del siglo XII, el llamado Auto –o Misterio‒ de los Reyes Magos, del que sólo se han conservado 147 versos, del mismo modo que la primera pieza del teatro español, considerada como tal, son las églogas también del ciclo de Navidad, del poeta y compositor Juan del Encina, desligándolo de su escenificación dentro o en el exterior de los templos, pues fueron representadas por actores, como el mismo autor, en el Palacio de los duques de Alba en Alba de Tormes, con singular gracejo en las expresiones, en la noche de Navidad de un año tan clave como 1492. Fueron recogidas junto con otras piezas religiosas y también profanas, en su primer Cancionero, el de 1496, y dedicadas a los Reyes Católicos. Estamos pisando ya el Renacimiento. Eso aparte, resulta curioso observar que todo teatro, como sucedió con el griego, arranca siempre del rito, de lo religioso, del misterio, y recordemos que la palabra misterio en origen significa ceremonia.
Epifanía… Finalizo el artículo justo en la víspera de la festividad litúrgica que cierra la Pascua de Navidad, la de los Reyes Magos. Espero haberme portado razonablemente bien, y por eso confío en que si no merezco otra cosa que carbón, sea del dulce y relativamente masticable. Si vuelvo a escribir como el adulto que soy, o parezco, me viene a la cabeza que epifanía, para James Joyce, era la manifestación súbita que podía proceder del estro más vulgar o casual, el sinsentido cargado paradójicamente de sentido, tal se expresa en obras como Retrato de un artista adolescente (1916), y Stephen, el héroe (1904-1906), del que es su primer ensayo ‒inacabado‒, remitiendo a la claritas, la claridad tomista, la penetración del ser, de lo real o de lo no tanto. Epifanía, para Shakespeare, sin duda estaba relacionada con lo inesperado y festivo, no hay más que acercarse a lo que ocurre en su comedia Noche de Reyes (1601), y ese final con la sabia e impagable canción del bufón Feste. Así también, epifanías, hoy por hoy, podríamos asociarlas fácilmente con los fenómenos de serendipia, esas circunstancias y revelaciones casuales, felizmente venturosas para nuestros avances.
Pero no se engañen: en y desde este 5 de Enero en que les escribo, les invito a que recuperen, siguiera por unas horas, la ilusión, la mirada luminosa de un niño. Porque este tiempo, seamos creyentes o no, tiene algo de formidable, de encantador, de mágico. Porque puede que alguna vez los padres sean sorprendidos, de noche, en el pasillo, por sus mágicas majestades. No me dirán que no lo han pensado.
Les deseo muy generosos momentos de epifanía en este año de 2024.