La inteligencia, ese bien escaso, ya es definitivamente artificial, y aunque se considera tecnología disruptiva, diferente, desigual, rara, disímil, provocativa, heterodoxa y fluctiante… atrae mucho dinero. La inteligencia humana y la robótica ya se delimitan entre sí y en estas siamesas neurológicas una parece que va a crecer más que la otra, en un tiempo en que es muy difícil saber a dónde nos conducirá tanta neurona de golpe en la caja de herramientas y tan poca donde debería haber. Hasta los muy castizos saben a qué clase de cerebro se enfrentan y ya andan pensando en el negocio, claro. Mucho y con mucha evidencia viven esta doble condición de la neurona que, aunque se vista de seda, neurona se queda.
La Unión Europea ha aprobado la primera ley de inteligencia artificial (IA) del mundo y los inversores de las grandes tecnológicas –Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Meta (Facebook), Tesla y Alphabet (Google)– ya miran con amor a los robots, con el amor al dinero, invirtiendo en las propias compañías del sector o usándolas para su gestión patrimonial, fondos de inversión o ETFs (Exchange-Traded-Funds) cuya evolución es muy rentable, con revalorizaciones en los últimos meses superiores al 40%. La clave de muchas cosas, la perspectiva sagaz de los ricos, el ordenamiento del mundo en finanzas, se pacta en la bolsa con soberana discreción y el máximo rendimiento desde el confortable despacho, y se empieza a pensar en que allí, en la IA, está el corazón de las haciendas, de las bolsas, de las economías, de las bancas, de los caudales, de las fortunas... Se trata de apostar no solo por empresas que desarrollan la IA, sino en otras que se benefician precisamente del desarrollo de la misma, en sectores como la salud, el medio ambiente, la energía o la automoción. Es decir, que ya hay distintos índices bursátiles de IA y tecnología.
Las previsiones para este 2024 son el desarrollo del Chat GPT-5, al que se apuntarán todas las empresas; pensemos que su creadora, la empresa OpenAI, ha despedido a su director ejecutivo, ha ascendido después a un director ejecutivo interino, luego ha contratado a un nuevo director ejecutivo, después ha experimentado una rebelión empresarial total y por último ha recuperado al director ejecutivo original, todo en el plazo de una semana: estamos ante una empresa que es intrínsecamente difícil de predecir y, hasta cierto punto, está sin control. Los conflictos y divisiones sobre la seguridad de la IA y el ritmo al que OpenAI comercializaba sus productos han sido decisivos. Y el ex y de nuevo director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, es todo ambición y sabemos que la compañía aprovechará la oportunidad para ser más decidida en el ámbito de los grandes modelos de lenguaje y la necesidad de generar ingresos para cubrir el costo inmenso de toda esa informática. Por eso sentimos unos cuantos el tirón de la precipitación en todo este negocio y miramos con escepticismo el rumbo de las cosas, no el hallazgo científico en sí, toda vez que habrá de pasar antes o después por manos poco filantrópicas, cuando allí entra el dólar.
Va quedando un poco lejos la utopía altruista de los primeros creadores con la entrada de los grandes inversores en la IA, un negocio seguro que requiere de inversión a largo plazo, prestarle atención a la volatilidad y a las valoraciones, realizar aportaciones periódicas de una cantidad fija y procurar hacerlo en productos financieros certificados. La IA ya ha logrado una visión aumentativa para la caja registradora de unos pocos y nos falta el vigía que arroje un poco de luz y vaya iluminando para guiarnos y hacer una mejor redistribución de las ventajas y los avances tecnológicos, de los destinos del planeta para que lleguen a todos los rincones del mapamundi. Nos falta, en definitiva, el almirantazgo civil que comprenda mejor hacia dónde nos dirigimos montados en la alfombra mágica de tantísima inteligencia… artificial.