Ya está en marcha la campaña del lunes azul o “Blue Monday”, que es un color, dijo un psicólogo británico que tiraba a deprimente –como casi todos los del gremio–, en el que había extraños reflejos de diván, congoja y desconsuelo. Porque no nos angustian los políticos, el desafío secesionista ni la España a dos velocidades tras la pandemia, sino el azul aflicción, que nos dicen que se lleva mucho esta temporada de invierno.
Después de la época navideña queda arrumbada la alegría vacacional y el festejo jaraneo, que se marcha de vuelta al Lejano Oriente con los Reyes Magos, porque para muchos la Navidad es una palabra que mueve a la más suspicaz de las interrogaciones. ¿Por qué tengo que felicitarme y felicitar a los demás por estas fechas?, se preguntaban hace unos días no pocos españolitos, alérgicos como el Grinch a los villancicos, los portales de Belén y la zambomba. Es la época en que las cosas se vuelven doradas y el mundo siempre ha querido levantar cabeza aprovechando el estertor decembrino, el calor del fuego del hogar y la visita de los suegros, los cuñados y las parejas variopintas, gentes que ponen de pronto y una vez al año un relumbre de jaleo en la mesa y en la cocina.
El color azul que ahora se vuelve a llevar desde este lunes, azur añil o azur de Puig –el color que más amaban las madres– tiene un fondo de crisis, de bajonazo del PIB, de cuesta de enero, de subida de los precios de los alimentos, de quiebra del ahorro, en definitiva. Y se presenta con una extraña tonalidad tornasolada de efímero y difícil lustre, con un aviso de camisa de fuerza y corazón bipolar esencialmente cerúleo. La época “Blue Monday”, que fue instituida en 2005 por la agencia de viajes Skytravel para que el personal tomase un avión a los distantes paraísos de las ofertas y los descuentos, hace resurgir aquella melancolía fin de siècle, de los cafetines de las grandes avenidas que hicieron que se tratase el abatimiento de enero con más consideración, entre las rebajas y los antigripales que, una vez tomados, hacen farmacéutica toda bebida.
Fue bello aquel primer lunes triste, que nos pilló a todos por sorpresa, como si la conexión entre el color y el calendario fuese una sinestesia mundial, en la locomotora de las emociones, y en la era de las redes sociales, los departamentos de marketing dan la gran sorpresa anual que no es tanta sorpresa: ¿quiere que se le pase el mal trago de este lunes azulón? ¡Compre y consuma hasta saciarse! Estos consejos invasivos para usuarios hacen temblar a los antiguos anuncios de los periódicos y de las radios; pero pasada la época del “Blue Monday” nos olvidamos de ellos y comenzamos a emplear otros subterfugios existenciales hasta llegar al “Black Friday”. Quedan todavía cinco días de la semana para asignarles el resto del espectro cromático, dependiendo de la oportunidad de las ventas, de lo que digan los jefes de los departamentos creativos o del lanzamiento de tales o cuales productos.
Porque el ciclo anual de nuestra existencia ya es el mensaje sádico y aparentemente apasionado y de vaivén de aquellos que van decidiendo con picardía qué debemos hacer con cada jornada, el cobijo de tantos empresarios litris, que nunca se supo bien por qué llegaron tan alto, quizá por dejación de la mayoría o por lo zangolotinos que somos con los que rigen los destinos del planeta, dejando entrever las cornucopias tristes de sus retratos en Instagram. Porque un día, sin saberse por qué, entraron los lunes azules en nuestras vidas a tintarlas de no sé qué desolación, ya de por sí de color salmón, de tono vespertino, como en unas existencias tan viejas siendo año nuevo –echen un vistazo a la derrota impresa este arranque de temporada en los rostros de los viandantes–, con el vago recuerdo del oro navideño que hemos despilfarrado para caer en el más crepuscular de los desmayos, como antropoides ambulantes recordatorios de una época. En el revuelto de azules de las estampaciones de este enero se va formando el coágulo crítico que nos hace mirar el mes de febrero con recelo. Pero todo está planificado y fabricado, no se equivoquen, como una tapadera de lo que nos había quedado de aquello que hizo furor en Nochebuena y en Nochevieja, pero que ya nos quieren arrebatar en el transcurso de la epifanía. No vayamos a ser felices.
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