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TRIBUNA

España y la nave del Estado

jueves 18 de enero de 2024, 19:49h

En la batalla ideológica se nos zarandea sin respeto alguno. Como en la cubierta de un barco en medio de la tempestad, apenas podemos mantenernos en pie, hemos perdido de vista el horizonte y sólo nos apetece vaciarnos por la borda, expulsando por la boca cuanto teníamos guardado sin digerir.

Tratar de escribir sin lanzar sapos y culebras, con la debida distancia, es hoy un esfuerzo moral que exige una atención profunda. Alejarse de los temas de partido parece obligado, si no se quiere incurrir en el tópico. Una derecha contaminadora, fascista y machista, fea y mala, opuesta a una izquierda dialogante y abierta, feminista y ecologista, respetuosa y atildada. O bien, del lado contrario, una izquierda antiespañola, falsamente obrera, alojada en el liberalismo abstracto de los derechos humanos y la no discriminación.

Recibimos una información esencialmente distorsionada, se nos hurta la contemplación de los acontecimientos – a menudo en nombre de la transparencia – de modo que no atisbamos la verdad, que es alimento imprescindible de un espíritu honesto. En este estado de cosas, no es el asco ni la indignación lo que hoy está en cuestión, sino su fundamento, porque cada vez resulta más difícil hacer pie en la verdad. No podemos apelar a la relativa objetividad de otro tiempo, y no nos queda otra posibilidad que exigirnos una sinceridad completa. Debemos practicar una suerte de parresia que supone exponerse completamente y como ante un pelotón de fusilamiento.

En estas condiciones arriesgar una opinión es – como decía – tan difícil como caminar sobre la cubierta del barco en medio de la tempestad y nuestra veracidad puede acarrearnos un castigo severo. En el estado de emergencia en que nos encontramos es, sin embargo, imprescindible levantar la vista y señalar, siquiera sea tentativamente, un rumbo. En ausencia de gobierno, la nave – acosada por un oleaje atroz – sólo puede hundirse. Gobernar no es escribir, pero si el que gobierna nos lleva al pairo podemos al menos esbozar un mapa, señalar claves en nuestra “carta de marear”, aunque tengamos que hacerlo bajo el peligroso vaivén de las actuales condiciones históricas.

Asumo el riesgo y, lejos del timón, indico al menos un norte en todos los mapas. Es un norte difícil de determinar, aunque lo indican con claridad todas las cartas e instrumentos de navegación. Es hacia España hacia donde hemos de orientarnos, sin duda hacia una España en paz, pero no hasta el punto de que la paz nos borre el norte. Si ese norte se pierde, nos tragará el océano sin final de la historia.

La pregunta que hemos de hacernos es dónde está España o, de otro modo, qué es España. ¿En qué consiste ese norte al que quisiéramos llevar la agitada nave del estado? Federación de repúblicas ibéricas, Monarquía constitucional, Imperio cultural, Hispanidad… En el marasmo en que hoy nos hallamos falta en primer lugar algún esquema del horizonte. Roto el mapa en jirones, habría que reunir sus pedazos para tratar de reconstruir la forma de España, aunque habrá que completar los fragmentos perdidos y continuar los trazos interrumpidos en el mapa en pedazos de la nación. ¿Qué resultará de la reconstrucción de ese mapa?

Da igual nuestro estado, con esperanza y aún sin ella, no tenemos otra alternativa. O buscamos el modo de construir la unidad capaz de preservar la identidad o debemos abandonar el barco y saltar al primer esquife en que encontremos alojamiento. Allí el riesgo será enorme, aunque también sea mayor el acuerdo de una tripulación irremisiblemente a la deriva. El primer paso para volver a encontrar el camino hacia el norte pasa por recordar qué ha sido, observar realmente su arruinada figura actual y despertar en los vivos la esperanza de que mañana sea el lugar donde hubiéramos querido vivir y donde vivirán los hijos que no conoceremos. Un político hoy olvidado decía, desde el gobierno, que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Parece haberse realizado su profecía: la España actual no se reconoce en su vieja identidad así que – siguiendo la atmósfera deconstruccionista – habría que forjar la unidad que albergara su nueva identidad.

Habrá quienes, descastados al límite, busquen olvidarse de España en nombre del exangüe género humano o de alguna banalidad superior. Para los menos puros hay una sola alternativa: si no podemos detener por un momento la tormenta en nombre de la verdad, habrá que abrirse paso a la verdad en mitad de la batalla. Si pujamos juntos contra la tempestad, conteniendo a los amotinados, saldremos del proceloso mar del presente. Si las olas nos barren mientras peleamos, será aún más incierto nuestro mañana. No olvidemos que llevamos en este buque atormentado las semillas del porvenir, que si se hunde crecerán otras hierbas sobre el lomo antiguo de esta vieja ballena varada.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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