Hoy miércoles 24 de enero se celebra el 90 aniversario del nacimiento del intelectual --en el sentido estricto de la palabra-- Gabriel Zaid, quien, junto con Alfonso Reyes y Octavio Paz, representa en la actualidad la cumbre del pensamiento en toda la extensión de la palabra.
En la revista El mollete literario le dedicamos en noviembre una revisión adelantada muy somera a parte de las actividades creativas de Zaid, nacido en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Una de las facetas más fascinantes de la labor de Zaid como intelectual --sobre todo por el tiempo histórico que le tocó vivir-- fue el de definir la relación del intelectual con la política en todas sus manifestaciones, pero a partir del enfoque socrático de que el intelectual debe ser “más amigo de la verdad, que de Platón”.
A Zaid les correspondió la circunstancia histórica de redefinir las relaciones de los intelectuales mexicanos con el poder público durante el sexenio del presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), pero a partir de una circunstancia histórica inocultable: Echeverría había sido el ministro del Interior del Gobierno del presidente Díaz Ordaz (1964-1970) y le tocó conducir la acción pública de julio a diciembre de 1968 para encarar el movimiento estudiantil que comenzó con una pelea callejera, tuvo su punto culminante con la balacera en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre y se ha agotó en diciembre con la derrota de los estudiantes, el regreso a clases y la sentencia penal de dirigentes y figuras sobresalientes bajo la acusación de actividades de “disolución social”, entre ellas, el escritor y ensayista marxista José Revueltas, quien fue sentenciado por un juez por el delito de “autosugestión educativa”, aunque lo que quiso decir el señor de la toga y el martillo era que Revueltas había diseñado una propuesta de “autogestión de la educación” para vincularla más a los trabajadores y menos al sistema productivo capitalista y lejos de los intereses de dominación del Estado.
Echeverría llegó a la presidencia y se autopresentó como un político progresista, se rodeó de intelectuales de izquierda de la talla de Fernando Benítez y Carlos Fuentes, protegió hasta donde pudo la presidencia del chileno Salvador Allende y abrió las puertas de México a perseguidos de Pinochet.
En medio de una severa crisis de relación estudiantil después de la represión de Tlatelolco en 68, estudiantes de Nuevo León --estado natal de Zaid-- fueron atacados por un grupo paramilitar del Gobierno priista en la capital de México. Echeverría se dijo ofendido y prometió una investigación, pero el asunto se archivó. En el contexto de ese incidente conocido como el halconazo --el grupo agresor fue identificado como Los Halcones, grupo de choque del Gobierno de la Ciudad de México--, Carlos Fuentes hizo una de sus declaraciones más polémicas para apoyar a Echeverría con el argumento de que ese ataque contra los estudiantes había sido promovido por grupos de la derecha dentro del Gobierno:
“Sería un crimen histórico si los intelectuales dejan solo a Echeverría”, había dicho poco antes.
Zaid escribió una carta pública dirigida a Fuentes a propósito de ese apoyo y la centró en una de las acusaciones más graves que intelectual alguno le haya dirigido al todopoderoso presidente de México: “el único criminal histórico se llama Luis Echeverría”, una frase que solamente tiene un referente en la historia de los intelectuales frente al poder: cuando Émile Zola escribió su “yo acuso” por el caso de Dreyfus.
La breve carta de Zaid fue enviada para su publicación al suplemento La cultura en México de la revista Siempre, una sección cultural dirigida entonces por el cronista Carlos Monsiváis, pero justamente por la acusación de Zaid no fue publicada, una mancha de censura que no se ha borrado de la biografía de Monsiváis. Sin embargo, la carta de Zaid marcó un punto de inflexión en las relaciones del intelectual con el todopoderoso Tlatoani mexicano: el presidente no es intocable.
La carta de Zaid surgió en un tiempo histórico determinante: la distensión en el autoritarismo mexicano en las relaciones del poder con los ciudadanos --y los intelectuales como personas sin poder real--. Este debate de 1972 ocurrió dos años después de que Octavio Paz rompió el silencio intelectual mexicano con respecto al poder, publicó un breve ensayo titulado Posdata para analizar la crisis política de México por la violencia contra los estudiantes en el 68 y señaló que en esa tensión estudiantes-poder México enfrentaba el dilema de “dictadura o democracia”, con el dato adicional de que Paz había renunciado a la embajada de México en la India como protesta por la represión en Tlatelolco.
Si Paz inauguró la crítica al poder presidencial mexicano, Zaid la aterrizó con su autonomía intelectual frente al régimen autoritario del PRI. Años después, en 1999, huraño, Fuentes aceptó que Zaid había tenido razón en la parte central de su alegato en su carta de 1972: “a la larga, él tuvo la razón en el sentido de que estaba proponiendo que el intelectual siempre debe ser independiente del poder y no darle su apoyo”.
Durante el Gobierno de Echeverría, muchos intelectuales aceptaron acercarse al poder con la ilusión de ayudar o contribuir al mejorar la democracia, pero muy pronto se dieron cuenta que el poder político los quería para legitimarse y no para auxiliarse. En una autocrítica, el escritor Ricardo Garibay --autor de grandes crónicas de periodismo narrativo y novelista de primera línea-- fue muy amigo de Echeverría y otros políticos y declaró que buscaba ayudar a los funcionarios, pero muy pronto se dio cuenta de que “nunca fui informado de nada importante, nunca se me consultó nada, me equivoqué, me pasé de ingenuo, comprobé a mi costa que la inteligencia no puede estar con el poder sino enfrente del poder y contra el poder para beneficio de ambos”.
Zaid siguió confrontando no solamente al poder y específicamente al poder presidencial y se convirtió en la conciencia intelectual de los intelectuales, a partir del concepto griego que desarrolló Foucault de la parresia o la honestidad absoluta, recordando que Sócrates aceptó tomar la cicuta como parte de su honestidad y no explorar los caminos secretos del poder para librarse del castigo.
Alejado de los reflectores públicos y con habilidad para usar las comunicaciones modernas, Zaid ha mantenido relaciones y contactos con diferentes generaciones de periodistas, intelectuales y politólogos a través del correo electrónico y mantiene una actualidad informativa realmente impresionante.
Zaid llega a la edad de 90 años con una lucidez humanista que sigue siendo el gran referente al pensamiento intelectual mexicano.