Hodierno abordaremos en esta galería de retratos de políticos y gobernantes aquejados del drama de la frustración un ejemplo relevante registrado en la creativa y plenificante Córdoba de la transición, toda ella atravesada de planes y ensueños del más alto valor moral e histórico. Con toda suerte de consideraciones e incluso de notable estima intelectual recapitularemos a continuación el caso en verdad singular dentro del fenómeno ahora analizado de Antonio Hernández Mancha. Perteneciente a una destacada familia de la alta burguesía agraria de la región, el adolescente A. H.M. fungió ya desde la juventud como sólida figura de la política y cultura de la comarca más afanosamente instalada en el furgón de cola d la España del siglo XIX. Tal promesa no quedó en modo alguno defraudada del muy alquitarado currículo universitario de quien pronto habría de entrar por la puerta grande en uno de los escalafones administrativos superiores: el de Abogado del Estado.
Atraído por las muchas semejanzas que vinculan al antiguo reino califal con la geografía e historia pacense, el muy joven astro del conservadurismo hispano asentó sus cuarteles de invierno, mantenidos hasta la más estricta actualidad por su hondo arraigo personal y familiar, en la bella comarca del Guadalquivir cordobés. Aun en la época más reciente, el refugio de sus actividades madrileñas continúa asentado en tan atractivo lugar, recorrido sin descanso en compañía de su viejo amigo y estrecho colaborador D. Manel Renedo.
En los albores de la transición la personalidad de Antonio Hernández Mancha resplandeció con fuerza en la Andalucía y la Extremadura de los primeros pasos de la etapa democrática. Su buen decir, su simpatía arrolladora y gran identificación con la coyuntura política atravesada por aquel entonces por nuestro entrañable país, no tardarían en catapultarlo al primer plano de la actividad pública. Tal fue el vigor de su proyección política que el entonces totem de la derecha hispana, su patrono Manuel Fraga Iribarne no vaciló en un instante de momentánea crisis personal, en patrocinar su aspiración al liderazgo de Alianza Popular.
Empero, casi en ese mismo instante se inició el meteórico declive del hasta entonces astro rutilante del conservadurismo español. Después de una desastrada intervención en el Congreso de los Diputados, al que aún no pertenecía, se eclipsó sin remedio hasta su pronta y radical abandono del escenario público. Sin duda el día en que se publiquen las memorias de tan sugestiva personalidad, el conocimiento recóndito de los mil entresijos y continuas fricciones de la derecha española se describirán con fuerza e inteligencia al tiempo que el presente y aciago destino de nuestra derecha tradicional se pondrán otra vez al descubierto de una manera muy elevada.