Es la edad, no cabe duda. Son los años que van ofreciendo amplitud, abriendo la perspectiva. No necesariamente, pero sí cuando les acompaña el esfuerzo constante por intentar comprender. Llega un momento en que un temor reverente inhibe cualquier comentario, porque se tiene presente la enorme dificultad del mínimo trazo. ¿Cómo afrontar el estado presente del mundo en poco espacio? ¡Es tan complejo en el fondo y tan elemental en su superficie evidente!
La batalla mediática es una berrea de búfalos que se adornan de tópicos ante las cámaras y repiten lugares comunes con hueca solemnidad. Se trata siempre de fórmulas que suplen el pensamiento, acompañadas de poses memorizadas y muecas teatrales. A menudo producen esa curiosa turbación que llamamos vergüenza ajena. No significa que tanta impostura resulte inocua. Más bien al contrario, es de un peligro extremo del que no parecen conscientes los artistas parlamentarios. Si conocieran el riesgo habría que acusarles de crímenes mayores, pensemos que su estupidez es inconsciente.
Los que pudieran hablar, guardan silencio. Les suponemos asqueados por el formulismo y la desvergüenza, por la ingratitud y la ansiosa rapacidad de los ostentadores de su cargo. Nada han dejado en pie, han pulverizado las formas de otro tiempo y en su lugar han erigido gestos de plástico. A falta de oídos sobra cualquier palabra y nos ensucia el trato de esa canalla. Nadie sale indemne de las tablas en que tiene lugar la farsa y el auditorio parece cegado por los ídolos de las pantallas, la caverna está llena de luz artificial y fuegos fatuos. No es fácil disimular el hedor que desprende la locuaz podredumbre de los señores de lo público y, sin embargo, todos respiramos complacientes esta atmósfera corrupta. No nos asfixia porque hemos sabido adaptarnos y nos hemos dotado de pulmones capaces de inhalar ese amoníaco.
No es que pretenda moralizar la política. Se nos enseña, desde hace siglos, que el nuevo príncipe ha de conocer la condición humana para usarla a su servicio. Pero qué haremos cuando se gobierna atento al más estrecho radio del interés privado y se observa la descomposición con el rostro imperturbable del experto que contempla la extensión de un cáncer; señalando, acaso, las fases de la metástasis con la vista impasible ante la necesaria conclusión.
No es que pretenda moralizar la política, pero tampoco convertirla en el teatro de la depravación y del escarnio. Alcanzado cierto límite, el ciudadano se verá forzado a desatender el público carnaval y buscará refugio en su vida diaria, en el íntimo círculo de los más cercanos. Cuando Nerón gobierna, es sensata la retirada, siempre que confiemos en la fortaleza de una república capaz de sobrevivir al tirano. Si sus actos amenazaran la misma supervivencia de la ciudad, la retirada sería traición, una culpable indiferencia por el destino de los nuestros, un acto de suicidio vergonzoso.
Si se conmueve el suelo bajo nuestros pies no podemos retirarnos. Confiar en la sustantividad del derecho es el último acto, pero para que el derecho no se quiebre o se someta será preciso oponer la fuerza popular a la fuerza pública al servicio del tirano. Naturalmente clamará por los medios que vehiculan su voz, con su habilidad teatral señalará a la justicia a la que, herida por sus manos, cubrirá con la fea máscara del diablo. La desobediencia es, llegado el caso, el primer deber del ciudadano, cuya obediencia pudiera convertirlo en cómplice de su propia negación. Decir no, cuando es que no, significa preservar la dignidad. Temo que el momento haya llegado.
Será la edad que nos nubla la vista por efecto de la presbicia, pero nos permite ver algo más claro el curso acostumbrado del mundo. Corsi e ricorsi de una historia que no se repite, pero que – en ciclos constantes – conduce siempre a nuevos planos. Estamos en el punto de siempre y a nueva escala. Incipit tragoedia que significa que la comedia está llegando, otra vez, a su último acto.