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TRIBUNA

De la música clásica al villancico y del villancico a la chirigota

lunes 05 de febrero de 2024, 19:23h

Fuera de las comunidades religiosas y de las capillas privadas de la nobleza, la mayor parte de la población (sobre todo los trabajadores agrícolas y los más incultos) no oyó nunca esta música. Se cantaba en latín (la lengua universal de la iglesia) sin acompañamiento y se entonaba de memoria, sin lectura. Los cantantes entonaban al unísono como un ejercicio de contemplación y para afirmar el mensaje de la Iglesia.

Andando el tiempo, en 1543 se cantaban canzonetas y villancicos populares en la catedral de México, costumbre que se continuó practicando en lo sucesivo en iglesias y conventos de los diferentes virreinatos a pesar de sucesivas restricciones y prohibiciones como la del austero monarca Felipe II, que en 1596 mandó eliminar los villancicos de su Real Capilla, llegando a no ser oídos ni vistos en las ceremonias, a pesar de lo cual se volvieron a introducir y a celebrar con suma autoridad y solemnidad, teniéndose incluso como cosa importante de la liturgia relegando al oficio divino clásico a un nivel accesorio[1]. Esta situación de predominio del canto llano del oficio creció pronto en las fiestas populares como la espuma: “a los poetas les piden los músicos romances, los galanes sonetos, y las monjas villancicos”, escribe el sorprendido Lope de Vega tan afecto a los autos sacramentales de la tradición cristiana[2].

En semejante ambiente, albores renacentistas del siglo XVI, Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada y confesor de Isabel las Católica, consciente del valor catequético del villancico sustituyó los responsorios litúrgicos en latín por canciones menores en diversos idiomas autóctonos “para atraer a la gente a los maitines como a misa” así como para realizar en la iglesia “algunas devotas representaciones”. Descontento Pietro Cerone con semejante aperturismo metodológico, y muy alarmado porque la misa pudiera dejar de decirse en el futuro en el idioma de Cicerón y de cara a la pared, intuyendo además que no tardaría mucho en colarse la pluralidad caótica de tradiciones lingüísticas con menoscabo del universalismo litúrgico latino, da en razonar como sigue: “porque el oír agora un portugués y ahora un vizcaíno, cuándo un italiano y cuándo un tudesco, primero en gitano y luego en negro ¿qué efecto puede hacer semejante música sino forzar a los oyentes aunque no quieran a reírse y burlarse y hacer de la iglesia de Dios un auditorio de comedias y de casa de oración sala e recreación?[3]”. Bien se ve que eso de la catolicidad –universalidad- de la iglesia centrífuga no le gustaba demasiado a este importante clérigo.

Sin embargo, con el correr del tiempo comenzaron a oírse voces aperturistas que a los oídos de los conservadores sonaban profanas y hasta un poco profanadoras, la suerte estaba echada un poco salomónicamente como puede verse: “es necesario distinguir dos géneros de música para el uso de la iglesia, el uno es el canto de liturgia que se dirige precisamente a fomentar la devoción del pueblo, y el otro es la música con que la iglesia permite acrecentar la magnificencia y pompa de las grandes solemnidades, cuya música no es tanto un estímulo futuro cuanto un sagrado entretenimiento del pueblo”[4].

He aquí la cuestión: siempre que una tradición se reforma y moderniza, los integristas sufren y los progresistas gozan, y a la inversa en caso contrario. En la lucha entre los conservadores y mantenedores de la devoción por las esencias, y los modernizantes amplificadores, deconstructores y derruentes de las mismas quedan muchos cadáveres en el camino, y a quienes dentro de lo razonable intentan mediar dialógicamente entre los extremos les llueven chuzos de punta por doquier, alanceados y denostados como templagaitas mediocres concordistas del género gallináceo y hasta de ser el toro que mató a Manolete. Muchos cismas brotan de estas pugnas.

Para quienes, enquistados en cada una de sus trincheras, piensen que exagero, he aquí este texto admonitorio y a la vez premonitorio de aquella época donde la unidad eclesial se resquebrajaba y desmembraba: “es de procurar que las letras de esos villancicos sea santa, grave, honesta, seria y devota, o que procure dexar las chanzas, las tonadillas mundanas y el disfrazarse ya de mugeres, ya de essa o la otra nación por perderse con estas cosas aquella devoción, aquella modestia y el silencio que pide tan santo lugar, en lugar de dar gusto al sentido o al oído de los oyentes y sus apetitos”[5]. El río sonaba porque agua llevaba, y bien crecida, no bastando los diques de la ortodoxia para evitar el estallido de la presa. Se veía venir y vino, y vino y no se fue ni se irá; entre una moneda buena y otra mala siempre se impone la segunda.

El caso es que de los primeros villancicos inocentes y pastoriles fueron surgiendo los renacentistas carnales dándole a la zambomba y al anís del mono; al final, las letras se empaparon de espíritu goliárdico desenfadado tomando asiento en carnavales –Tenerife, Cádiz con sus bastas chiringotas donde el ingenio desaparece en favor de la chocarrería y la procacidad. ¿Qué no será para tanto? Pues no será para tanto, pero por si acaso invoco la libertad de expresión y me acojo a la primera enmienda para señalar que esas carnes tollendas me parecen más bastas que un condón de esparto. ¡Como para enseñar a este gozoso pueblo a leer exámetros latinos está la cosa!, ¡con lo bien que debería de pasármelo con las lolas al aire, respingando el trasero y chorreando felicidad como los más divertidos trovadores!, ¡como para defender murgas más inteligentes!

¿Daños colaterales? El Juzgado de Primera Instancia número 8 de Burgos, como otros muchos, desestima de forma íntegra la denuncia del vicepresidente de la Junta de Castilla y León contra el humorista burgalés Félix Pavón a raíz de los versos que este cómico ciudadano o ciudadano cómico le dedicó en la Procesión de Cánticos y Letanías haciéndole encarnar el personaje del Padre Capillas en las Fiestas de Carnaval. No pretendo solucionar el problema de los límites o de la ilimitación de la libertad, pero de todos modos, cuando Cillian Murphy, nominado al Oscar por la película Oppenheimer, declaraba “soy una mierda en todo lo que no sea actuar”, no pocos podríamos repetir lo mismo a nuestra escala.

Por mi parte, buscando lo mejor sin ser posibilista ni defensor de la aura mediocridad, sino partidario del compromiso con la verdad en donde quiera que ella se encuentre, no siendo ella ni conservadora, ni revolucionaria, ni reforvolucionaria, y sin poner ni quitar rey, tan sólo por dignidad, cuando por dignidad lo creo necesario, me veo unas veces impelido a recular hacia el pasado para mejor saltar hacia el futuro, y otras me lanzo a la lid pelo en pecho sin red debajo ni cautela alguna.

Y aquí seguimos, por una parte sin la llave única del famoso “depósito de la fe tradicional” amasado de forma malamente dogmática, y por otra parte sin el pico y pala de los desinhibidos pájaros carpinteros cuya joda y poda acaba con todo como las plagas bíblicas.

Ni inhibición ni desinhibida exhibición, mientras tanto seguiremos con las peores patologías sin una mejor educación. El problema es que también esta última afirmación se ha vuelto sospechosa de dogmatismo.

[1] Fray Martín de la Vera: Instrucción de eclesiásticos. Madrid, 1630.

[2] Lope de Vega: La juventud de san Isidro, 1622.

[3] Cerone, P: Melopeo y maestro. Nápoles, 1613, libro I, capítulo 68.

[4] Eximeno, A: Del origen y reglas de la música. Génova, 1774, p. 45.

[5] Historia y origen de la música y canto llano. Anónimo, circa 1755-1764.

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